martes, 7 de enero de 2014

Hacienda gana dinero por las tregua mercado emitiendo € 5775 millones en facturas

El Tesoro español aprovechó la mejora de las condiciones de mercado, a rebasar su objetivo máximo de emisión a licitación de Letras del martes debido a sus costos de endeudamiento se redujo.
El brazo de gestión de la deuda del Ministerio de Economía vendió € 5775 millones en 12 - y las facturas de 18 meses, unos 250 millones más que la meta que se había fijado de 5,5 millones de dólares.
Colocó € 3246 millones en el papel de un año a una tasa de corte de 1,52 por ciento. Ese fue el rendimiento más bajo desde marzo, y muy por debajo del 2,65 por ciento que se vio obligado a ofrecer en una subasta realizada en diciembre.
Vendió otros € 2509 millones en billetes de 18 meses como t que el rendimiento marginal se redujo de 2,88 por ciento a 1,79 por ciento, que fue también el menor rendimiento para el papel de esta madurez en 10 meses. Esa fue la última subasta de 18 meses, que se celebrará este año, con el Tesoro que optan por vender letras de nueve meses en su lugar.
Demanda de los inversores se mantuvieron sanos. El ratio de cobertura de ofertas para la emisión de 12 meses fue de 2.21 veces, mientras que la cantidad de proyectos de ley de 18 meses vendidas superó las ofertas por 2,71 veces.
Fue una muy buena subasta, en línea con lo que esperábamos, con el Tesoro aprovechando la ventana de liquidez que se ha abierto por España ", citó Reuters IG estratega Daniel Pingarrón por el diario. "Los proyectos de ley de 12 meses se colocaron a la mitad de la tasa de inflación, lo que significa que (...) el Tesoro está pagando tasas negativas, dando la sensación de normalidad y la ausencia de pánico."
El secretario de Estado de Economía, Fernando Jiménez Latorre, dijo que espera que la tendencia favorable a continuar en los próximos remates. El Tesoro se debe vender dos-, bonos a cinco y 28 años en una subasta fijada para el jueves.
"Los mercados están evaluando positivamente los ajustes que se están haciendo, y están descomponiendo en factores en las bases de una recuperación", dijo Latorre. "Como resultado, se espera que esta situación estable en los mercados será el tono de los próximos meses."
Prima de riesgo de España se encuentra actualmente en niveles muy por debajo de los niveles récord del euro era de alrededor de 650 puntos básicos en julio, con la mejora debido a la promesa del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, de hacer todo dentro de su poder para salvaguardar el euro.
Posteriormente, Draghi dio a conocer un programa (OMT) en que el BCE va a comprar deuda soberana en el mercado secundario de los llamados Operaciones en el mercado no reintegrables. Sin embargo, con el fin de desencadenar este, los países de la zona euro deben buscar primero ayuda del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), una opción primer ministro Mariano Rajoy ha podido evitar hasta ahora debido a la disminución de las tensiones en los mercados de deuda

"Todavía es una crisis global, sino que no ha terminado y el epicentro se encuentra todavía en Europa"

En una entrevista el mes pasado con El País en el Banco de Francia en París, el ex-Banco Central Europeo (BCE), el presidente Jean-Claude Trichet, discutieron, entre otras cosas, los acontecimientos en torno a una conversación telefónica que tuvo con el ex primer ministro socialista José Luis Rodríguez Zapatero, en agosto de 2011, cuando parecía que España podría ser el próximo candidato de la zona euro para un rescate.
Zapatero reveló en un libro recientemente publicado que Trichet le advirtió acerca de la gravedad de la situación que atraviesa España y que no existía un acuerdo ulterior "epistolar" que el líder español abordaría las preocupaciones del BCE a cambio del supervisor de la compra de deuda española para evitar una financiera colapsar.
Pregunta. Permítanme comenzar con sus años de presidencia. Usted ha dirigido el BCE en tiempos difíciles: el banco central evitó una especie de ruptura con la compra de bonos, pero al mismo tiempo que aprobó aumentos de las tasas en 2008 y 2011, justo antes de las recesiones.Fue que el precio político que pagó a respaldar las medidas no convencionales?
Respuesta. El BCE tuvo que movilizarse cuatro veces en circunstancias muy difíciles. Fue el primer banco central decidió que las medidas no convencionales. En segundo lugar, el BCE fue decisivo en la prevención del desarrollo de una crisis especulativa a partir de Grecia, Irlanda y Portugal. En tercer lugar, en agosto de 2011, con España e Italia en situaciones financieras difíciles extraordinarias, el BCE tuvo un papel decisivo en los países en el fomento de ajustar, y decidió intervenir en el mercado secundario. Finalmente, a mediados de 2012, se produjo el programa OMT [Operaciones simples Monetarios], unas condiciones apropiadas aplicada. Creo que el BCE ha vivido constantemente con sus responsabilidades. El cumplimiento de nuestro mandato primordial de la estabilidad de precios, tomamos decisiones no convencionales rápidos y audaces.
España tomó, con total independencia, las decisiones que pensaron mejor "
P. ¿Y ahora? Activismo [presidente del BCE, Mario actual] de Draghi sigue siendo muy importante, pero al mismo tiempo, la inflación es muy baja y tenemos la fragmentación financiera peligrosa. ¿Por qué el BCE no participando en la flexibilización cuantitativa al igual que otros bancos centrales?
A. En nuestro caso, el 80 por ciento de la financiación de la economía [Europea] se lleva a cabo por los bancos. Esa es la razón por la cual el concepto principal para nosotros es suministrar liquidez a los bancos de forma ilimitada. A mi entender, esta póliza de seguro dado a los bancos comerciales para que tengan toda la liquidez deseada es nuestra propia forma europea de la participación en un muy activo "apoyo al crédito", que es el equivalente a la distensión del crédito o "flexibilización cuantitativa" en la el otro lado del Atlántico.
P. Entonces, ¿estás diciendo que el BCE no puede hacer otra cosa?
A. sí, el BCE dice que está explorando un número de posibles nuevas vías. Es un tema multidimensional que implica las políticas gubernamentales, la mejora de la gobernanza económica y fiscal de la zona euro y el proyecto de unión bancaria.
P. ¿Ha habido una ola de críticas por parte de los miembros del sur de la eurozona. Zapatero dijo recientemente que los EE.UU., el Reino Unido y Japón están en mejor estado gracias a sus bancos centrales.
A. Ha habido críticas de ambos lados: algunos hablan de la falta de activismo, mientras que otros eran muy abiertamente crítico de lo que llamaron un exceso de activismo.
