sábado, 26 de julio de 2014

Tejer y destejer

Abordar barcos de narcotraficantes en alta mar, arrestar a sus tripulantes y decomisar la droga que transportan no son operaciones tan simples como para desbaratarlas por una discusión entre magistrados sobre el alcance de los apartados “d” e “i” de un texto legal. Tras las limitaciones introducidas en la aplicación de la justicia universal, la mayoría de los jueces penales de la Audiencia Nacional respaldaron la excarcelación de decenas de arrestados en barcos que navegaban por aguas internacionales; pero la Sala Penal del Supremo, requerida por la fiscalía, resuelve ahora por unanimidad que aquellos jueces estaban equivocados.
Se trata de interpretaciones de una ley “confusa”, término usado por el propio Tribunal Supremo. El Gobierno se saltó en su día las consultas necesarias (Consejo de Estado, Poder Judicial, fiscalía) que podrían haber servido para detectar los problemas de interpretación de las limitaciones legales pretendidas. Para ello utilizó la vía de una propuesta de su grupo parlamentario, en lugar de redactar un proyecto de ley que habría exigido esos controles previos. El partido del Gobierno estaba urgido por las prisas para cortar las alas a los tribunales ante la protesta de China por la orden de detención internacional de su expresidente y su ex primer ministro en la causa del genocidio del Tíbet. Ahora nos encontramos con interpretaciones divergentes del confuso texto legal resultante. No sería extraño que se plantearan más problemas, bien sobre futuros casos de narcotráfico, bien respecto a asuntos de genocidio o crímenes de lesa humanidad.
Urge encontrar soluciones sensatas. Todo el respeto que merece la independencia del poder judicial se cuartea ante el desperdicio de tiempo, dinero y energías en operaciones de busca y captura de presuntos delincuentes egipcios, sirios o de otras nacionalidades, que de repente se ven en libertad por una decisión judicial y que, semanas más tarde, otros jueces de mayor rango ordenan capturar de nuevo —lógicamente, con limitadas posibilidades de éxito—. Y todavía falta en este asunto la intervención del Constitucional, requerido por el PSOE para que se pronuncie sobre la cuestionada reforma. Todo muy formal y muy correcto, pero la delincuencia no va a respetar los dilatados tiempos de espera. Echarse pulsos entre instituciones trae consecuencias tan negativas como estas.
fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/07/25/opinion/1406313257_305827.html


sábado, 28 de junio de 2014

Castro reta al fiscal a que le denuncie por prevaricación si se cree lo que escribe

El supuesto idilio profesional entre el juez José Castro y el fiscal Pedro Horrach parece definitivamente roto. El instructor del caso Nóos ha retado a la fiscalía a que presente una querella contra él por prevaricación, si es que realmente sostiene las afirmaciones sobre el juez que Horrach ha escrito en su recurso al procesamiento de la infanta Cristina.
"Creo que si el Ministerio fiscal cree lo que escribe, y habría que suponer que sí, lo que tiene que hacer es presentar, tenía que haberlo hecho ya, una querella contra mí por prevaricación", ha afirmado hoy el juez al llegar a los juzgados de Palma. A preguntas de los periodistas, Castro ha afirmado que el escrito de Horrach "contiene claras imputaciones de que yo he cometido un delito de prevaricación".
El magistrado ha indicado que el último escrito de Horrach y "otros muchos" anteriores contienen "expresiones de descrédito y falta de respeto" hacia su persona. Dice el instructor que la actuación del ministerio público "es legítima" aunque apostilló que la falta de imparcialidad también puede ser atribuible a un fiscal de la misma forma.
Castro y Horrach formaron durante años un duro dúo contra la corrupción que había campado en Baleares. Entre ambos hilvanaron con cientos de pruebas el caso Nóos, hasta destapar una trama de corrupción dirigida por Iñaki Urdangarin, esposo de la Infanta.
Mediante un duro recurso de 63 páginas, el fiscal recrimina a Castro haber llevado a cabo una instrucción "a la carta" y haber practicado investigaciones "contradictorias" en torno a la Infanta Cristina "a modo de encaje de bolillos".
El fiscal anticorrupción consideró que el juez José Castro manejó datos equívocos, “simples suposiciones” para “construir unos hechos con apariencia delictiva” con el objetivo predeterminado de imputar “a la carta” a la infanta Cristina de Borbón. Horrach afirmó que el juez relegó “los parámetros de imparcialidad, objetividad y congruencia”.
El fiscal dice que no hay base alguna para la incriminación de la Infanta y sostiene que la instrucción ha sido desarrollada “a la carta” por Castro, con un “trato discriminatorio”, en “una espiral inquisitiva”, “magnificando” datos desfavorables y “despreciando” otros exculpatorios.
Asimismo, critica que el magistrado haya hecho sobre la hermana del Rey Felipe VI "un juicio de valor basado en meras conjeturas: Doña Cristina de Borbón es culpable, no se sabe bien de qué, para a continuación emprender una intensa prospección para ver si se la pilla en un renuncio".
"Cuando el puerto de destino está determinado antes de iniciar la investigación, basado en meras conjeturas, contamina de tal forma la marcha exploratoria que la convierte en un itinerario inamovible, en el cual los parámetros de imparcialidad, objetividad y congruencia que deben presidir cualquier actuación judicial quedan relegados", subraya tajante Horrach, entre otras numerosas consideraciones y críticas hacia el juez.
El fiscal superior de Baleares, Bartomeu Barceló, ha defendido que el recurso presentado por el fiscal anticorrupción Pedro Horrach contra el auto de fin de instrucción del caso Nóos no falta al respeto al juez José Castro. "Son cuestiones que para argumentar se tienen que hacer", ha remarcado al respecto.
fuenteshttp://politica.elpais.com/politica/2014/06/27/actualidad/1403860683_992078.html

