sábado, 26 de julio de 2014

¿Cada cuánto tiempo hay que regar el PSOE?

Los experimentos democráticos son una gran oportunidad para reconstruir un partido y reconectar con los ciudadanos. Hay que seguir el método de ensayo y error, para beneficio propio y de toda la sociedad


Democratizar es el verbo políticamente más poético. Nada suena mejor que democratizar una institución política, abrirla a una participación más amplia. Una opinión compartida por la mayoría de analistas políticos y por todo el espectro de regeneracionistas españoles, desde nuestros reformistas más liberales, como los economistas fascinados por la competitividad de las primarias americanas, hasta la izquierda antisistema de Podemos. Y también por el PSOE, que decidió, en palabras de Eduardo Madina, “apostar por la respuesta más democrática de nuestra historia: la elección directa del secretario general por los militantes”.
Pero, por muy exitosa en términos de participación que haya resultado esta experiencia particular del PSOE y por muy atractiva en general que sea la tendencia a democratizar el funcionamiento interno de los partidos, nuestro deber es someter estos procesos a un examen frío, analizando sus ventajas e inconvenientes a la luz de la evidencia disponible. Si lo hacemos, podemos llegar a la conclusión de que democratizar un partido es más bien como regar una planta: tanto el defecto como el exceso de agua pueden ser perjudiciales.
Los partidos que se riegan muy poquito, donde la voz de los militantes no se tiene en cuenta, sufren una falta de legitimación que, tarde o temprano, pasa factura. Ejemplos clásicos serían los partidos ultra-ortodoxos israelíes donde los rabinos monopolizan el poder, aunque nuestras enfermas dedocracias no andan muy lejos. En el otro extremo, los partidos más regados del mundo serían los americanos, donde la participación para elegir a los candidatos es muy abierta y no está controlada por los partidos. El griterío de los ciudadanos americanos es tan fuerte que la voz de los partidos —y con ello su habilidad para agregar intereses y dar coherencia programática a iniciativas particulares— ha dejado de escucharse. Como agudamente señala el politólogo Jonathan Hopkin, las primarias americanas han democratizado tanto los partidos que los han llevado, en la práctica, a su extinción.
En España, como en todos los países donde los partidos son vistos como alejados de la ciudadanía, han surgido críticas a las decisiones que se toman en los aparatos o, como los anglosajones los llaman, losjardines secretos de los partidos. Las causas de los procesos de democratización de los partidos están pues claras, pero sus consecuencias no tanto.
Un partido es como una planta: tanto el defecto como el exceso de agua pueden ser perjudiciales
Tenemos la suerte de que uno de los estudios europeos más interesantes sobre los efectos electorales de las primarias, publicado recientemente en la revista Party Politics, ha sido llevado a cabo por un español, Luis Ramiro. Su análisis de los resultados electorales del PSOE en municipios de más de 10.000 habitantes para el periodo 1999-2011 apunta a que el sistema de primarias de “un militante, un voto” ha sido, en general, recompensado en las urnas por los ciudadanos. Pero, al mismo tiempo, las primarias también tienen costes. Lo cual no quiere decir que no valgan la pena, sino que debemos tenerlos presentes. Y, al mismo tiempo, saber valorar algunas ventajas —que también las tienen— de los mecanismos tradicionales de democracia representativa interna, encarnados por los tan denostados congresos.
¿Cuáles son los costes de la democratización de los partidos? En primer lugar, los estudios sobre primarias, como los recogidos por los expertos Reuven Hazan y Gideon Rahat, muestran una gran variabilidad de participación en todo tipo de países, con oscilaciones, por ejemplo, del 51% al 75% en Israel, del 20% al 63% en Finlandia, o del 25% al 51% en Bélgica. Hay que contar, por tanto, con que las primarias son inherentemente inestables. En segundo lugar, la ironía de las primarias es que, pensadas para aumentar la competitividad dentro los partidos, pueden acabar reduciéndola. Para ganar unas primarias con un electorado potencial de miles, o millones, de votantes no basta con tener el mejor discurso. También necesitas un buen altavoz para llegar a mucha gente y una habilidad para desplazarte que te permita conocer personalmente al mayor número posible de simpatizantes. E, idealmente, estrecharles la mano. Los candidatos que cuentan con más recursos —porque ocupan un cargo público relevante, porque heredan una proyección mediática, o simplemente porque cuentan con la ayuda de la élite del partido— parten con una gran ventaja.