España tiene problemas que deben corregirse, como en todos los países, incluido el mío "
P. ¿Ha leído el reciente libro de José Luis Rodríguez Zapatero?
A. Aún no. Pero lo voy a leer con mucho cuidado, como he leído Los Alquimistas de Neil Irvin.
P. ¿Hay una gran polémica en España sobre la carta que envió a Zapatero.Ha publicado en su libro ahora. ¿Te arrepientes de esa carta en este sentido?
A. Estos mensajes [...] fueron enviados a los primeros ministros de España e Italia en el momento en que los dos países estaban perdiendo la confianza de los inversores y ahorradores europeos y mundiales, con una situación económica dramática, en un momento en el BCE consideran intervenir en el mercado siempre y cuando los países puedan demostrar su capacidad para corregir la situación a los inversores y ahorradores. Creíamos que era nuestro deber hacer que los gobiernos tanto de nuestro análisis de por qué credibilidad se había perdido. Dada la actitud responsable del primer ministro, hemos demostrado que confiamos en España.
P. ¿Así que fue una especie de quid pro quo?
A. No hubo negociación. El ejercicio de la plena independencia, explicamos lo que entendíamos que son las mejores maneras de recuperar la credibilidad perdida. El gobierno tomó, con total independencia, las decisiones que creía que eran mejores. Y el Banco Central Europeo después de un examen muy minucioso decidió intervenir.
Algunos hablan de la falta de activismo, otros un exceso de activismo "
P. ¿Zapatero ha titulado su libro El dilema. ¿Has tenido un dilema con la letra?
R. Nosotros no le dio órdenes.Nosotros no negociamos. Nos informaron al Gobierno de España lo que estábamos observando, ya que tuvimos en 2003 y 2004 cuando el Pacto de Estabilidad y Crecimiento estaba bajo ataque, y de nuevo en 2005, cuando era evidente que varios países, entre ellos España, estábamos perdiendo competitividad. Para mí no había dilema: tuvimos que informar a los gobiernos e instituciones europeas de los peligros que se avecinan.
P. ¿Y los resultados?
A. España se embarcó en una dirección que podría permitir que se recupere la credibilidad y la competitividad [...] a pesar de muchas dificultades.
P. ¿Tiene la misma opinión con Berlusconi?
R: Yo no estoy repartiendo marcas buenas y malas.
P. Después de la carta, Zapatero y más tarde Rajoy aprobó las reformas del sistema bancario, el mercado laboral y de las pensiones. Pero los resultados han sido muy pobres: el 26 por ciento de desempleo y la disminución de crédito. ¿Puede España ser considerado un caso de éxito?
A. España tenía un gran déficit en cuenta corriente que debían ser financiados por el resto del mundo. El problema surge cuando el resto del mundo dice: "No queremos que para financiar el déficit de ese país nunca más." Mientras el resto del mundo no quiere que continúe indefinidamente financiación, un país no tiene otra opción que adaptarse, lo cual es lo que España ha hecho en mis ojos.
P. ajuste fiscal impuesta por el sur se ha exagerado?
A. La mayor parte del esfuerzo tuvo que ser hecha por los países con los mayores desequilibrios. Al mismo tiempo, hay países con situaciones saludables y superávit en cuenta corriente que tienen cierto margen de maniobra, no sólo en Alemania. El funcionamiento normal de la economía de mercado debe conducir estos países para aumentar la demanda interna y fomentar el crecimiento. En cierto modo, es lo que estamos observando ahora, aunque todavía con demasiada timidez.
P. ¿Qué espera de España?
R. Yo diría que las reformas estructurales no son suficientes, pero en el caso de España que es impresionante ver todo el trabajo que se ha hecho por los sucesivos gobiernos. Estoy particularmente impresionado por el nivel actual de competitividad de costos, que está impulsando las exportaciones. Sin embargo, España tiene problemas que tienen que ser corregidos, como en todos los países, incluido el mío.
P. ¿El nuevo mantra es: "Lo peor ya pasó"
A. Todavía es una crisis global: no se ha terminado. Y en el epicentro de esta crisis está todavía en Europa. Pero Europa ha demostrado, de forma inesperada a los ojos de muchos, un notable nivel de resiliencia.
P. ¿Cómo se explica esta resistencia?
A. Los ajustes necesarios se llevaron a cabo, y España es un ejemplo de ello. La gobernanza económica, fiscal y financiera de la zona euro ha mejorado. Todos los países, cuando se les pregunta implícita o explícitamente si desean permanecer en la zona del euro o salir, o para ayudar a otros que se mantengan, respondieron de manera positiva, como Grecia y Alemania. El Banco Central hizo lo que tenía que hacer.

El BCE no dio órdenes ni negoció nada con el Gobierno de Zapatero

Impresionan los aires versallescos del salón del Banco de Francia donde recibe Jean-Claude Trichet, repleto de alfombras y espejos, con esas lámparas que siempre parecen a punto de desplomarse sobre la cabeza. En medio de esa sensación como de película de época, el expresidente del BCE se hace esperar unos minutos, y este corresponsal se acuerda de una comedia de Lars von Trier, El jefe de todo esto, sobre una empresa con muy malas artes en la que quien da las órdenes permanece en el anonimato. Cuenta José Luis Rodríguez Zapatero en El dilema que el 5 de agosto de 2011 descolgó el teléfono para mantener una de las conversaciones políticas más importantes de los últimos años: Trichet le expuso la gravedad de la situación, y Zapatero aceptó un cruce de cartas, un “acuerdo epistolar” lleno de sobrentendidos por el que España se comprometía a acometer una serie de medidas y el BCE a comprar deuda para conjurar el riesgo de colapso. La carta de Trichet no apareció hasta que Zapatero decidió publicarla hace unas semanas, pero esa misiva funciona como una especie de brújula de la política económica española de los últimos 30 meses: Zapatero y después Rajoy fueron satisfaciendo, una por una, sus peticiones, aunque Trichet explica en esta entrevista que nunca dio órdenes directas al Gobierno ni negoció nada. Sí admite que solo intervino cuando vio que Zapatero dio muestras “de su capacidad para corregirse”.
Lejos de la cínica complacencia de quienes vocean que lo peor ya pasó, Trichet (Lyon, 1942) cree que a España le quedan reformas por hacer, y que la crisis europea no ha escrito aún su capítulo final.
Pregunta. Le tocó gobernar el BCE en tiempos revueltos: se atrevió con las compras de bonos, pero también subió los tipos de interés justo antes de la recesión. ¿Fue el precio político por las medidas excepcionales?