La cerrazón y el victimismo

Si se toma como referencia de la voluntad de los catalanes el contenido del Estatuto que aprobaron en referéndum, esa voluntad tendría encaje, en muy buena parte, en el modelo territorial español sin necesidad de modificar la Constitución, aunque adoptando determinadas medidas que lo hicieran posible.
En otra parte, sin embargo, sería necesario acometer reformas constitucionales para dar acogida a tal voluntad.
Si eso es así, como lo han puesto de manifiesto muchos expertos, quienes pongan obstáculos a buscar soluciones al pleno despliegue y reconocimiento de esa voluntad de los ciudadanos de Cataluña, deberán reconsiderar sus posiciones si pretenden seguir hablando en su nombre o en el de los intereses de España.
Es verdad que en Cataluña se votó sobre la base de la firme creencia de que el Estatuto respetaba la Constitución y no en la creencia de que era contrario a ella, pero esa fue, en cualquier caso, la voluntad manifestada. Sin embargo el Tribunal Constitucional no habría hecho otra cosa, en esencia y sin entrar en disquisiciones técnicas, que cumplir con su tarea de ser guardián de nuestra norma suprema que se quería modificar por la puerta de atrás sin seguir los procedimientos para ello.
La cuestión, en el momento actual, consiste en saber si lo que el Tribunal dijo que no cabía en la Constitución puede encontrar pleno reconocimiento, respetándola, pero por otras vías que no sean el Estatuto mismo. Y si, en el caso de que hubiera aspectos que no pueden ser reconocidos en el marco constitucional actual, pueden encontrar acogida con determinadas reformas constitucionales.
En definitiva si esa voluntad expresada en aquel referéndum puede quedar restablecida y reintegrada mediante la reforma constitucional y/o por otras vías.
La respuesta jurídico constitucional es que sí. En tal caso los enemigosa priori de buscar esa solución tendrían que reconsiderar sus posiciones y dejar de hablar en nombre de Cataluña o de España.
Y los enemigos son la cerrazón y el victimismo; por sí mismos y en su mutua retroalimentación.
La cerrazón de quienes no quieren cambiar nada y el victimismo de quienes han decidido que ya se ha pasado el tiempo de buscar soluciones en el marco de un Estado común, dadas la numerosas y supuestas afrentas recibidas. Los argumentos de unos y otros retroalimentan el problema sin buscar soluciones.
Lo cierto es que el modelo territorial español, con determinados cambios en la Constitución y con otros cambios normativos, permite dar acogida a aquella voluntad del pueblo de Cataluña, sin trastocar ni hacer inviable la esencia misma del modelo territorial constitucional.
En efecto, nuestro modelo es desde el principio flexible, ya que permite adaptarse a las circunstancias peculiares de cada territorio, sin que ello sea contrario a la Constitución y menos aún a su espíritu. Permite, por tanto, peculiaridades siempre que se respete la solidaridad entre Comunidades y se proscriban privilegios.
Nuestro modelo es flexible y permite peculiaridades si se respeta la solidaridad
Permite y obliga al respeto a una autonomía política sustancial y real de las Comunidades que les permita desarrollar políticas propias. Permite y obliga, también, al respeto de la existencia de un Estado central con las competencias necesarias para asegurar determinadas funciones, existentes en cualquier Estado federal, y, entre ellas, la garantía de las condiciones básicas que garanticen la igualdad y la existencia de mecanismos a disposición del Estado que aseguren la eventual unidad de mercado.
Esas son las líneas rojas de nuestra Constitución, que son también las de cualquier Estado federal.
No es cuestión de entrar aquí en el detalle de muchos de los aspectos que fueron anulados, reinterpretados o matizados por el Tribunal Constitucional en su sentencia sobre el Estatuto, pero sí podría señalarse que muchos de los anulados o reinterpretados son asumibles sin mayores problemas, incluso sin reformas constitucionales.
En efecto, una parte de las quejas vinculadas con temas económicos (principio de ordinalidad, esfuerzo fiscal, etc.) esgrimidas por parte de algunos partidos políticos catalanes, están en muy buena medida en la base de la extensión de los sentimientos de frustración que se han propiciado en Cataluña. Las soluciones que el Estatuto daba a esas cuestiones económicas (en definitiva los mecanismos de solución que la voluntad del pueblo de Cataluña ratificó) o fueron anuladas o fueron reinterpretadas por la Sentencia del TC. Y, sin embargo, muchas de esas soluciones no dejan de ser razonables en su fondo.