Por ejemplo, un estudio de 3.166 primarias para la Cámara de Representantes de EE UU mostró que en sólo 47 ocasiones los titulares del puesto fueron derrotados. Si los aspirantes tienen una probabilidad de victoria del 1,5%, difícilmente podemos hablar de un mecanismo competitivo. Esta desigualdad de recursos entre contendientes se agrava cuanto más abiertas son las primarias. Lógico: cuantas más manos hay que estrechar, más importa tu capacidad para moverte por el territorio.
De forma paralela, expandir el número de electores no tiene por qué aumentar la fiscalización de las cúpulas de los partidos por parte de los militantes de base. En palabras del politólogo Richard Katz, las primarias pueden dar la apariencia de democracia, pero sin su sustancia: abrir el partido puede ser incluso una estrategia de la élite del partido para quitarse de encima el control que ejercen los siempre molestos cargos intermedios. Las primarias pueden así desembocar en un sistemacesarista (Politikon, La urna rota, 2014), en el que las bases se limitan a elegir, o más bien a ratificar, a un líder liberado de contrapesos internos. Esto puede desincentivar a los afiliados más motivados, aquellos que se metieron en el partido para cambiar el mundo. Si lo único que queremos de los militantes es su voto, si se elimina una cierta meritocracia interna, lo que Jonathan Hopkin denomina el “diferencial de influencia” entre militantes, los partidos se pueden vaciar de personas ideológicamente comprometidas y llenar de lo que en Canadá se ha llamado “militantes instantáneos”.
Pensadas para aumentar la competitividad, las primarias pueden acabar reduciéndola
El buen funcionamiento de una democracia no depende de la existencia de partidos altamente democratizados. Muchas democracias saludables hoy día carecen de primarias porque se han centrado en mantener una buena competición democrática entre partidos y no dentro de los partidos. La primacía de lo primero sobre lo segundo fue observado ya por Giovanni Sartori hace medio siglo: “La democracia a gran escala no es la suma de muchas pequeñas democracias”. Ello no implica que los opacos partidos españoles no necesiten ser regados con una mayor participación. Como está haciendo el PSOE, experimentando en el espacio de pocos meses con dos mecanismos distintos: unas primarias de “un militante, un voto” para elegir al secretario general y unas primarias abiertas para elegir candidato a las elecciones generales. Con ello el PSOE corre muchos riesgos, pues los mandatos de las dos primarias son distintos, ya que los militantes que participan en las primeras tienden a ser más radicales que los votantes del partido que participarán en las segundas. En esta línea, Pedro Sánchez ya ha manifestado que “va a estar tan a la izquierda como la militancia de base”. Podemos reeditar así el conflicto bicefálico entre un político-Borrell (dícese del político preferido por la militancia pero no tanto por el electorado) y otro político-Almunia (alguien más querido por el electorado que por la militancia).
Pero los experimentos democráticos del PSOE son también una gran oportunidad para reconstruir un partido que necesita reconectar con los ciudadanos. Ello dependerá no sólo del éxito de las dos convocatorias, sino también de aprovechar el caudal de capital político que se reunirá en el inminente congreso para consolidar una estructura de partido con capacidad de fiscalización interna. El PSOE debe encontrar un equilibrio —ese punto medio virtuoso del que hablan algunos expertos— entre los dos extremos: una democracia que disuelve y un aparato que oxida.
Para ello, hace falta que el PSOE no se quede quieto y siga el método de ensayo y error en el que se ha metido. Como con las plantas, sólo experimentando, errando y rectificando, sabremos cada cuánto hay que regar el PSOE para que éste desarrolle una fórmula óptima de participación ciudadana. Como el señor Keuner de Bertolt Brecht, el PSOE anda atareado trabajando en su próximo error. Para su beneficio, pero también para el de los demás partidos y, por ende, de la democracia española.
Víctor Lapuente Giné es profesor en el Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo.
 fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/07/14/opinion/1405361775_054909.html