Respuesta. El BCE se movilizó cuatro veces en circunstancias difíciles. Fue el primero en adoptar medidas extraordinarias cuando estalló la crisis. Después fue decisivo en las crisis de Grecia, Irlanda y Portugal, con compras de bonos. En agosto de 2011, con España e Italia en situaciones extraordinariamente complicadas, jugó un papel determinante al animar a esos países a ajustarse e intervino en el mercado de deuda. Y a mediados de 2012 activó un segundo programa de compra de deuda a cambio de condiciones: el banco ha estado a la altura de su responsabilidad. Con un completo respeto por su mandato principal —la estabilidad de precios— fue capaz de activar medidas no convencionales en la peor crisis en décadas.
"Le hicimos saber al Gobierno cómo recuperar la credibilidad" 
P. Ese activismo sigue con Draghi, pero Europa sufre una peligrosa fragmentación financiera. ¿Por qué el BCE no compra activos a gran escala como otros bancos centrales?
R. Los bancos son responsables del 80% de la financiación en Europa, mientras que en EE UU eso lo hacen los mercados. La Reserva Federal se ha embarcado en compras masivas de activos porque debe cuidar del principal canal de financiación. En Europa, la solución es suministrar liquidez ilimitada a los bancos: esa es la vía para activar políticas de apoyo al crédito, equivalentes a la flexibilización cuantitativa de EE UU.
P. ¿Está diciendo que no hay nada más que hacer?
R. El BCE está explorando otras posibilidades. Pero es una tarea multidimensional: los Gobiernos deben hacer reformas, y la eurozona tiene que mejorar la gobernanza fiscal y económica y acordar la unión bancaria.
P. El Sur se queja: Zapatero ha sido el último en reiterar que EE UU y Japón están mejor gracias a sus bancos centrales.
R. Hay críticas en ambos lados: algunos hablan de la falta de activismo, pero otros piensan lo contrario.
P. ¿Leyó el libro de Zapatero?
R. Aún no; lo leeré con atención, como leí Los alquimistas, de Neil Irvin.
P. Hay un encendido debate en España acerca de la carta que le envió en 2011. ¿Lamenta que haya salido a la luz?
R. Siempre pensé que las cartas eran propiedad de sus destinatarios. Se enviaron a los primeros ministros de España e Italia cuando estaban perdiendo la confianza de los inversores, en una situación dramática en la que el BCE pensaba intervenir siempre que esos países dieran muestras de su capacidad para corregirse. Era nuestro deber que el Gobierno fuera consciente de que había perdido la credibilidad. Zapatero demostró desde ahí una actitud responsable y el BCE demostró que confiábamos en España.
P. ¿Fue un quid pro quo, intervención a cambio de reformas?
"Las reformas no son suficientes pero el trabajo ha sido impresionante"
R. No hubo negociación. Le hicimos saber al Gobierno, con total independencia, cuál era la manera de recuperar la credibilidad. El Gobierno tomó, con total independencia, las decisiones que creyó oportunas. Y el BCE, tras un examen minucioso, intervino. Pero debo decirle que ya desde 2005 yo mismo distribuía a los socios del euro, cada mes, la evolución de los costes laborales unitarios y de los déficits por cuenta corriente: advertí constantemente de que aquello era insostenible. Mientras los mercados no quisieron darse cuenta, los Gobiernos tampoco prestaron atención.
P. El libro de Zapatero es El dilema. Al dar órdenes a un Gobierno y un Parlamento… ¿Tuvo usted algún dilema?
R. El BCE no dio órdenes. Ni negoció nada. Hicimos saber al Gobierno lo que veíamos. Ya lo hicimos desde 2003, cuando varios Gobiernos incumplieron el Pacto de Estabilidad, y desde 2005, cuando numerosos países estaban perdiendo competitividad. No hubo dilema: había que informar al Gobierno del peligro.
P. ¿Salió bien? Zapatero dice que no asumió sus dictados en lo laboral.
R. España se orientó en la dirección adecuada, pese a las dificultades.
P. ¿Y Berlusconi?
R. No estoy dando buenas o malas notas.
P. Tras la carta, Zapatero y Rajoy aprobaron reformas laborales, de pensiones y bancarias, pero los resultados son pobres: el paro sigue en el 26%, cae el crédito, la deuda pública sigue escalando. ¿Es lícito hablar de España como una historia de éxito?
"Esta es una crisis global: aún no ha terminado y el epicentro está aquí"
R. Los déficits por cuenta corriente, y el de España rozaba el 10%, tienen que financiarse. El problema surge cuando el resto del mundo dice: “No queremos seguir financiando a ese país”. Entonces no hay otra opción que ajustarse; el debate se reduce a cómo hacerlo. Lo mejor es ajustarse con apoyo de los socios, con un programa convincente, como España.
P. ¿No ha ido el ajuste del Sur demasiado lejos? ¿Hace el Norte lo suficiente?
R. El ajuste era necesario e inevitable, y son los países en dificultades quienes deben cargar con la mayor parte del esfuerzo. A la vez, hay países con margen de maniobra —no solo Alemania— que en circunstancias normales deberían aumentar su demanda, estimular el crecimiento. Es lo que está pasando, todavía con timidez.
P. ¿Qué le espera a España?
R. Las reformas no son suficientes, pero es impresionante el trabajo que han hecho los sucesivos gobiernos. Impresiona esa mejora de competitividad de costes que impulsa las exportaciones. Sin embargo, persisten problemas que deben corregirse, como en otros países, incluido el mío.
P. Pues el nuevo mantra es “lo peor ha pasado”.
R. Esta es todavía una crisis global: no ha terminado. Y el epicentro aún está aquí. Pero Europa ha demostrado un nivel de resistencia notable: mucha gente en EE UU y Asia esperaba o temía una ruptura de la eurozona, pero sus 15 miembros en el momento de la quiebra de Lehman siguieron siendo 15. Y ahora son 18.
"Hay un malestar que se traduce en hostilidad hacia las instituciones"
P. ¿Cómo explica esa resistencia?
R. Se hicieron los ajustes imprescindibles. La gobernanza económica, fiscal y financiera ha mejorado. El banco central hizo lo que debía. Y todas las democracias respondieron cuando se les preguntó, implícita o explícitamente, si deseaban permanecer o salir de la eurozona, si querían ayudar a otros o no. Desde Grecia a Alemania. Para la credibilidad europea eso ha sido fundamental.
P. ¿La unión bancaria es suficientemente ambiciosa?
R. A falta de los detalles, el acuerdo político es importante. Aunque soy partidario de un respaldo fiscal creíble si de verdad queremos desligar los problemas de deuda soberana de los bancarios. Otro punto crucial: hay que diferenciar lo que pase con un banco que va a cerrarse y lo que pase con otro que haya que recapitalizar para seguir en activo. Sería un error que el tratamiento de los acreedores fuera el mismo.
P. Se opuso a que pagaran los bonistas en Irlanda y a las quitas de bonos, pero la pregunta sigue siendo si se puede salir de esta sin reestructuraciones de deuda.
