sábado, 27 de junio de 2015

Viernes sangriento

De nuevo el yihadismo tiñó ayer de sangre varios países —de tres continentes— en un viernes de Ramadán, jornada especial para millones de musulmanes; no así para los que se autoproclamanguardianes del Islam mientras se jactan de su desprecio por la vida humana. Los atentados cometidos en Túnez, Francia y Kuwait, aunque diferentes cada uno en sus métodos, tienen el común denominador de haber sido inspirados o cometidos por el salvajismo yihadista, que proclamó hace un año el llamado califatoy que demuestra una vez más que nadie, en ningún lugar del mundo, está a salvo de esta amenaza fanática.
El atentado contra un hotel de propiedad española en Túnez muestra la cobardía de quienes en sus vídeos y revistas se definen como guerreros y luego disparan impunemente contra decenas de personas en bañador que toman el sol en una playa. O contra los visitantes de un museo, como hicieron el pasado marzo, también en Túnez. El país norteafricano, musulmán y en proceso de afianzamiento democrático, se ha convertido en objetivo prioritario del radicalismo, que no puede soportar el progreso de una sociedad que ha abrazado la modernidad sin renunciar al islam.
Es fundamental que el Gobierno y la sociedad tunecina sientan el respaldo real, y no solo lo que se expresa con declaraciones, de la comunidad democrática internacional. Especialmente ahora, cuando el turismo —fuente fundamental de ingresos y puestos de trabajo— se verá irremisiblemente afectado.
Pocas horas antes los yihadistas habían tratado de causar una catástrofe en Lyon al intentar provocar una explosión en una planta de gases industriales. Uno de los terroristas entró en las instalaciones con una bandera del Estado Islámico (EI). Previamente habían decapitado a un hombre. De nuevo aquí se repite un patrón con el que se pretende aterrorizar a las sociedades occidentales: el máximo daño posible indiscriminado —que afortunadamente no se ha producido en Lyon al no estallar la planta— junto a la máxima crueldad, en forma de decapitación, un método del que el EI ha hecho una de sus señas de identidad y que causa particular repugnancia.
La matanza perpetrada en una mezquita en Kuwait constata que la furia yihadista, aunque lo proclame, no se basa en una lucha entre musulmanes y el resto del mundo. Los asesinos que se escudan tras la religión mataron —de nuevo indiscriminadamente— a un grupo de personas indefensas cuando se encontraban orando precisamente en una mezquita. Una prueba más de que la charlatanería con la que el Estado Islámico engatusa a sus nuevos adeptos no es más que una mentira incongruente.
La guerra que el yihadismo ha declarado a la comunidad global obliga a las sociedades a estar en máxima alerta “para proteger nuestros valores y nunca ceder al miedo”, como dijo ayer el presidente francés, François Hollande. Y, en paralelo, a que las autoridades tomen todas las medidas necesarias —el Gobierno español elevó ayer la alerta al nivel máximo desde el 11-M y convocó el pacto antiterrorista— para proteger a sus ciudadanos.
fuentes http://elpais.com/elpais/2015/06/26/opinion/1435336380_692759.html