Oportunidad ideal

La Transición no tiene relación causal con la pluralidad de indecencias políticas y financieras de los últimos años


La Transición es ya el payaso oficial de las bofetadas para casi cualquier movimiento que aspire a proyectar nuevos horizontes. Allí se criaron las bases del mal, y no importa demasiado discriminar si hablamos de la Transición corta, hasta la victoria socialista de 1982, o una transición algo más larga, con la incorporación a la Comunidad Europea desde 1986. Lo fundamental es aislar el germen patógeno que ha provocado el apagón general del Estado y que se expresa hoy con la radicalidad política de Podemos y, en el caso catalán, del independentismo como proyecto de limpieza integral de la vieja culpa.
Desde Cataluña se ha hecho común la certeza de que el resto del Estado vive una etapa de agotamiento terminal. Sin decirlo abiertamente, se sobreentiende que Cataluña está excluida del desastre y no padece la sintomatología ni las condiciones de ese deterioro. Incluso más: la reclamación de indepedencia funciona en el mercado político y mediático como arma de resistencia al deterioro y mecanismo de urgencia para soltar lastre retardatario. La vieja ficción de la excepcionalidad de los pueblos escogidos parece regresar como fe común, y naturalmente retoma los instrumentos clásicos del nacionalismo. Fueron los españoles los que hicieron una transición pactista y descamisada, cobarde y apocada, y hemos sido nosotros, los catalanes, las víctimas de un proceso de chapuzas resignadamente toleradas.
Es un relato conmovedor pero hace lo peor que puede hacer un relato político: adular al presente liberándolo infantilmente de sus propias responsabilidades en el pasado. Me temo que también es interesadamente ignorante de las condiciones reales de los pactos y los procesos de la Transición.
Las reservas que hoy pueden oponerse a esta o aquella decisión en los tiempos de la Transición son parte del trabajo que los historiadores intentan hacer, de acuerdo con el país que éramos. Ese análisis es profesional y no elude la reflexión política aunque aspira a identificar las causas plurales y a veces inconciliables que confluyeron: trata de tasar el amplio apoyo social que mantenía el franquismo en 1978; trata de medir el impacto de los muertos diarios de ETA (y la transigencia tácita con que la izquierda recibía las noticias de los muertos de la Guardia Civil o del Ejército franquista); trata de auscultar las rutas de la adaptación a la modernidad post-68 de una sociedad sin la menor formación democrática pero aceleradamente industrializada; trata de comprender el papel del relevo generacional desde la misma década de los sesenta y analizar el ansia de cambiar la caspa con chaqué o con gorra de plato de entonces por los destellos de una nueva clase política (clandestina hasta cuatro días atrás).
La vieja ficción de la excepcionalidad de los pueblos escogidos parece regresar como fe común, y retoma los instrumentos clásicos del nacionalismo
Pero nada de eso tiene la menor relación causal con la pluralidad de indecencias financieras, políticas y administrativas que estamos conociendo desde hace ya unos cuantos años y que afectan sobre todo a la década de los 90, y en adelante. Nada de eso tiene que ver tampoco con la desacomplejada y metódica privatización del Estado que la derecha está promoviendo silenciosamente en los gobiernos de Madrid y de Barcelona.
La culpa no es de la Transición, ni de Suárez ni de Pujol: son culpas avaladas con nuestros votos, o nuestra miopía, o nuestra pasividad. Son parte de las dejaciones democráticas en que hemos incurrido precisamente los hijos de la Transición y algunos de los padres. Hoy incluso algunos de ellos redescubren una nueva política y nuevos ideales mientras cargan sobre sus espaldas no menos de veinte o treinta años de ejercicio de docencia, de actuación intelectual o de vida política. Es verdad que pueden ser una fuente de regeneración y hasta el aval que la experiencia da a la nueva oportunidad de ser mejores.
Pero es chocante el seguidismo que a veces practican en la condena de la Transición en lugar de ensayar la autocrítica durante la construcción de la España democrática. Aquella se acabó hace mucho tiempo: lo que sí duró treinta años es lo que ha venido después. Ha sido cosa de quienes estrenábamos mayoría de edad entonces y de quienes la tenían ampliamente ganada en la lucha democrática anterior y posterior.
La ficción de que la independencia es una buena solución tiene una de sus patas en no querer asumir las propias responsabilidades en el deterioro compartido del Estado democrático en Cataluña y fuera de Cataluña. La otra pata quizá tiene más que ver con el oportunismo de ondear una nueva bandera que con la probidad política e intelectual. El independentismo sobrevenido o nouvingut quizá acabe sintiéndose incómodo en su nueva casa, si el proceso no va todo lo rápido que desean o no alcanza su objetivo final en los plazos y términos previstos, o si fracasa sin más porque el ciudadano prefiere una solución menos drástica. El independentismo puede acabar pensando incluso que una cosa es comprometerse con un ideal por convicción y sentimiento y otra el uso de la convicción y el sentimiento de otros para reencontrar un lugar al sol, o la oportunidad ideal.
Jordi Gràcia es profesor y ensayista
fuenteshttp://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/07/23/catalunya/1406141755_434951.html