En realidad no fueron anuladas o reinterpretadas por lo que disponían, sino por el hecho de estar contenidas en el Estatuto de una Comunidad, pero con voluntad de imponerse al Estado y a todas las demás Comunidades. De esa forma una norma estatutaria que sólo era para Cataluña, pretendía erigirse en norma para todas las demás Comunidades Autónoma que no habían participado en su aprobación, pero que quedaban condicionadas por lo allí dispuesto.
En esas materias, bien importantes por cierto, no existiría el menor obstáculo, ahora, para que se recogieran con carácter general para todas las comunidades autónomas. Pero no en un Estatuto, sino en normas generales para todos; y en cuya elaboración todos participasen. Tampoco, desde luego, para que se llevarán como principios al propio texto constitucional.
También podrían llevarse al propio texto constitucional otras reformas que subrayasen y concretasen la lógica federal que late en el modelo español, pero que no ha encontrado feliz expresión en el mismo. El Senado como Cámara de representación territorial sería una de ellas, siempre que tal Senado responda a un modelo donde los Ejecutivos autonómicos sean los representantes de los territorios. La atribución de competencias residuales a las Comunidades autónomas en todas aquellas materias no reservadas al Estado podría ser otra reforma. Se trata sólo de algunos ejemplos de reformas que podrían hacerse.
Una norma estatutaria de una Comunidad pretendía erigirse en norma para todas las demás
No puede negarse que esos rasgos federalizantes pueden, y probablemente deben, convivir con otros rasgos más propios del modelo autonómico. Modelo que frente a una idea igualitaria de todas las partes, propia de los Estados federales, permitía, y aún propiciaba, algunas diferencias entre esas partes, siempre que no afectasen a la solidaridad y a la igualdad básica.
Alguna reflexión final debe hacerse sobre la reforma misma de la Constitución cualquiera que pueda ser su contenido. Desde luego sería necesario el acuerdo no sólo con los partidos nacionalistas que propugnan un ajuste del marco territorial, sino también entre los partidos con implantación estatal y, muy especialmente, entre los dos grandes partidos.
En segundo lugar está la cuestión de hasta que punto puede iniciarse un proceso de reforma constitucional si los partidos nacionalistas sólo se dan por satisfechos con la independencia o con un reconocimiento del derecho a la autodeterminación. O si algunos sectores del partido en el gobierno lo que propugnan es una recentralización del Estado de las autonomías.
En esas condiciones la cerrazón y el victimismo son los enemigos de la voluntad del pueblo español y del pueblo de Cataluña.
Estamos en un momento relevante en que los Gobiernos —y los políticos de todo el arco parlamentario y de todos los territorios— deberían tener en cuenta varias cosas para abrir o no un proceso de reforma constitucional. En primer lugar, si la negativa a abrir el proceso de reforma —por razón de su supuesta inutilidad por quedarse pequeña para las aspiraciones nacionalistas, por ejemplo— puede de alguna forma contribuir a rebajar las tensiones existentes en el momento actual o, más bien al contrario, las aumenta. En segundo lugar habrá que valorar hasta qué punto abrir el debate sobre la reforma sí supondría abrir un escenario nuevo —una atmósfera nueva— en el que tal vez fuera posible llegar a acuerdos que hoy parecen imposibles.
El modelo territorial español permite muchas soluciones y ante esa realidad no podemos esperar sentados a que las cosas empeoren sin decir alto y claro que las voluntades de Cataluña y España pueden encajar en nuestro marco constitucional y que todas las partes están obligadas a buscar soluciones que en principio están al alcance de la mano.
Tomas de la Quadra-Salcedo Fernández del Castillo es catedrático de la Universidad Carlos III y autor del informe de la Fundación Alternativas El modelo territorial español 35 años después.
fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/06/25/opinion/1403721211_879382.html