La estrategia del miedo

Los ataques directos contra la población están presentes en la práctica totalidad de las guerras civiles, convertidas en escenarios idóneos para los atentados terroristas indiscriminados y la limpieza étnica. Tradicionalmente, estas agresiones se han justificado por la contribución de la población al esfuerzo bélico y por la utilización que los movimientos insurgentes hacen de los civiles para confundirse entre ellos y sobrevivir a su costa. Sin embargo, hoy el agresor busca principalmente condicionar la opinión de los ciudadanos para que ejerzan una presión insuperable sobre sus dirigentes políticos. Dicho de otro modo, en los conflictos armados actuales los civiles siguen siendo un objetivo preferente, más por su capacidad de influencia política que por su apoyo efectivo a las operaciones. Así lo entendieron los serbios cuando emprendieron una limpieza étnica generalizada en Kosovo y así lo entiende en la actualidad el Estado Islámico (Daesh).
El Estado Islámico aplica una estrategia de victimización de civiles consistente en atacar a la población no combatiente mediante acciones planificadas sistemáticamente y sostenidas en el tiempo para conseguir objetivos políticos. Se trata, por lo tanto, de una decisión política que nada tiene que ver con los llamados daños colaterales o con ataques descoordinados y aleatorios realizados por fuerzas descontroladas. En este sentido, la victimización no es un impulso irracional, sino una decisión adoptada con la finalidad de conquistar y controlar un territorio. Una forma de violencia tan impopular y contraria al más elemental sentido ético sólo es factible por la conjunción de tres condiciones básicas: visión perversa del enemigo, despreocupación por la legalidad internacional y beneficio estratégico.
La percepción subjetiva de una insuperable brecha cultural convierte a los adversarios del Estado Islámico en individuos infames a los que se debe castigar incluso con la muerte. La violencia en este caso tiene su origen en el desprecio, el resentimiento y la venganza, de ahí que la acompañen con sofisticadas formas de sufrimiento. En realidad se trata de un problema de identidad, puesto que la victimización es mucho más aceptable cuando se identifica al enemigo con una sociedad impía y cruel, demonizada por sus diferencias culturales y religiosas. Por eso el Estado Islámico necesita crear un modelo social de identidades antagónicas e incompatibles, distorsionando la realidad cuanto sea necesario.
Por otra parte, la descomposición instalada en Oriente Próximo ha contagiado entre la sociedad musulmana la añoranza por remotos tiempos de esplendor. En su versión más radical, los islamistas interpretan que su actual deterioro es consecuencia del dominio ejercido por el mundo occidental, rico y avanzado, pero también decadente y degenerado. Este razonamiento alimenta la pretensión de instaurar relaciones de poder, estructuras políticas y sistemas jurídicos propios del pasado y, en última instancia, fundamenta el absoluto desprecio del Estado Islámico por el derecho internacional humanitario.
La violencia en este caso tiene su origen en el desprecio, el resentimiento y la venganza, de ahí que la acompañen con sofisticadas formas de sufrimiento
La última condición es el supuesto beneficio estratégico que permitiría al Estado Islámico alcanzar sus objetivos políticos a un coste asumible. Una de las ventajas estratégicas consiste en doblegar la voluntad de la población mediante el terror, tanto en el territorio ocupado, para evitar cualquier atisbo de contestación social, como en el exterior, para anular el apoyo popular a sus enemigos y lograr la autocensura timorata de los medios de comunicación. La otra ventaja estratégica deriva del temor a enfrentarse a quienes no dudan en mutilar, esclavizar o asesinar. Un ejército atenazado por el miedo pierde su capacidad de combate y se convierte en un objetivo asequible, tal como se pudo comprobar en Mosul y Ramadi. Con estas conquistas aparentemente sencillas —son muchos los casos— el Estado Islámico quiere mostrar su pretendida superioridad sobre los infieles y sobre quienes no defienden sus postulados con su misma vehemencia. Sin embargo, para que el temor surja efecto en la población es imprescindible difundir las acciones violentas de la forma más descarnada posible, actividad en la que el Estado Islámico se ha aplicado concienzudamente.
En definitiva, la estrategia del Estado Islámico prevé el dominio de un área geográfica (el Califato) y la posterior expansión territorial. En estas circunstancias, sus dirigentes consideran que el control interno pasa por la desactivación —para el Estado Islámico , la limpieza— de los grupos sociales contrarios. El Estado Islámico pretende, además, crear un estado de ánimo de derrota por el miedo, de anulación de la oposición interna, de neutralización de la capacidad de combate de las fuerzas enemigas y, muy importante, de captación internacional de yihadistas. Piensan que los líderes occidentales son muy vulnerables a la opinión pública y que esta “debilidad”, bien explotada, les permitirá ganar su guerra. Por lo tanto, no pretenden sólo castigar a los infieles; buscan principalmente acortar la duración del conflicto y facilitar el control del territorio, reduciendo sus costes económicos y humanos, lo que en último término les ayuda a superar hipotéticos inhibidores morales —si es que los tienen— para matar y torturar civiles.
Por lo tanto, el terror implantado por el Estado Islámico se asienta en dos lógicas: la lógica del castigo, para acabar con el apoyo de la población al esfuerzo bélico, y la lógica del miedo, para minar la capacidad de combate del enemigo. Sin embargo, el castigo y el miedo no suelen producir los efectos buscados. De hecho, y obviando importantes consideraciones éticas, la victimización de los civiles se acabará revelando como una torpeza estratégica más de Abubaker al Bagdadi, porque la violencia gratuita, más que inefectiva, es contraproducente, fortalece la capacidad de resistencia de la población y desactiva cualquier opción de alianza exterior.
Francisco Rubio Damián es colaborador experto del Observatorio paz, Seguridad y Defensa de la Universidad de Zaragoza.
fuentes http://elpais.com/elpais/2015/06/26/opinion/1435323853_643389.html
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Rebeldes