Un país normal

Hace meses que Òmnium Cultural puso en marcha la campaña Un país normal, que ha culminado ahora con la presentación de un vídeo con ese mismo título. La idea de fondo es que, en un país normal, votar es la forma razonable de resolver los conflictos. No puedo estar más de acuerdo. Menos compartible me parece, sin embargo, otro mensaje escasamente subliminal de la campaña: como no nos van a dejar votar el 9-N, este no es, de momento, un país normal.
Entiendo la preocupación de Òmnium. A mí también me parece que este no es un país normal. Efectivamente, no es normal un país en el que el partido en el Gobierno se presenta a las elecciones con un programa en el que no aparece la palabra independencia y, tras perder 12 de sus 62 diputados, decide que lo que hay que hacer es preguntar a los ciudadanos precisamente sobre eso que no se había atrevido ni a mencionar durante la campaña. No es normal un país en el que se plantea una consulta cuya cuestión central (la independencia) se corresponde con lo defendido explícitamente en las últimas elecciones autonómicas por solo dos partidos que juntos suman 24 diputados sobre un total de 135, o lo que es lo mismo el 17,77% de nuestros representantes en el Parlament. No es normal un país donde la propuesta federalista, que está de forma explícita en el programa de otros dos partidos que sumaron en esas elecciones 33 diputados, no figure con su nombre e inequívocamente en la pregunta de dicha consulta (me abstengo de valorar si es normal que a uno de esos partidos tal anomalía le parezca lo más natural del mundo) No es normal, en fin, un país en el que se acuerda la fecha de celebración de la consulta y la pregunta que se hará, pero no se dice nada sobre qué porcentajes de participación y votos favorables se deberán obtener para dar la propuesta por aprobada.
No es normal un país en el que mañana, tarde y noche se nos machaca con el ejemplo de Escocia y Quebec, sin que a los defensores de esos modelos se les pase por la cabeza que, para poder exigir con justicia lo mismo que allí han conseguido, primero deberían hacer como los nacionalistas quebequeses y escoceses, a saber, ganar las elecciones con un programa en el que, sin ambigüedad alguna, se afirme que si se obtiene la mayoría parlamentaria se procederá a convocar un referéndum sobre la independencia.
No es normal un país cuyo presidente reconoce en una entrevista a la CNN que menos de la mitad de los catalanes quiere la independencia, sin que eso le haga preguntarse si es legítimo tensionar la sociedad que gobierna con una consulta secesionista cuyo único objetivo sería comprobar si su percepción es correcta. No es normal que a alguien inteligente como debería ser ese presidente no se le ocurra que tales pruebas de estrés solo están justificadas cuando hay una mayoría clara y sostenida en el tiempo que apoya la opción por la independencia, algo que es perfectamente verificable con los procesos electorales generales que regularmente tienen lugar en este país donde según parece no nos dejan votar.
No es normal que el partido del Gobierno tenga su sede embargada y a su secretario general imputado, y recién dimitido, por escándalos de corrupción
No es muy normal un país en el que una mayoría parlamentaria que no sería suficiente para poner en marcha un simple proceso de reforma del Estatuto de autonomía sí lo sea para convocar una consulta en la que se pueda decidir la secesión de ese territorio del estado del que forma parte.
Tampoco parece muy normal un país cuyo gobierno decide que la legislación vigente (a la que debe su propia existencia y legitimidad) se acata o no, según convenga. O donde el principal socio del Gobierno ejerce al mismo tiempo de jefe de la oposición, sin oponerse a algo ni una sola vez. No suena muy normal un gobierno que pontifica sobre lo bien que vamos a estar una vez seamos independientes, con una democracia moderna y avanzada, limpia y regenerada, cuando el partido en que se apoya tiene su sede embargada y a su secretario general imputado, y recién dimitido, por escándalos de corrupción, y mientras sigue sin explicar cómo fue posible el expolio del Palau de la Música por gente de su cuerda y con beneficio directo (presuntamente) para su partido.
Ya puestos, no parece muy normal un país cuyo gobierno y cuyo parlamento llevan año y medio de parálisis legislativa, ocupados solo con su juguete favorito, mientras crece la desigualdad social, la pobreza infantil se extiende como una plaga y corporaciones privadas hacen su agosto con el desmantelamiento sistemático de la educación, la sanidad y los servicios públicos, todo bien tapadito con la estelada, que para eso están las banderas cuando se las necesita. Claro que menos normal aún es que ese camuflaje se logre con la complicidad de una izquierda tan abducida por los cantos patrióticos, que, ocupada como está en ganar el derecho a decidir, ha perdido de vista que pronto habrá poco sobre lo que decidir de verdad.
De manera que sí, efectivamente, yo también quiero un país normal. Y más vale que nos pongamos pronto a ello, porque, a la vista está, se'ns gira feina.
Francisco Morente es profesor de Historia Contemporánea en la UAB
fuenteshttp://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/07/18/catalunya/1405716853_486285.html

Podemos en Cataluña

La escalada del partido de Pablo Iglesias en las encuestas revela que para mucha gente la cuestión social sigue siendo prioritaria