R. En su día me opuse al “acuerdo de Deauville” entre Alemania y Francia, muy peligroso porque los especuladores podían pensar en ganar dinero atacando a cualquier país. Eso fue corregido cuando quedó claro que Grecia era un caso único. No hay nada parecido sobre la mesa: estaríamos disparándonos en el pie. Estamos en una situación diferente, lo que hay que decidir es qué hacer cuando un banco (no un país) tiene dificultades sin amenazas de riesgo sistémico.
"Poco y tarde pero nuestras democracias saben tomar decisiones difíciles"
P. ¿Es el final de una era, la de los activos libres de riesgo?
R. Desde la II Guerra Mundial ha habido activos considerados como libres de riesgo en economías avanzadas. Con la idea, lamentablemente ingenua, de que había economías indiscutibles en términos de solvencia. Aún no sabemos cómo vamos a poder manejar las finanzas nacionales y globales en este nuevo universo.
P. ¿Le preocupan las elecciones europeas, con los extremismos al alza?
R. En todas las economías avanzadas hay un malestar general, que se traduce en hostilidad hacia las instituciones: es el caso del Tea Party en EE UU, o de las reacciones nacionalistas en Francia, Reino Unido, Grecia, Finlandia o Alemania. Se trata de un fenómeno que va más allá de Europa, y confío en que lucharemos para cambiar eso.
P. La respuesta europea a la crisis es una de las causas de ese malestar.
R. No estoy de acuerdo. En la peor crisis en 80 años, los europeos han sabido resistir, reaccionar. Soy de los que piensan que siempre demasiado poco y demasiado tarde, pero a fin de cuentas nuestras democracias han sabido tomar decisiones difíciles y dolorosas. Eso es lo fundamental.
P. ¿El liderazgo europeo, con Alemania más fuerte que nunca, ha funcionado?
"Las multas son inútiles para los países que ya han cometido errores"
R. En lo relativo a la gobernanza, tenemos un problema con los mecanismos basados en sanciones: las multas son inútiles para un país que ya ha cometido errores y ha puesto en cuestión la estabilidad de la eurozona. En cuanto al liderazgo, el debate alemán es un privilegio para Europa: en Alemania no es el Gobierno sino el Parlamento quien toma las decisiones, tras un debate muy rico. En otros países, como Francia, lo único que hace el Parlamento es apoyar la decisión del presidente: no hay debate público. Alemania ha sido razonablemente cooperativa en esta crisis, pese a las dificultades: existe esa impresión de que Berlín dice no, no, no; pero cuando hay que tomar la decisión, acaba siendo sorprendentemente sí.
P. En Bruselas siempre prevalece la visión alemana. ¿No?
R. ¿No fue Alemania quien ayudó a Grecia y a otros países? ¿No aceptó el mecanismo de estabilidad? Paradójicamente, ni en España —con una situación fiscal difícil — ni en Francia —que tampoco está como Alemania— ha habido nada parecido a un debate sobre si era posible y prudente ayudar a los griegos, y sobre las condiciones. En Alemania nadie ventiló eso en tres minutos. Y el proceso no cristalizó en una negativa en Berlín, sino en una decisión razonablemente positiva. Dicho esto, hay que ir más lejos. Necesitamos mejoras en la gobernanza europea y un mayor control democrático. Esta crisis no puede repetirse.

Quién manda en España

Lecciones de realismo: hace ya mucho tiempo que las decisiones fundamentales de política económica no se toman en Madrid. La política monetaria está en manos del Banco Central Europeo (BCE); la política fiscal está cada vez más tutelada por las instituciones europeas, aunque el Gobierno y el Parlamento tienen aún margen para trastear, por la vía de decantarse por tocar los impuestos o los gastos, aprobando unas reformas y no otras. Lecciones de realismo en tiempos de crisis: incluso ese margen queda en suspenso en medio de un incendio en los mercados. En esa especie de estado de excepción económica, que en el caso español ha durado casi 30 meses, el BCE toma el mando por carta. Alemania, China y EE UU, por teléfono. Y Bruselas, vía rescate y memorando de entendimiento. Siempre con un ojo puesto en los mercados, socios inevitables cuando la deuda pública y sobre todo la privada suman en torno a cuatro veces el PIB.
En mayo de 2010 fueron las llamadas de Obama y Wen Jiabao las que precipitaron la conversión del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, cuyo Gobierno empezó a aplicar recortes tras negar repetidamente la crisis. Pero incluso entonces el expresidente seguía en una especie de estado de negación: en agosto de 2011, en medio del huracán en los mercados, fue la carta de Jean-Claude Trichet, revelada la semana pasada por el propio expresidente en su libro El dilema, la que marcó la senda en los últimos meses del Gobierno socialista y, sobre todo, de los dos años que lleva Rajoy al frente del Gobierno. España ha sido un país bajo programa desde entonces —aún más claramente tras el rescate bancario—, algo que solo ahora empieza a cambiar.
“Esa carta es una humillación. Lo raro es que se trata de una humillación hasta cierto punto lógica porque, al borde del abismo, tuvo que ser el BCE quien le cantara a España las cuarenta; Zapatero seguía petrificado”, según fuentes europeas. Los expertos consultados extraen varias conclusiones relativas a esa misiva. Una: la privatización de la carta por parte de Zapatero, que se la negó varias veces al Parlamento, es intolerable. Dos: fue el líder socialista quien empezó a seguir el guión marcado por Trichet, pero sobre todo es Rajoy quien ha activado, casi punto por punto, todas y cada una de las exigencias del BCE. Tres: el tono de la misiva sobrepasa con mucho el mandato del Eurobanco y le convierte en un animal político de dudosa calidad democrática, con órdenes explícitas y directas a un Gobierno democráticamente elegido e incluso a un Parlamento supuestamente soberano. Y cuatro: algunas de las recetas son discutibles; la carta deja al BCE entre los más halcones de los muchos halcones del continente, con la necesidad de aplicar recortes “sean cuales sean las circunstancias”, algo que ya ni siquiera Bruselas defiende.
“Son la Comisión y en parte el Consejo quienes deberían imponer la condicionalidad en Europa, no el BCE”, ataca Guntram Wolf, director del think tank Bruegel, que tiene como presidente al mismísimo Trichet. “Pero la Comisión no tenía entonces ni los instrumentos ni la credibilidad política necesarios”, sostiene. Paul de Grauwe, de la London School of Economics, es más duro: “La carta entera es una pesadilla”, ataca. “El BCE presume de independencia: no sigue instrucciones de nadie. La otra cara de esa independencia es que no debería meterse en el terreno de otras instituciones, como un Gobierno democráticamente elegido o un Parlamento”. “Se ha extralimitado. El español o el italiano no son casos aislados: el BCE sige envuelto en decisiones de gasto público e impuestos en varios países —con las troikas—, y no tiene legitimidad democrática para ello". Charles Wyplosz, del Graduate Institute, subraya que ese papel de “poli malo” es “un error mayúsculo que no refuerza el poder del BCE, sino que le debilita; socava su independencia”.