Despedidos, pero tributando

Hay un cambio muy sorprendente en la mal llamada reforma fiscal: la tributación a la que desde ahora se someterá a las indemnizaciones por despido improcedente. El argumento empleado por el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, es sencillo. Se persigue acabar con “el abuso de la utilización” de esta fórmula, evitando pactos entre empresas y trabajadores que sorteen la legalidad.
Si ese es el motivo, la decisión quizá encajaría mejor en el marco de una ofensiva omnicomprensiva contra el fraude fiscal. Pero esta reforma es justamente muy poco reformista precisamente, entre otras razones, porque está casi ayuna de medidas antifraude, salvo el anuncio de la publicación de la lista de morosos fiscales (de dudosa eficacia y compleja juridicidad) y la (más acertada) ampliación del plazo —de 12 a 18 meses— para la finalización de las inspecciones tributarias.
Las indemnizaciones laborales aportarán muy poco más de mil millones
De forma que la evasión fiscal seguirá contándose por decenas de miles de millones de euros (70.000 millones, según el Círculo de Empresarios). Mientras que, en el mejor de los casos, si todos los despidos tributaran al completo, la recaudación adicional apenas superaría los mil millones. O sea, la medida carece de una razón de potencia recaudatoria.
Además, puede contradecir el objetivo esencial, aunque tácito, de la reforma laboral, que era facilitar y abaratar el despido. En la medida en que las indemnizaciones tributen, probablemente disminuya el número de despidos improcedentes o se produzca una presión social para trasladar a las empresas su impacto fiscal, o ambas cosas a la vez. Y resulta chocante que una renta no buscada —a diferencia de un sueldo o de unos dividendos— resulte sometida a tributación. Existen sin embargo algunos argumentos en favor de la fiscalización de ese tipo de ingresos.
Uno es que ya venían tributando, pero a partir de límites infrecuentes, derivados de indemnizaciones superiores a los 45 días por año trabajado. Dos, que las Haciendas vasca y navarra los gravan desde 1993, aunque solo desde una cuantía de 180.000 euros (y no de 20.000, como ahora en la España no foral). Tres, que ocurre algo parecido con bastantes países europeos.
Es verdad que las cantidades exentas son significativas. Las indemnizaciones (contando 33 días por año con un año de antigüedad) correspondientes a salarios anuales de 50.000 euros quedan sin tributar en un 54,55%; las de sueldos superiores a 100.000, en un 21,82%; y las de salarios superiores a 150.000 euros, en un 14,54%. Como se consideran renta irregular —generada en varios años— cotizan al tipo marginal máximo, hasta el 45%, pero tienen una reducción del 40% si se cobran el primer año. Aún así, se trata de un porcentaje considerable, porque a la desgracia de perder el empleo, se le añade el castigo de quedarse con una indemnización muy mermada.
La medida puede contradecir el objetivo esencial, aunque tácito, de la reforma laboral, que era facilitar y abaratar el despido
Desde una óptica global, no haber reforzado la lucha contra el fraude es el peor agujero de esta mini-reforma, según el criterio de equidad, porque la enorme bolsa de los que no pagan actúa de forma antiredistributiva contra los cumplidores. No lo equilibra la rebaja fiscal aplicada a las rentas más bajas, porque también se reducen las más altas y porque perdura el abismo entre las del trabajo y las del capital.
A lo que se suman más chirridos: se contrae la reducción general a las rentas del trabajo (de 2.652 a 2.000 euros), mientras las plusvalías en principio más especulativas, las generadas a corto plazo (menos de un año), ya no tributarán al tipo del contribuyente (con frecuencia, el más alto) y se equiparan, a la baja, con las demás.
fuenteshttp://economia.elpais.com/economia/2014/06/25/actualidad/1403723624_836480.html