EL PAÍS del pasado domingo publicaba una encuesta sobre Cataluña con una sorprendente escalada de Podemos que, en intención directa de voto, se situaría en segundo lugar en unas legislativas (detrás de Esquerra Republicana) y en tercero en unas autonómicas (detrás de Esquerra y CiU), dejando en ambos casos a PSC y PP en el pelotón de los rezagados. Más sorprendente todavía si se tiene en cuenta que Podemos apenas tiene implantación en Cataluña. Es casi una franquicia, que se está montando a toda prisa con los riesgos en la selección de personal que esto implica.
Siempre se ha dicho que las encuestas alejadas de una convocatoria electoral, es decir, del momento de la decisión del voto, son poco significativas. Podemos ha sido la gran novedad de las europeas, por tanto, es el fenómeno de moda, lo cual puede tener efecto tanto en la respuesta de los encuestados como en el trabajo de los encuestadores.
Dando por asumidas todas estas cautelas, en unos tiempos en que los partidos políticos más sólidamente instalados están sometidos a gran volatilidad, cualquier señal indiciaria merece ser descodificada. Por eso es decepcionante la reacción de los principales partidos (y buena parte de los medios) ante un fenómeno como Podemos: la satanización o el ninguneo.
Como ha escrito Donatella della Porta, “el objetivo democrático de obtener la confianza de los ciudadanos ha sido, de hecho, retóricamente sustituido por la búsqueda de la confianza de los mercados, obtenida a costa de una insensibilidad hacia los intereses de la gente”. Ahí ésta el problema y ahí está la base del éxito, efímero o no, de Podemos: la sensación de sumisión y de impotencia que transmiten hoy los partidos de siempre.
Este es el aviso que les lanza la ciudadanía con el voto a Podemos: no miren solo arriba, miren también abajo
El descaro del que viene de fuera resulta gratificante ante unos gobernantes que han perdido el sentido de la realidad, porque de lo contrario no se atreverían, por ejemplo, a alardear de mejora económica después de haber hundido los salarios y de haber dejado el empleo en estado de absoluta precariedad. La derecha actúa con arrogancia y desdén, los socialistas atrapados en el orden bipartidista han sido incapaces de aparecer como alternativa, y la izquierda clásica es inaudible por obsolescencia del lenguaje. Este es el aviso que les lanza la ciudadanía con el voto a Podemos: no miren solo arriba, miren también abajo; escuchen a la gente y tomen en serio sus problemas; pongan límite a los abusos y háganse empáticos y comprensibles; no se amparen en un lenguaje tecnocrático para imponer la servidumbre por fatalismo, no confundan el pragmatismo con defensa radical del status quo.
Los datos de la encuesta además introducen complejidad en el debate catalán, porque demuestran que no solo de soberanismo vive el hombre y que para muchos ciudadanos la cuestión económica y social sigue siendo prioritaria, de modo que se niegan a aceptar el eje identitario como único referente de la política. Que Podemos pudiera situarse por delante de CiU, de PSC, de PP, de ICV y de Ciutadans en unas legislativas rompe muchos frentes políticos tradicionales.
El frente identitario: el perfil bajo pero tolerante de Podemos en la cuestión catalana y en el referéndum para un sector del electorado frío en materia de independencia resulta más atractivo que tener que decantarse en la querella entre soberanistas y autonomistas o unionistas. El frente político: la desconfianza en los partidos tradicionales es tan grande que al PSC ya no le otorga valor añadido el voto al mal menor para echar al PP del Gobierno. Del mismo modo que CiU sigue restando en beneficio de Esquerra. Lo que se premia es el proyecto político. Esquerra representa mejor que nadie uno de ellos: la independencia. Y Podemos, a su modo, canaliza otro proyecto: el descontento con la manera en que se hacen las cosas. Los demás partidos son sospechosos de ambigüedades, pasteleos y medias verdades. Y el proyecto unionista no consigue hacer masa crítica.
El frente social: no basta con decir que con la independencia las cosas irían mejor, van demasiado mal para confiarlo todo a una promesa incierta. Podemos parece conseguir lo que no han sabido hacer los partidos de izquierda: sacar a luz la profunda crisis social y colocarla en la agenda política.
El estallido Podemos nos dice que la política no puede jugarlo todo a una sola carta: secesión, sí o no. Y pone además de manifiesto que el independentismo tiene todavía mucha tarea de acumulación de capital político para alcanzar una amplia mayoría. El régimen político español viene dando señales de asfixia desde hace tiempo. Las inercias de los grandes partidos han dejado que el aire sea cada vez más irrespirable. Por eso, cuando han aparecido utopías disponibles (en expresión de Marina Subirats) la gente ha tenido la sensación de respirar un poco y se ha apuntado: la independencia; y la apelación a la ciudadanía a recuperar un sistema político que ni les atiende ni les entiende. ¿Es posible que la política recupere su autonomía y deje de ser impotente? Esta es la interpelación que canaliza Podemos.
fuenteshttp://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/07/21/catalunya/1405967418_089387.html

Aguirre

Efectivamente, tal y como aseguró en laSexta Noche,Esperanza Aguirre jamás ha insultado a un adversario político, excepto cuando se refirió a Ruiz-Gallardón como el “hijoputa” al que había quitado un puesto en Caja Madrid para dárselo a IU. Por cierto, que en ese mismo acto exhibió el liberalismo económico del que presume al dejar patente que ella no intervenía en las decisiones de la caja que tanto daño han hecho a los pequeños ahorradores. A vueltas aún con el liberalismo, Aguirre es también un ejemplo vivo de lo que predica respecto al control de los medios de información. Ahí está Telemadrid, con más de 800 despedidos, víctimas de los telediarios inverosímiles de la desdichada cadena.
Incompatible asimismo con la corrupción, llegó a la presidencia de la Comunidad de Madrid tras una segunda convocatoria electoral y después de que dos diputados socialistas, luego protegidos por un aparato de seguridad cercano al PP, pusieran a la venta su voto. Años más tarde, al huir de la quema, o de la trama Gürtel, dejó el puesto a Ignacio González, su mano derecha, un señor que había conseguido alquilar en Marbella un apartamento de lujo a la mitad del precio de mercado. Más tarde, para evitar habladurías, adquirió ese piso a una sociedad radicada en un paraíso fiscal sin que a la fecha sepamos quién era su verdadero dueño (los policías que lo intentaron, sin excepción, están en el frigorífico).
¿Que Aguirre es populista? Nada más lejos de la verdad. Recuerden, si no, su rueda de prensa, disfrazada de superviviente, tras regresar de Bombay, donde su hotel había sufrido un atentado terrorista. Una biografía política de arte y ensayo, en fin, con la que puede alternar sin rubor en cualquier tasca de su barrio.
fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/07/24/opinion/1406191502_471164.html