Hace un par de semanas, una española alborotada se subió a los leones del monumento a Dante en la florentina plaza de la basílica de la Santa Cruz. Este asalto nocturno y etílico despertó la dolida protesta de algunos viandantes y de un diario local. A la mañana siguiente, una canadiense orinó en la cúpula de Santa Maria dei Fiori, ante las propias narices —y ojos— del guardia del lugar. Llovía sobre mojado, por decirlo así, pues poco antes unos estudiantes habían escrito sus nombres en la cúpula de Brunelleschi, para contribuir a inmortalizar su belleza.
A mí me parece normal, qué quieren. Ya estamos hartos de tanta reverencia a antiguallas fruto de tiranos y elitistas. Estos inconformistas que desafiaron las convenciones no lo hicieron llevados por otros valores, como los islamistas iconoclastas que van a cargarse las bellezas de Palmira porque están convencidos de que la única auténtica belleza es la sumisión ante Quien no tiene rostro ni imagen. Ellos han profanado sencillamente porque sí, porque les dio la gana, porque todo vale lo mismo y no es más venerable laGioconda que un grafiti cachondo.
La gracia no está en no respetar lo respetado, sino sobre todo en despreciar a quienes lo respetan. Es cuestión de libertad: los que garrapatean la obra de Brunelleschi o pitan el himno nacional ejercen la libertad de expresión, la que se sube a las barbas de Dante ejerce su libertad de funambulismo, la meona da rienda suelta a su libertad de micción, etcétera… Lo expresa más pedagógicamente la nueva presidenta del Parlamento navarro, que es educadora infantil y exhibe en la Red esta chapa: “Yo decido lo que me sale del coño”. Será derecho a decidir, pero conviene luego lavarse bien
fuentes http://elpais.com/elpais/2015/06/26/opinion/1435339771_181500.html

El mal Dios

Tras los atentados asistiremos hoy, entre otros espectáculos, a uno particularmente tóxico: el de ensalzar a las religiones, o sea el de alabar a Dios, para que entre las víctimas no haya daños colaterales en la comunidad islámica. Es una acción rutinaria que suele tener éxito. “Los violentos no son verdaderos gallegos”, decía Quintana, como si hubiese una raza superior que solo praticase amor. “No son vascos, son hijos de puta”, se cantaba para desligar a los etarras de lo que les llevaba a asesinar, que era el País Vasco. O “esto nada tiene que ver con el fútbol” porque aficionados de dos clubes de fútbol aprovechen un partido para apalizarse.
La tentación es aislar al violento, despojarlo de sus circunstancias y presentarlo en un iCloud junto a otros de su especie para salvar a las almas puras. Cuando Rajoy dice que la “lucha contra el terrorismo nada tiene que ver con las creencias religiosas”, emparenta con su antecesor Zapatero, que propuso la Alianza de Civilizaciones, o sea un pacto de dioses, o el arzobispo que después del asesinato de dos militares en Afganistán dijo que aquello “había enfadado a Dios”, cuando precisamente se hizo en su nombre.
Debe de ser tan extraño relacionar violencia y religiones que el primer impulso de los gobernantes es llevarse las manos a la cabeza y decir que esto no es cosa de creyentes, el colectivo más pacífico de la historia. Pero el Estado Islámico es una organización de gente que cree en Dios, y el deseo de ese Dios es ver a los infieles sin cabeza. La lucha contra el fanatismo es la lucha contra esa interpretación de la religión, como hay otras tantas interpretaciones que promueven el amor y la piedad, dos aspectos para los que también están dotados los ateos. A esas no hace falta combatirlas, pero tampoco conviene decir lo buenas que son. Porque no son buenas.
En atribuir las buenas acciones a la voluntad de Dios o hacerlas bajo su amparo, o convertir la conducta propia en una especie de transmisión divina según la cual es la religión la que te hace buena persona, hay algo de subterfugio moral, un salvoncoducto de consecuencia escandalosa: si no creyeses en Dios, ¿harías lo contrario? No, Dios no es bueno. Y sí, Dios está detrás del IS, y lo ha estado de la mayoría de horrores de la Historia, y al contrario de los biempensantes de hoy, cuando escucho religión veo violencia, desde la interpretación judeocristiana del Génesis, con un asesinato entre hermanos, hasta Alá en manos de los terroristas.
Un mundo sin Dios sería un mundo objetivamente mejor. Sería, para empezar, un mundo sin coartadas. Tanto para hacer el mal como para hacer el bien.
fuentes http://elpais.com/elpais/2015/06/26/opinion/1435341961_340196.html