Socorro real

La anormalidad de la historia de España se acabó hace mucho tiempo pero a veces parece resonar la nostalgia de las épocas heroicas, cuando un rey se ganaba el puesto reventando un golpe de Estado. La izquierda en particular ha digerido cavilosa y desengañada la rutina de una democracia constitucional donde un rey actúa nada más que como jefe de un Estado de un país normal tras una abdicación que no lo ha sido (quizá sí en sus causas naturales pero menos en otras imaginables). Y un rey constitucional en un país normal no dice lo que quiere decir sino lo que el gobierno quiere o tolera que diga.
Esperar otra cosa es hacerse trampas al solitario y sobre todo significa descargar a nuestros políticos de su responsabilidad directa en el bloqueo institucional, el desprestigio del Estado y la extensión abrumadora de la mancha. El discurso oxigenador y resolutivo que no hemos escuchado jamás a Rajoy lo esperábamos paradójicamente del Rey. El discurso duro y autocrítico, programático y rotundo que no hemos oído de Rubalcaba esperábamos escucharlo de un rey con las funciones tasadas.
Artur Mas ha echado de menos en el Rey el reduccionismo populista que ilumina sus propios discursos pero nadie le ha oído nada convincente o articulado sobre su sentido de Estado, sobre una crisis ya no económica sino social, sobre la impotencia de unas clases medias cada día más empobrecidas.
Quizá hubo algo más. Lo que no estuvo me parece tan importante como lo que sí estuvo. No coqueteó con la ocurrencia de un gobierno de concentración de las dos fuerzas mayoritarias ni favoreció el menor signo de recentralización, como sí se ha oído en otras altas autoridades.
Será que todos somos ya tan y tan subversivos que hemos tomado solo como retórica cortés algo que no lo es: se puso con Cervantes a la altura de sus ciudadanos y se emplazó a sí mismo a ganarse la “autoridad moral” que hoy no tiene.
La actitud del rey contenía una recatada petición de auxilio a la clase política antes que hoja de ruta alguna con instrucciones sobre lo que los ciudadanos y los políticos debemos o no debemos hacer. Lo que no puede hacer él es lo que pueden hacer los grandes partidos: la única fuente de legitimidad de que dispone nace de la política parlamentaria. Quizá por eso habló más de sus obligaciones que de nuestros deberes: de la exigencia de transparencia (como lo sería explicar en la web de la casa Real el coste económico de la proclamación), de propiciar la pedagogía de la diversidad (imagino que este 26 de junio habrá pronunciado su discurso de Girona en catalán, con alguna respetuosa concesión al castellano) y de centrar la atención política en reducir el número de ciudadanos rebajados a la humillación de ser parados inútiles.
No es nada del otro mundo pero no está mal. No, no habló el 19 de junio en catalán ni en gallego ni en vasco, e hizo mal, pero mal comienzo el de un rey que se otorga el privilegio de hablar en el parlamento en otra lengua que el castellano cuando a los demás se les ha prohibido una y otra vez hacerlo. También podía haber dicho que su idea de futuro pasa por una monarquía federal, pero hubiésemos creído que, a las primeras de cambio, se le había subido la corona a la cabeza.
La petición de auxilio que yo leo en ese discurso es un SOS político. La izquierda tiene ahí un pretexto para propiciar con la valentía y la claridad que hoy falta el debate sobre las reformas constitucionales que la salven a ella misma, que la adapten al siglo XXI, que desmonten la actual protección de mayorías estabilizadoras a través de la ley d'Hont y tantas otras leyes hoy desfasadas o directamente cómplices de la corrupción: planes visibles y pasos concretos. Su crédito lo ha de ganar ella sola, incluida la aspiración republicana: la única ratificación creíble de un rey parlamentario pasa por las urnas, y el primero que sin duda lo sabe es el propio rey. También entendí eso, porque además le va la vida en ello.
Yo vi a un hombre de mi edad asumiendo su papel en el teatro político, dispuesto a respaldar una actitud reformista para ganarse la autoridad moral que hoy no tiene, la legitimidad democrática que necesita e incluso la credibilidad política ante una Cataluña desengañada del Estado de las Autonomías.
Si no se tratase del Rey, diría que vi a un hombre pidiendo un flotador político al que cogerse, por mucho que lo escriba alguien que probablemente votaría por la República en cuanto este mismo rey respaldase un referéndum sobre la forma del Estado en el contexto de una Constitución reformada y actualizada al siglo XXI. ¿Será el rey el obstáculo primero de una reforma constitucional o su principal instigador? El SOS solemne del día 19 tenía forma de reforma política.
Jordi Gràcia es profesor y ensayista.
fuenteshttp://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/06/25/catalunya/1403727670_794687.html