Podemos vivir juntos

Escribo estas líneas en mi calidad de Mensajero de la Paz de Naciones Unidas y sin olvidar en ningún momento que tengo en mi posesión dos pasaportes: uno israelí y otro palestino. Escribo estas líneas con el corazón apesadumbrado, porque he visto que los sucesos de las últimas semanas en Gaza han confirmado algo de lo que siempre he estado convencido: que no es posible poner fin al conflicto palestino-israelí mediante una solución militar. Este no es un conflicto político, sino que es un conflicto humano, entre dos pueblos, cada uno de los cuales está profundamente convencido, con una firmeza aparentemente irreconciliable, de que tiene derecho a poseer el mismo y pequeño trozo de tierra, mientras que el otro pueblo no.
El hecho de que siempre se haya pasado por alto este aspecto es la razón por la que todas las negociaciones, todos los intentos que se han llevado a cabo hasta la fecha de buscar un acuerdo que termine con el conflicto, han fracasado. En lugar de reconocer que esa es la verdadera naturaleza del enfrentamiento y tratar de buscar el remedio correspondiente, todas las partes han querido buscar soluciones rápidas y sencillas. Por desgracia, como ocurre con todos los temas importantes, no existen atajos que nos permitan resolver este problema a toda velocidad. Los atajos solo sirven de algo cuando conocemos el terreno a través del que estamos cortando, y en este caso no hay nadie que lo conozca, porque la esencia fundamental del conflicto sigue siendo una materia desconocida e inexplorada.
Siento una comprensión inmensa cuando pienso en el miedo que atenaza hoy a mis compatriotas israelíes: el ruido constante de los cohetes lanzados contra ellos, el temor que inspira saber que uno mismo o alguien a quien conocemos puede resultar herido. Pero también tengo una profunda compasión por la angustiosa situación de mis compatriotas palestinos en Gaza, que viven inmersos en el terror y tienen que llorar a diario a todas esas víctimas y sufrir esa desolación. Después de tantos decenios de destrucción y muerte en ambos bandos, el conflicto ha alcanzado ahora un grado de espanto y desesperación que era imposible de imaginar. Por eso me atrevo a sugerir que tal vez este sea el momento de buscar una solución verdadera y genuina al problema. El alto el fuego es indispensable, sin la menor duda, pero no es, ni mucho menos, suficiente. La única forma de acabar con esta tragedia, la única manera de evitar más muertes y más horror, es aprovechar precisamente que nos encontramos en una situación desesperada para obligar a todas las partes a que se sienten a hablar. No tiene sentido que Israel se niegue a negociar con Hamás ni que rehúse reconocer al Gobierno de unidad; no, Israel debe escuchar a los palestinos que están en disposición de hablar con una sola voz unida.
La primera resolución sería un acuerdo conjunto  por el que se reconozca el hecho de que no existe una solución militar
La primera resolución que habrá que alcanzar es un acuerdo conjunto por el que se reconozca el hecho de que no existe una solución militar. Solo entonces podremos empezar a discutir la forma de garantizar tanto la justicia que desde hace tanto tiempo, y con razón, demandan los palestinos, como la seguridad que, también con razón, exige Israel. Los palestinos sentimos que tenemos la necesidad de obtener por fin una solución legítima. Nuestra aspiración fundamental es que se nos trate con justicia y se nos reconozcan los derechos que se reconocen a cualquier pueblo de la tierra: autonomía, autodeterminación, libertad y todo lo que ello entraña. Los israelíes necesitamos que se acepte que tenemos derecho a habitar en el mismo trozo de tierra que los palestinos. Cómo dividir ese territorio es algo de lo que solo podrá hablarse cuando las dos partes hayan reconocido y comprendido que podemos vivir juntos, unos al lado de otros, pero, sobre todo, sin darnos la espalda.
Esta reconciliación tan necesaria tiene que basarse en un sentimiento mutuo de empatía o, si lo prefieren, de compasión. La compasión, en mi opinión, no es meramente un sentimiento que surge de la capacidad psicológica de entender las necesidades de una persona, sino que es una obligación moral. Tratar de comprender los problemas del que tenemos enfrente es lo único que nos permitirá dar el paso necesario para aproximarnos. Como decía Schopenhauer, “no hay nada que nos devuelva a la senda de la justicia con tanta rapidez como la imagen mental de las dificultades, la aflicción y los lamentos del perdedor”. En este conflicto, todos somos perdedores. Solo seremos capaces de superar esta triste situación si, de una vez por todas, empezamos a aceptar el sufrimiento y los derechos de la otra parte. Una vez que seamos conscientes de ellos podremos intentar construir un futuro juntos.
Daniel Barenboim es pianista y director de orquesta.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
 fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/07/24/opinion/1406197588_709219.html