Efecto sordera

“¡Que alguien haga algo, y que lo haga ya!”, exigió indignado Mariano Rajoy cuando el último naufragio en el Mediterráneo sembró de ahogados los telediarios. Fruto de esa llamada y de la de otros líderes europeos, la Comisión Europea se puso a trabajar para paliar la crisis migratoria originada por el encadenamiento de conflictos en África, Oriente Próximo y Asia. Como era lógico, esa política, además de luchar contra las redes criminales que trafican con personas, tenía que organizar la acogida de refugiados y repartirlos equitativamente entre los Estados miembros de la UE. Pero llegada la hora de la verdad la mayoría de los Gobiernos europeos se han plantado contra los planes de la Comisión y han exigido que la aceptación de refugiados sea voluntaria. Hablamos de una propuesta muy modesta, pues los 60.000 refugiados que la Comisión Europea ha puesto encima de la mesa constituyen una cifra ridícula si lo comparamos con el enorme esfuerzo que están haciendo vecinos mucho más pobres como Líbano, donde hay contabilizados 1.174.000 refugiados sirios, Jordania, donde hay 629.000, o Turquía, que ha acogido a 1.772.000.
Son muchos los que se oponen a arrimar el hombro, pero el caso de España es particularmente sangrante, pues a las declaraciones de Rajoy se han seguido una serie de medidas que van en sentido contrario de lo que el presidente exigió. El Gobierno, que a cada minuto presume en los foros internacionales del éxito de las reformas y de las cifras de crecimiento económico, tardó bien poco en ponerse sombrío y argumentar ante sus socios que las dramáticas cifras de paro en España no le permitían asumir su parte proporcional de refugiados. Por si fuera poco, en un país ya señalado internacionalmente por su cicatería a la hora de conceder solicitudes de asilo y por una política de devoluciones insostenibles jurídicamente, el ministro del Interior justificó su rechazo al plan de la Comisión Europea advirtiendo del peligroso efecto llamada que abrir cuotas de refugiados podría desencadenar. A la primera de cambio, España, que logró un asiento en el Consejo de Seguridad postulándose como un país solidario y responsable dispuesto a contribuir a solucionar los problemas globales, ha mirado en otra dirección. Ante el efecto llamada, efecto sordera. @jitorreblanca
fuentes http://elpais.com/elpais/2015/06/26/opinion/1435336204_271240.html
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Cuando la Santa Muerte acecha sonriente