Cuéntame cómo te ha ido

Tenemos palabra nueva, populismo, y va a servir para un roto y para un descosido. Como reza un viejo dicho inglés, si le das un martillo a un niño pensará que todo lo que ve se parece a un clavo. Las consecuencias del destrozo van a ser, como siempre, previsiblemente imprevisibles.
Va a ser complicado criticar el populismo ya que los medios, lejos de haber actuado de filtro, se sirven de él cuando les conviene o se lo mandan. El arrollador fervor monárquico de los últimos días es solo un botón de muestra. El bombardeo de propaganda ha sido tan intenso que no es extraño que nadie se crea las posibles verdades: para poder sobrevivir hemos tenido que pasar del escepticismo moderado a la desconfianza más feroz sin tener tiempo de hacer una reconstrucción crítica y democrática de los hechos. No nos tomen por tontos, escandalizarse hoy con el último populismo después de vivir los de las últimas décadas sería ridículo.
Se han falseado las realidades de la fortaleza económica, del respeto institucional, de la diversidad cultural, del nivel de calidad de nuestra democracia y de la posibilidad real de participar en ella. Se nos ha mentido con tanta frecuencia y sobre tantas cosas que ningún partido, medio, gobierno o institución tiene suficiente legitimidad para acusar a nadie de populista.
Herencia del de la dictadura y utilísimo, desde 1982 hasta aquí, hemos tenido un populismo normalizado, incrustado en el día a día y, eso sí, como siempre, controlado desde arriba. El populismo que molesta es el que no se acaba de controlar y si algo no se puede controlar, acaba siendo calificado de populista.
El populismo siempre son los demás. El gobierno del PSOE de los ochenta lo utilizó constantemente, Convergència se jactaba hasta no hace mucho de ser un movimiento más que un partido y Aznar subió al poder en los noventa azuzando las bajas pasiones con lo de “paro, terrorismo y corrupción”. Aumentó, además, con el visto bueno de todo lo fáctico y de una oposición que tan servil al Ibex como el propio Gobierno, el populismo económico y moral de la cultura del pelotazo, asignatura obligatoria en la vida de cada español. De construir puentes aunque no haya ríos hemos pasado a construir vías y poner trenes aunque no haya gente. No debería visitarse una hemeroteca sin llevar un par de copas en el cuerpo: volverán a leer que Zapatero regaló en vísperas de las elecciones de 2008 cuatrocientos euros a cada contribuyente. La medida se acabó en 2009.
Calificar como populista el programa económico de Podemos es poner el nivel muy alto. Puede que lo sea pero, entonces, ¿qué calificativo merecen las actuaciones de los anteriores gobiernos? ¿Y de las instituciones que tenían que vigilarlos? ¿Cómo quieren que la gente se asuste con el fantasma de la extrema izquierda, la extrema derecha o el extremo centro populista si los partidos mayoritarios han permitido que la empobrecieran sin misericordia?
Puede que sea populista decir que se ha estado saqueando a la clase media hasta dejarla sin perspectivas claras de futuro, pero no por ello deja de ser verdad. No es más populista el discurso de ocupación de viviendas que el de aquella propaganda de bancos y gobiernos, el que promocionaba el ladrillo con el lema de la inversión segura y el enriquecimiento rápido. Eso es como ser campeones del mundo en Sudáfrica y volver con la cabeza gacha de Brasil.
Puede que el punto de inflexión lo haya marcado la ceremonia de proclamación de Felipe VI. Durante dos semanas asistimos atónitos a un alud de información melosa y pastosa sobre la monarquía, infoxicación que evitaba los puntos más controvertidos, por supuesto, el patrimonio del monarca, sus relaciones sentimentales y financieras. Son secretos a voces que los medios no publican pero que llenan las redes sociales. Pues bien, a pesar de la cobertura mediática, política e institucional las calles de Madrid estaban vacías. La desconexión empieza a ser algo más que una evidencia: se puede movilizar un gentío enorme en una sucursal bancaria a través de la red pero, qué raro, no se consigue esa misma imagen con un nuevo rey, que se pasea condecorado y en Rolls Royce.
Es cierto que el reverso lo ofrecen las soluciones mágicas que aparecen de vez en cuando, la tasa Tobin, Islandia, la salida de la Unión Europea, el sueldo mínimo o el impago de la deuda: si suena fácil, no es verdad. Los bellos discursos y la pureza ideológica extrema tienen un recorrido tan corto como el de algunas mentes que los escriben, pero los errores de unos no redimen los de los otros. No es que haya más populismo, lo que sucede es que por primera vez en mucho tiempo cada cual tiene derecho a tener el suyo, el de los votos contra el Estatut, el monárquico, el del PER, el de la independencia, el del salario mínimo para todos… El populismo ha implosionado y se ha repartido un poco más equitativamente. Quizás sea un primer paso para salir de la desconfianza feroz, recuperar un escepticismo que no sea cínico y esperar así cierta reconstrucción democrática.
Hasta eso suena populista.
Francesc Serés es escritor.
fuenteshttp://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/06/25/catalunya/1403727450_979134.html