Señor Juncker: queremos otra Europa

La Unión Europea se está muriendo”, escribió el politólogo norteamericano Charles Kupchan en 2010, en el arranque de la crisis del euro. “No una muerte súbita, sino una tan lenta y constante que un día nos daremos cuenta de que la integración europea dada por hecha durante el último medio siglo ya no es”. Cuatro años después, tras las últimas elecciones, el diagnóstico de Kupchan es más creíble. Y no hacía falta esperar al resultado para saber que la crisis es más político-institucional que económica. Fue la opción política deliberada de responder a la crisis financiera con un enfoque nacional y no europeo —la fatal decisión de Angela Merkel de imponer rescates nacionales a la banca y al sector automovilístico en 2009— la que abrió las grietas de la división nacional, principal hándicap que nos impide salir del agujero. Consecuencia: un conjunto de políticas erróneas —austeridad indiscriminada para todos, un Banco Central maniatado— que han precipitado a Europa en su mayor crisis en 60 años. Resultado: deslegitimación de las instituciones europeas y desprestigio de la idea de Europa. Con un efecto político perverso: dejar inermes, ante una ciudadanía perpleja y enfadada, también a las democracias nacionales, que han visto cómo sus Parlamentos y sus votos no cuentan.
La experiencia europea demuestra que el “keynesianismo en un solo país” no es posible. La política de gestión de la demanda no es viable en el marco de una economía abierta pequeña o mediana que no controla la política monetaria. ¿Puede, en cambio, la zona euro —350 millones de ciudadanos con la segunda moneda de reserva del mundo, y un comercio interno muy superior al exterior— aplicar políticas de estímulo monetario y fiscal? Por supuesto que sí. Pero hay que reformar reglas e instituciones, y reconciliar intereses económicos de unos y otros. Lo que requiere un gran cambio político e institucional. De lo contrario, estamos abocados, primero, al síndrome japonés: década de crecimiento anémico; y después, con muy poco desfase, al síndrome deWeimar: descomposición política.
En este panorama, la elección de Juncker como presidente de la Comisión por el Parlamento Europeo es un modesto signo de esperanza. Viejo zorro en el bosque institucional europeo, Juncker ha ofrecido un programa posibilista de moderada ambición: 300.000 millones de euros para redes transeuropeas (energía, transporte, telecos) e I+D, apuntando a la reindustrialización del continente (del 16% al 20% del PIB); completar el mercado único en servicios, y un mercado único digital en telecomunicaciones e Internet, sin fronteras técnicas y regulatorias; una impostergable unión energética; y, crucialmente, una modesta capacidad fiscal europea. Es un programa serio, prudente, enfocado al corto y medio plazo (dos o tres años). Pero excesivamente técnico: una serie de proyectos complejos, difíciles e importantes no suman una visión de futuro para Europa. Falta ambición política: la unión fiscal y la unión política ni siquiera se mencionan. Quizá, recién estrenado, Juncker no pueda hacer otra cosa.
Sin embargo, la Unión necesita generar recursos propios (una capacidad fiscal / impositiva común) para un presupuesto con peso específico como para ser anticíclico: estimular la economía a escala europea, reducir el desempleo y reequilibrar los choques asimétricos (cuando la crisis afecta a unos más que a otros).
Para frenar la marea nacionalista tenemos que ir a una Europa federal
Un impuesto europeo (un 2%-3% del IRPF pagado a las arcas europeas), tasas a las transacciones financieras y sobre las emisiones de carbono, o las tarifas arancelarias, nutrirían un Tesoro europeo. Tendría, además, valor simbólico y político: forzaría el interés popular por la representación (europea). ¿Para qué objetivos? Una Europa del 5% del PIB, frente al raquítico presupuesto actual del 1%. Una Europa federal dotada de un centro de gravedad económico y político con capacidad para redistribuir y reequilibrar. No es un sistema de transferencias fiscales que genere dependencia. Es invertir en el futuro común europeo, para generar las condiciones básicas que aceleren la convergencia en productividad, competitividad y renta. La unión monetaria no aguantará sin una unión fiscal. Esta no puede ser entendida a la alemana, solo como conjunto de reglas (límites de déficit y deuda) para países aún muy desiguales. Sin instituciones y capacidades comunes que ayuden a igualar las condiciones de partida, la convergencia no será.