Chilapa es un pequeño municipio perdido en las montañas de Guerrero, la zona de mayor producción de opio de América. Pueblo agrario, posee un zócalo amplio y fresco flanqueado por una iglesia en cuya fachada destaca la estatua de San Gregorio Taumaturgo. Los ojos del santo, no se sabe bien si por deformación del observador o genialidad del artista, miran con espanto lo que sucede a sus pies. En la localidad, arrasada por la guerra de cárteles, reina la muerte. Las desapariciones, torturas y mutilaciones forman parte de la vida diaria y han convertido el lugar en uno de los puntos negros de la geografía bárbara de México.
No es algo de lo que allí se hable en voz alta. Ni siquiera se menciona a los criminales por su nombre. Pero su presencia, palpitante y oscura, es constante. A la entrada del pueblo un tétrico cartel lo recuerda. En él, se alza la Santa Muerte. La esquelética figura, vestida de novia decimonónica, sonríe al visitante. La rodean tres pequeñas estatuas con guadaña. También sonríen.
El culto ofrece, como todos, amor y sabiduría, luz y conjuros, curaciones físicas y morales. Y si uno deposita una moneda, promete multiplicarla un millón de veces. Algunos vecinos de Chilapa dejan ante la imagen flores, otros algo de comida. En ese altar de carretera, como una atrofia del pasado, sobreviven gestos milenarios.
La muerte es próxima en México. Se la venera y festeja. Incluso se la come en figuras de azúcar y deliciosos bollos. La iconografía del Día de Difuntos ya es un tópico. Pero la Santa Muerte va más allá. Este culto, denostado por la Iglesia católica y que se vincula con todo tipo de prácticas malignas, va sumando adeptos cada día que pasa. En las cárceles y entre los sicarios, la superstición ha encontrado una legión de adoradores subterráneos. De norte a sur, los acólitos de la violencia marcan sus territorios con sus altares. Son los mojones de un poder siniestro frente al que los convoyes militares, como ante tantas otras cosas, pasan de largo. San Gregorio Taumaturgo lo sabe bien.
fuentes http://elpais.com/elpais/2015/06/26/opinion/1435336463_651222.html

Complots que son cosa de Alá

Así, como dice el título, lo afirma el llamado Estado Islámico (EI) en el más reciente número de su órgano de propaganda, la revistaDabiq. Para los seguidores de Abuker al Bagdadi, “nadie mejor que Alá maquina complots”. Estos yihadistas de orientación profética y apocalíptica definen este argumento —elaborado en base a citas coránicas seleccionadas a propósito— como una realidad que garantiza el éxito de sus objetivos frente a quienes califican de infieles y apóstatas o a rivales de similar orientación ideológica. Algo que les reafirma en su sanguinario empeño, precisamente por las expectativas de éxito inherentes a esa visión belicosa del credo islámico. Bagdadi insistió el mes pasado en que el islam “nunca ha sido religión de paz” y hacía un llamamiento a los musulmanes de todo el mundo para que se implicaran en la “guerra” que encabeza su organización.
Casi un año después de que el EI adoptase su actual denominación y fuera proclamado un nuevo Califato en los territorios de Siria e Irak donde había conseguido imponer su brutal dominio fundamentalista, los últimos atentados ocurridos en Isère, Susa y ciudad de Kuwait han puesto de relieve, una vez más, el ímpetu y las capacidades con que actúan los ejecutores de “complots que son por entero cosa de Alá”. Los dirigentes del EI tienen aptitud y recursos para planificar atentados concatenados —y altamente letales— en distintos países árabes, al tiempo que instigan la comisión de otras atrocidades en el mundo occidental. Azuzar enfrentamientos sectarios en Kuwait, obstaculizar el proceso de democratización en Túnez o quebrar la cohesión social en Francia mediante el terrorismo es parte de una estrategia global inexorable en los resultados.
El Estado Islámico ha extendido tanto su influencia como su presencia en el norte de África y así cabe además interpretar el nuevo atentado en Túnez, el país de la región con mayores niveles de movilización yihadista. Kuwait, por su parte, contribuye de modo significativo a la coalición internacional contra el EI, establecida el pasado verano. Cabe pues suponer que el EI —cuyo principal portavoz anticipó hace unos días “calamidades” para “Cruzados, chiíes y apóstatas” durante el actual periodo de Ramadán— intente elevar los costes de esa contribución para los países concernidos. También Francia participa en dicha coalición, pero es asimismo el país de la Unión Europea donde se contabiliza un mayor número de jóvenes musulmanes radicalizados en el salafismo yihadista, adheridos al EI e inclinados a intervenir en “complots que son cosa de Alá”.
Fernando Reinares es catedrático de Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos y director del Programa sobre Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano.
fuentes http://internacional.elpais.com/internacional/2015/06/26/actualidad/1435337293_473032.html