La única justificación que encuentran los expertos ante el tono de algunos pasajes de la carta es la gravedad de la crisis europea: el BCE ha sido y es prácticamente la única institución capaz de controlar el incendio. La misiva, además, obedece a las presiones de Berlín y compañía, que pedían contrapartidas por el activismo del BCE con la compra de deuda pública, y a la propia incomodidad del Eurobanco en esas operaciones. “Trichet jugó un papel clave para mantener Europa unida en los momentos críticos. Era el único bombero en un edificio que corría el riesgo de derrumbarse, pasto de las llamas. Bordeó sus límites políticos en muchas ocasiones, pero había que mantener el fuego bajo control”, apunta Julian Callow, de Barclays. Daniel Gros, del CEPS de Bruselas, considera que esos límites eran muy difusos: “El BCE solo puede prestar a bancos o Gobiernos con crisis de liquidez, no con problemas de solvencia. Pero hay una línea muy tenue. Y para reforzar la solvencia no hay muchas alternativas: las reformas son imprescindibles. Desde luego, todo eso le ha generado problemas de legitimidad, pero eso es lo de menos en medio de una crisis como esta. Una vez la crisis se mitigue, el papel del BCE se suavizará”. Mientras llega ese momento, ahí están las cartas a Roma y Madrid. Y otras que aún se desconocen. “Los irlandeses llevamos tres años pidiendo explicaciones, y no hemos recibido ni una respuesta satisfactoria”, cierra desde Dublín el economista Karl Whelan.

Camino de la Unión (bancaria) Europea

En medio de la crisis existencial del euro, Berlín, Fráncfort y Bruselas se sacaron de la manga un plan para arreglar las cosas sin que Alemania tuviera que comulgar con los llamados eurobonos. Idearon un esquema sencillo, a la vez contundente y elegante, para evitar la dichosa mutualización de la deuda pública —una suerte de anatema más allá del Rin— y conseguir el más difícil todavía que parecía entonces mantener el euro intacto. A corto plazo, contundencia: el BCE diseñó un programa de compra de deuda pública que ha funcionado a modo de botón nuclear disuasorio, sin gastar un solo euro. A la larga, elegancia: el proyecto estrella era y es la unión bancaria —“el reto más ambicioso de la UE desde el euro”, según repite hasta el último funcionario de Bruselas— con el objetivo declarado de romper el bucle diabólico entre los bonos soberanos y la deuda bancaria. Y con la aspiración última de crear un genuino sistema financiero europeo, más allá del actual matrimonio en régimen de separación de bienes, en el que incluso los grandes bancos, que son europeos en vida, se transforman en nacionales tan pronto como enferman y son capaces de llevarse por delante las cuentas públicas.
El objetivo es romper el bucle entre los bonos y la deuda bancaria
El plan ha funcionado de maravilla por el lado de Fráncfort. El BCE ha conseguido domesticar la crisis: Europa malvive con un largo estancamiento en el horizonte, pero a la vez con la confianza que rezuma el mantra de moda: lo peor ya ha pasado. La unión bancaria también está en marcha, aunque sus consecuencias están aún en el aire: apenas ha dado sus primeros pasos. Es un proyecto a 10 años vista de sensacionales consecuencias financieras, económicas, incluso políticas. Su arquitectura, que solo ahora empieza a esbozarse, será uno de los grandes debates de los próximos días, pero la discusión se extenderá durante meses. “Es obviamente una idea inacabada, como lo es toda la Unión Monetaria desde sus inicios; le faltan componentes imprescindibles, y aun así ya generar más estabilidad de la que existía”, resume Nicolas Véron, del think tank Bruegel.
Los primeros pasos del proyecto permiten extraer un puñado de apresuradas conclusiones. Uno: no tendrá el nivel de ambición que se le suponía al principio, porque al cabo Europa solo avanza de veras en plena crisis; dice un exembajador norteamericano que para el resto del tiempo solo cabe esperar una mezcla de indecisión, dilación y medias tintas. Dos: ha demostrado ser falsa la creencia ingenua de que el mero enunciado de las virtudes de la unión bancaria iba a acabar con la fragmentación financiera; la crisis ha provocado una renacionalización de la banca, que lleva asociada un par de virus peligrosísimos (los bancos invierten cada vez más en deuda pública de sus países de origen, y las pymes de Italia y España pagan más o menos el doble de intereses por sus créditos que las alemanas y las austriacas); eso no va a desaparecer por mucho que el proyecto se publicite con la acostumbrada fanfarria. Y tres: a pesar de los pesares, los primeros pasos parecen ir, tímidamente, en la dirección correcta. La unión bancaria no llegará para lidiar con esta crisis, pero el proyecto despega con la mirada puesta en que la Gran Recesión no se repita. Al menos para que El Roto no vuelva a dibujar aquella viñeta de pesadilla: “Tuvimos que asustar a la población para tranquilizar a los mercados”.
La aspiración última es crear un genuino sistema financiero europeo
La banca es el corazón del capitalismo. Por eso es tan paradójico que el momento más grave de la Gran Recesión siga siendo la quiebra de Lehman: en la única circunstancia en que el sistema aplicó su regla de oro —que cada palo aguante su vela— las cosas se pusieron tan feas que nadie más se atrevió a hacer nada parecido. A partir de ahí Reino Unido rescató a sus grandes bancos, y Bélgica y Holanda a los suyos. Alemania salvó a entidades grandes, medianas y pequeñas, y por supuesto también Irlanda, cuyo agujero bancario se llevó al Estado por delante, y España, que tuvo que acabar pidiendo dinero a Europa por ese flanco. En la Unión, en fin, apenas se conocen bancarrotas en medio del peor huracán financiero en tres generaciones. Los ministros de Finanzas persiguen la próxima semana dar soluciones a esa cuestión: quieren dejar que los bancos quiebren sin que los contribuyentes paguen todos los platos rotos.
Para ello, cuando un banco necesite dinero público primero pagarán sus accionistas y acreedores; solo después se le inyectará dinero del contribuyente nacional, y en última instancia europeo. El diablo está en los detalles y hay mucho que discutir, pero ese es el principio general que parece inamovible, y que —grosso modo— ya se aplicó en el rescate español.
Sus defensores apuntan que la unión bancaria ya aporta un cambio fundamental: otorga la supervisión financiera al BCE para evitar relaciones incestuosas como la del Banco de España y las cajas de ahorros. “Ese es un gran avance: el BCE supervisará a los 130 mayores bancos y a cualquier entidad pequeña que tenga problemas. De esa manera se evitará la tolerancia que han mostrado los bancos centrales nacionales en tantas y tantas crisis bancarias”, sostiene Xavier Vives, del IESE.