Eventualmente, si queremos recuperar la confianza popular, tendremos que converger también en políticas sociales y laborales. La unión social tiene que complementar la unión económica y monetaria: hay que armonizar los mercados de trabajo, hay que modernizar y actualizar el derecho del trabajo en un gran pacto social que garantice derechos mínimos de los trabajadores europeos y la flexibilidad necesaria para la competitividad de las empresas. Si pretendemos fomentar la movilidad laboral intra-europea seamos consecuentes: creemos una Agencia Europea de Empleo que la facilite, casando oferta y demanda, ayudando con la vivienda y la adaptación cultural, con cursos de idiomas, formación, etcétera. La consecuencia natural de esta movilidad será un subsidio de desempleo europeo. Un incipiente mercado laboral europeo (objetivo en 10 años: 10% de trabajadores no nacionales de origen comunitario) necesitará un sistema europeo de protección social y pensiones, que no dependa exclusivamente de los Estados.
Lograrlo precisa un salto político: la unión política. ¿Qué elementos tendría? 1. Una circunscripción electoral paneuropea con listas transnacionales —junto a las estatales— cuya cabeza de lista sea el candidato de cada familia política a presidir la Comisión Europea. 2. Un Parlamento Europeo con iniciativa legislativa (hoy solo en la Comisión).3. Una estrategia global común: diplomacia, defensa, relaciones económicas, ayuda al desarrollo. El Servicio Exterior Europeo asumiría la representación única de la UE en las instituciones internacionales; y gestaríamos unas Fuerzas Armada europeas, con industrias de defensa integradas. Las crisis geopolíticas y la constancia de nuestra impotencia nos lo impondrán. 4. Una Comisión Europea más reducida (superando el absurdo del “comisario por país”) y un proceso de decisión más ágil y más comunitario.
Necesitamos unidad y autonomía política de los grupos parlamentarios europeos primando la disciplina del voto supranacional
Todo esto exigiría lanzar un nuevo proceso constituyente en el que podamos participar todos los europeos: una Convención de instituciones comunitarias, Gobiernos y Parlamentos nacionales. Somos conscientes de la complejidad y los riesgos de un proceso así, cuando el euroescepticismo y el antieuropeísmo están al alza. Pero los partidarios de Europa no podemos estar a la defensiva: tenemos que ser atrevidos, convencidos de la superioridad práctica y moral de nuestras ideas. Las ideas grandes son las semillas del futuro. El sentido de una “Europa del 5%” es crear ciudadanos europeos, con obligaciones fiscales y derechos políticos y sociales europeos. Algunos aducen que no existen “ciudadanos europeos”, sino solo nacionales, y que no hay apoyo popular para una Europa federal. Pero las grandes naciones europeas no preexistieron a los Estados: fueron creadas, en gran medida, por ellos. Igualmente, eldemos europeo, no puede preexistir a una verdadera estructura federal europea: será generado por ella en su proceso de construcción. Los ciudadanos españoles, alemanes, italianos, etcétera, se sentirán plenamente europeos cuando paguen algunos de sus impuestos a Europa, reciban inversiones y servicios de Europa, tengan apoyos consulares europeos al viajar fuera, vean a un Ejército europeo defender la paz, y puedan trabajar fácilmente en cualquier parte de la Unión con los mismos derechos laborales y protección social. Con estas premisas, votarán masivamente en elecciones europeas cuando sepan que eligen un verdadero Ejecutivo europeo, plenamente legitimado.
Este ambicioso proyecto de Europa necesita partidos europeos. No una agregación difusa y contradictoria de partidos nacionales. Eso no sirve. Necesitamos estructuras orgánicas y políticas sectoriales europeas. Necesitamos unidad y autonomía política de los grupos parlamentarios europeos primando la disciplina del voto supranacional, sobre las posiciones partidarias nacionales.
Paradójicamente, fue el británico Winston Churchill, conocedor del poder del lenguaje y de las grandes ideas, quien lo esbozó: “Hay un remedio que, si fuera adoptado general y espontáneamente, transformaría, como por un milagro, toda la escena. (…) ¿Y cuál es este remedio? (…) Debemos construir una suerte de Estados Unidos de Europa. (…) El proceso es simple: todo lo que hace falta es la resolución de cientos de millones de hombres y mujeres para hacer lo correcto en lugar de lo incorrecto” (La tragedia de Europa, 1946). Movilizar a los europeístas aletargados, dispersos y desmoralizados —a millones de votantes carentes de referente— y frenar la marea nacionalista exige esbozar el gran diseño institucional y político que encarne esa idea: la unión política de una Europa federal. La Europa del 5%. Menos que eso no evitará que la profecía de Kupchan se cumpla.
Ramón Jáuregui es eurodiputado socialista y Javier de la Puerta es profesor de Política Internacional de la UIMP.
fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/07/24/opinion/1406210581_117038.html