¿Cuándo empezó todo esto?

El debate Monarquía-República es el que faltaba para enredar un poco más la madeja de falsos problemas que, desde hace demasiado tiempo, ocupan a la opinión pública española y que, me temo, no son fiel reflejo de aquello que preocupa realmente a los ciudadanos. Así lo expresaba hace pocos días El Roto en una de sus viñetas. La imagen estaba ocupada por un pobre parado al que le preguntaban: “Qué prefieres, ¿Monarquía parlamentaria o República?” Y, secamente, contestó: “Un trabajo”. En efecto, hace años que el debate entre partidos es sumamente irreal e ineficaz, vacío de contenido, que por encima de todo sólo intenta atraer posibles votantes. Las posiciones republicanas de ciertos partidos a la izquierda del PSOE sólo demuestran su impotencia para encontrar líneas de actuación creíbles y realistas de acuerdo con su ideario político. Para disimular esta impotencia recurren a un talismán: la República. Como si estuviéramos en 1931. Penoso.
Pero, ¿cuándo empezó esta controversia políticamente estéril? A mi modo de ver, fue a mediados de los años noventa con los dos grandes partidos como protagonistas. Primero, el PP intentó convencernos de que el PSOE era un partido esencialmente corrupto. “Váyase, señor González”, como único argumento, ¿recuerdan? Pero, segundo, tampoco el PSOE fue manco a la hora de acusar vanamente. Sin más justificación, acusó al PP de ser un partido franquista y así había que tratarle. El doberman, ¿recuerdan?
Naturalmente, ni los socialistas eran una panda de corruptos, ni el PP era franquista. Uno era el centroizquierda y el otro el centroderecha. Algo normal, reflejo de la sociedad. Pero se intentaba descalificar al adversario y convertirlo en enemigo. Ambos olvidaban que una democracia, si quiere ser eficaz, consiste en un sistema de diálogos que deben conducir a numerosos puntos de confluencia.
Así empezó el deterioro de nuestra democracia. Los partidos colonizaron todos los poderes, incluso los que por su naturaleza debieran ser independientes: eran enemigos. Con razón se dice que el Rey, según la Constitución, no tiene poderes y la responsabilidad de la acción política está en las instituciones y en los partidos que las dirigen. Pero el Rey, también según la Constitución, arbitra y modera el funcionamiento regular de estas instituciones. No tiene poderes pero tiene funciones.
Quizás la más urgente tarea que le aguarda a Felipe VI sea restablecer la normalidad del funcionamiento de estas instituciones advirtiendo a los partidos que son adversarios, no enemigos, que sus disputas deben versar sobre actuaciones políticas concretas, no sobre juicios de intenciones. Que el franquismo se acabó hace ya mucho tiempo y que de los ladrones se encargan la policía y los jueces.
fuenteshttp://politica.elpais.com/politica/2014/06/24/actualidad/1403629660_251432.html