Se quiere dejar quebrar a los bancos sin coste para los ciudadanos
Y para eso Fráncfort ya ha comenzado a examinar con lupa a los bancos. El BCE se la juega: un examen demasiado duro podría devolver a Europa a su peor pesadilla, pero una prueba blanda pondría en peligro sus galones. Pero el Eurobanco ya no depende de sí mismo. Porque ese peldaño de la supervisión, que podría no parecer gran cosa a primera vista, implica necesariamente nuevos y decisivos avances: para que el BCE pueda limpiar los bancos de una vez por todas, la UE debe acordar una autoridad de resolución y un fondo de liquidación. Si Fráncfort detecta agujeros, debe haber alguien al mando con capacidad ejecutiva para cerrar un banco en un fin de semana y con dinero fresco para evitar líos si vienen curvas, que vendrán. Europa ha decretado que la banca debe pagar parte de la factura, pero el BCE quiere asegurarse de que haya respaldo público disponible a muy corto plazo en caso de problemas graves. Más adelante habrá que activar un fondo de garantía de depósitos común. “De la ambición de todo ese entramado, muy condicionada por el liderazgo de una Alemania muy reticente a mutualizar riesgos, depende la credibilidad del proyecto”, añade Vives.
En una demostración más de autoridad, Berlín ha reunido en los últimos días hasta en dos ocasiones a los ministros de Francia, Italia, España y Holanda para asegurarse de que esta semana salga adelante una propuesta. Eso no es seguro, y el tiempo apremia: los jefes de Estado y de Gobierno —en la cumbre que arranca el jueves— deben aprobar el proyecto de mecanismo de resolución de bancos y el fondo asociado para que el Europarlamento pueda abordarlo antes de las próximas elecciones.
Se debe acordar una autoridad de resolución y un fondo de liquidación
Pese a las dudas, uno de los ministros presentes en esas dos reuniones asegura que “el acuerdo es seguro”. Y que “también Berlín cede”. “La institución que apruebe el botón para liquidar un banco no va a ser la Comisión, porque esa medida tiene consecuencias fiscales; la toma de decisiones será intergubernamental, con mayorías cualificadas para evitar vetos. La Comisión podrá decir qué le parece y si hay discrepancias, finalmente será el Consejo quien decida”, describe. En cuanto a los fondos, la misma fuente apunta que habrá “un sistema de fondos de resolución nacionales que se nutra con las aportaciones de los bancos; pero a diferencia de lo que quería Berlín, en un plazo de 10 años sí habrá un fondo europeo, utilizable a partir del tercer año, al que se pueda acudir una vez se agote el dinero del fondo nacional”. El importe de ese fondo será de 55.000 millones en 2025; al menos durante los primeros años el Mecanismo de rescate europeo (el Mede) podrá usarse como financiación puente. En suma, se trata de una mutualización muy limitada —y no con el dinero de los contribuyentes, sino solo con el que aportan los bancos— y según los expertos del todo insuficiente si alguna gran entidad corre peligro.
“Esto es todo lo que se puede hacer ahora”, resumen en un inusual ejercicio de realismo una alta fuente del Eurogrupo. Para los expertos hay nubes y claros: “Al menos al principio ese sistema es más propio de una confederación que de una unión bancaria, pero puede funcionar”, apunta Daniel Gros, del CEPS. Para Jacob Kirkegaard, del Peterson Institute, “la clave en el corto plazo son los exámenes del BCE; eso por sí solo tiene potencial para cambiar el paso de la banca. En cuanto al resto del proyecto, va bien encaminado a largo plazo: si se obliga a pagar lo suficiente a accionistas y bonistas no es necesario un bazuca monumental. Y si hay problemas en un gran banco —del tamaño de BNP, Deutsche Bank o Santander— hay que ser realistas: eso no puede abordarse con el piloto automático y haría falta un acuerdo político para abordar la posible solución, como en EE UU en 2008”.
Más adelante habrá que activar un fondo de garantía de depósitos común
Tanto Kirkegaard como Véron y Jordi Gual, economista jefe de La Caixa, coinciden en que es complicado pedir por esa puerta de atrás la mutualización de riesgos. “El lío que hay montado es consecuencia de la falta de una unión fiscal y un Tesoro en Europa. Mientras eso no esté en marcha y haya en juego dinero de los contribuyentes, es lógico que cada país pague primero por sus bancos. Y en el corto plazo la unión bancaria puede ser capaz de lidiar con la radioactividad que pueda surgir de las pruebas de estrés del BCE”, resume Kirkegaard. “Tal vez no sea el proyecto de acero querríamos, pero tampoco es de paja: es una unión bancaria sólida, de madera”, dice Gual.
Hay voces más críticas. Emilio Ontiveros sostiene que Alemania “gana por tierra, mar y aire” con el diseño actual, y que tres años después del inicio de la crisis el proyecto nace extremadamente condicionado por las tesis de Berlín, “que insiste en esconder sus cajas y en evitar cualquier tipo de mutualización”. “Es mejor que nada, pero se trata de un engendro al que Europa está destinando todas sus fuerzas en lugar de discutir por los eurobonos”, dispara una fuente próxima al FMI. “¿Puede haber unión bancaria sin dique de contención para el cierre de bancos y sin fondo de garantía? No. ¿Y sin un fondo común de resolución? Tampoco. Eso supondría algún tipo de mutualización, pero los políticos alemanes no tienen precisamente ese mandato por parte de sus votantes. En esas circunstancias, lo máximo que podemos tener es una unión bancaria light, que funcionará en tiempos normales pero no en tiempos de crisis”, cierra Tom Mayer, del mismísimo Deutsche Bank.

La Europa alemana se hunde en la mediocridad

Martes, 19.15 horas, Bruselas. Plantas nobles del edificio Berlaymont, sede de la Comisión. El presidente, José Manuel Durão Barroso, comparece ante un selecto grupo de comisarios y va alzando la voz hasta acabar a gritos: “¡Yo no he sido, nosotros no hemos sido, ha sidoChipre! ¿Habéis comprendido?”. Cumpliendo el viejo adagio de los malos diplomáticos —primero buscar todos los argumentos posibles para justificar un error; segundo escoger el peor posible; tercero y último, negar por todos los medios que se ha elegido precisamente ese—, la Eurozona acaba de perpetrar una sensacional chapuza, un error de consecuencias potencialmente catastróficas, capaz de reabrir la crisis del euro: poner en duda la garantía de los depósitos bancarios.
Chipre, un país con poco más de un millón de habitantes, es la constatación del fracaso de las políticas económicas en la UE, junto con varios rescates fallidos y una estrategia de austeridad a ultranza que ha sumido a toda Europa en una depresión social. Siria, Libia y los últimos conflictos apuntan hacia una política exterior fallida. Hungría pone sordina a uno de los mitos fundacionales de la UE: habla del fracaso de la política de valores. E Italia, en fin, es el ejemplo de que la abrumadora presencia alemana a los mandos de la Unión enturbia la política europea y deja en la calle un trasfondo de desilusión, la sensación de que se han desperdiciado oportunidades. Europa, como guía y como promesa, sigue siendo la mejor utopía factible, aunque algunas semanas, como la que se cierra hoy, solo se vean sus limitaciones.
“La Unión necesita un capitán, alguien que en los momentos difíciles se ponga al mando, decida y a poder ser no se equivoque gravemente. Por desgracia, no lo tiene”, advierte una alta fuente comunitaria. “Tenemos un claro problema de gobernanza”, coincide un diplomático francés, que señala directamente hacia el otro lado del Rin. “No se trata de culpar a nadie”, tercian fuentes alemanas en Berlín, conscientes de que el liderazgo alemán sale mellado de este capítulo de la crisis. Alemania trata de diluir su responsabilidad sobre Chipre entre el FMI, el BCE y Nicosia. “No había muchas soluciones mejores”, añade Berlín, en lo que suena a justificación difícil de aceptar.
Chipre venía hinchando desde hace años un sector financiero hipertrofiado y sucio, miraba hacia otro lado y permitía centrifugar dinero negro a paletadas. Berlín y el FMI querían un escarmiento mayúsculo, mientras Nicosia trataba de mantener a toda costa ese modelo de negocio indefendible. A la hora de la verdad, la troika y Berlínimpusieron sus tesis: Chipre se vio obligado a costear una parte del rescate, y los depósitos —casi la mitad de ellos son de más de medio millón de euros y están en manos de rusos— tenían que pagar los platos rotos. Pero Nicosia maniobró para que esa tasa afectara a todos los depositantes: los que tienen más de 100.000 euros y los que están por debajo de esa cifra, teóricamente asegurados a prueba de bombas. El Eurogrupo lo aceptó. Ese fue el error que abre la caja de Pandora, y que sirve como palanca para explicar otras cosas.
La decisión llegó con nocturnidad y alevosía, la noche del viernes de la semana pasada, con los ministros del euro pensando tal vez que nadie se fijaría mucho en ese rescate que ha derivado en el primer corralito del euro. Europa, aún la principal potencia comercial del mundo, cada día más tutelada por Alemania, el BCE y el FMI, y cada día más pendiente de las necesidades de los grandes bancos alemanes,traspasaba una frontera inviolable: la sacralidad de los depósitos bancarios. Cuando el euro parecía salvado y los mercados habían dejado de jugar a la montaña rusa, los socios del euro se metieron un autogol por toda la escuadra. “Pero ni Bruselas ni las grandes capitales vieron el error hasta que los grandes bancos empezaron a llamar a los despachos avisando de lo que se venía encima”, cuenta una alta fuente europea. El análisis que hizo entonces la gran banca activó las alarmas: “La solución era una barbaridad por varios motivos: Uno: crea desconfianza en el sistema financiero, en un momento en que la confianza del sector está en entredicho. Dos: se trata de una penalización sobre el ahorro, cuando estamos en plena crisis de deuda o, si se quiere, precisamente de escasez de ahorro. Tres: pone en entredicho la protección de los depositantes aprobada a nivel europeo. Cuatro: pone en duda la unión bancaria. Y cinco: puede provocar una reacción social contraria a Europa y abre la puerta a una posible salida de Chipre del euro, con el efecto contagio correspondiente”, resume un destacado asesor del Ejecutivo español.
A partir de esas llamadas a las cancillerías, los socios del euro trataron de deshacer el lío. Pero el daño ya estaba hecho: ahora se trata de limitar las consecuencias. El error Chipre “es la constatación de que el euro está en manos de aficionados que apenas entienden lo que significa una unión monetaria. Es un desastre. Porque además la decisión está contaminada por ese calvinismo que presume de la virtud en el Norte, sobre todo en Alemania, y quiere un castigo ejemplar para el Sur corrompido. Y así no se pueden gestionar crisis”, ataca Paul De Grauwe, de la London School of Economics. “La crisis de Chipre está repleta de malentendidos. Todo induce a pensar que Nicosia es la víctima de esta historia: eso es rotundamente falso. Pero también es falso que haya que basar la toma de decisiones en el castigo a los pecadores chipriotas. No puede ser que el castigo a un país que supone el 0,2% del PIB del euro ponga en peligro todo el club por la obsesión moral de Alemania”, indica una alta fuente de Bruselas. La Comisión avisó de los riesgos, pero no supo imponer su visión y finalmente ni siquiera se opuso al gravamen a los depósitos garantizados. “Nos estamos convirtiendo en una secretaría técnica, sin tracción sobre los políticos. Eso es peligrosísimo”, afirma con una inusual franqueza un alto funcionario de Bruselas.
De repente, media isla —la otra media es turca— con dos bases militares británicas, prácticamente colonizada por Rusia revela al mundo el fracaso de la gobernanza de la UE, y saca a la luz la ausencia de liderazgo moral y político, y ese espíritu punitivo que mueve a Alemania. “La gestión de Chipre es chapucera, amateur. Pero no se trata de un error técnico: es un error político de primera magnitud. Los fracasos políticos ganan por goleada a los fracasos económicos en la UE”, afirma Charles Wyplosz, del Graduate Institute. “El problema es de liderazgo e institucional. Los economistas de la Comisión saben qué hacer para lidiar con crisis como la de Chipre, pero nadie les escuchó: el error es por incompetencia política y por cuestiones de agenda, con las dichosas elecciones alemanas a la vuelta de la esquina”, abunda un embajador de uno de los grandes países del Sur.
Casi todas las fuentes consultadas —en realidad todas salvo las alemanas— creen que lo sucedido llena de razones a los descontentos que, cada día con más fuerza, alertan contra la parálisis del proyecto europeo; a los extremistas que piden un referéndum sobre el euro, a los millones de parados que abominan del diktat de Merkel. Y a quienes señalan que el problema es la debilidad de una Francia cada vez más irrelevante, incapaz de servir como contrapeso de Alemania y que ha abandonado a su suerte a Europa.
Jean Pisani-Ferry, director del think tank Bruegel y asesor de François Hollande, cree que el problema está en la sala de mandos. “Bruselas no ha entendido los efectos brutales de los recortes, da la impresión de estar fuera de la realidad. El problema del crecimiento tuvo que abordarse mucho antes. La reacción política ante las elecciones italianas ha sido torpe. Chipre ha sido aún peor: aunque no critico la decisión alemana de gravar los depósitos, se ha enviado un mensaje político terrible a los electores diciéndoles que su voz no será oída”. “Francia”, añade, “también se ha equivocado. Moscovici debería haberse batido a fondo para que solo se vieran afectados los depósitos de más de 20.000 euros”.
¿Y ahora, qué? ¿Cambiará Alemania la música a la vista de que los resultados no llegan? “Merkel ha puesto el freno en todos los frentes hasta las elecciones, tanto en economía como en política exterior”, dice un diplomático europeo. “La situación es muy delicada”, advierte Pisani-Ferry. “Hay un gran riesgo de que parezca que los dirigentes europeos no entienden lo que está pasando. No creo que Europa vaya a cambiar radicalmente de orientación, pero es urgente hacer una política económica más sutil, que busque ante todo el crecimiento y tenga más en cuenta a los electores. Bruselas se llena la boca con el crecimiento, pero no hace nada. Tampoco la unión bancaria ha avanzado lo que debía y cuando debía. Todo eso dejará problemas de legitimidad: la impresión de muchos ciudadanos es que Bruselas tiene una visión mecánica de las cosas”.
Desde Berlín, una fuente gubernamental da a entender que el discurso es inamovible: “Es preciso mantener la calma; los resultados llegarán. Y en todo caso, Alemania y Europa no tienen la culpa del malestar social”. “Sabemos que el malestar existe, pero las cosas no están tan mal. Italia votó contra su clase política; Berlusconi perdió seis millones de votos. Chipre tenía un modelo insostenible que hay que reformar. En España, la gente votó al partido más reformista. Con Hollande han ganado los proeuropeos. Cuando el estrés económico es fuerte, sube la temperatura y eso afecta a la política, que puede acabar buscando chivos expiatorios: los emigrantes, los banqueros, Merkel... Eso envenena el ambiente, y por eso es preciso que salgamos de la crisis cuanto antes. Pero para ello hace falta poner bases sólidas, y Alemania sabe bien que los sacrificios son duros porque nosotros también los hicimos”.
Bruselas apunta que no hay margen de maniobra: los ajustes seguirán; la única duda es si se mantiene el ritmo o se suaviza. ¿Hay salida? “En el primer trimestre de 2014, el crecimiento volverá y el paro empezará a bajar”, dice un portavoz del ministro alemán Wolfgang Schäuble. Hace solo un mes, tanto Berlín como Bruselas aseguraban que los brotes verdes llegarían en verano. Tras el error de Chipre, la mejoría se retrasa. En cambio, la receta no varía: sigan esperando, confíen en nosotros, y en caso de duda hagan como hicimos los alemanes.

La desigualdad corroe el proyecto europeo

Seis años largos después del arranque de la Gran Recesión, el número de británicos que se ven obligados a acudir a instituciones benéficas para comer se ha multiplicado por 20, según un informe reciente de Trussell Trust. Italia reconoció la semana pasada a través de su Gobierno que los niveles de pobreza han subido a máximos desde 1997. El número de españoles atendidos en los servicios de acogida de Cáritas ha pasado de 370.000 a 1,3 millones en lo que va de crisis. A Grecia han vuelto enfermedades como la malaria y la peste.
La pobreza es una abstracción, menos para quienes la padecen: los síntomas de empobrecimiento colectivo y de creciente desigualdad están por todas partes. Desde la Gran Depresión hasta la década de los setenta, Occidente se volvió cada vez menos desigual gracias a lo que los economistas llaman políticas contracíclicas; a partir de ahí todo eso empezó a arrojarse por la borda. La crisis actual no ha hecho sino agudizar las desigualdades en Europa.
Los datos que ofrecen Eurostat, la Comisión Europea, la OCDE, el Banco Mundial y los informes del Luxembourg Income Studies son rotundos. Los índices de desigualdad crecieron durante los ochenta y se redujeron en los noventa, en general, en los países avanzados —aunque en España fue justo al revés—, para volver a agrandarse en los años previos a la crisis. Europa era en 2007 más desigual que en 1970. Una vez iniciada la Gran Recesión, la brecha entre ricos y pobres siguió creciendo levemente hasta 2010, y cogió velocidad con el estallido de la crisis de deuda —aunque ahí los datos aún tienen que confirmar con todas las de la ley los ya numerosos indicios—, que llevó al continente a activar duras políticas de austeridad.
Entre los países más desiguales del continente figuran los bálticos, los latinos —España ocupa el segundo lugar y es también el segundo país que más ha incrementado la desigualdad entre los Veintiocho— y los de Europa del Este, junto con los anglosajones, Reino Unido e Irlanda. Los menos desiguales son los centroeuropeos, que en algunos casos, como los de Alemania y Holanda, han aprovechado la crisis para reducir el abanico entre ricos y pobres.
Los países latinos, anglosajones y bálticos son los más desiguales
El alud de cifras de fuentes diversas es abrumador, y a veces contradictorio. Pero pueden espigarse algunos números que subrayan esa tendencia indiscutible hacia la mayor desigualdad. El 20% de los europeos más ricos gana cinco veces más que el 20% más pobre —un indicador que crece muy levemente en la eurozona— si bien en países como Grecia y España esa cifra es de hasta siete veces más, según Eurostat. En España, en particular, los datos de desigualdad crecen a toda velocidad, a un ritmo muy superior a la media. Y, al igual que en los países anglosajones, la cicatriz es especialmente visible en el 1% más rico: en 1976, el presidente de la tercera entidad bancaria española ganaba ocho veces más que el empleado medio; hoy gana 44 veces más.
El ritmo es asfixiante, aunque las magnitudes aún están lejos de las de EE UU: el primer ejecutivo de General Motors se llevaba a casa unas 66 veces el sueldo de un empleado medio; hoy, el presidente de Wal-Mart gana un salario unas 900 veces mayor. En general, la tendencia es preocupante en toda Europa, pero no caben los tenebrismos: las desigualdades son superiores en EE UU y en los países emergentes, donde la renta per cápita sube y millones de personas han salido de la pobreza, pero los más ricos son mucho más ricos que los pobres en comparación con los estándares europeos.
La media docena de fuentes consultadas para esta información coinciden en ese diagnóstico. Thomas Picketty, autor de un monumental libro sobre desigualdad —Capital en el Siglo XXI, aún no traducido al español—, asegura a este diario que la creciente desigualdad europea obedece a varias razones. En economías con bajo nulo crecimiento económico y de población, los efectos redistributivos del sistema fiscal y del Estado de Bienestar son menores. La crisis agudiza esa tendencia: reduce prestaciones, dificulta el acceso a la educación de los desfavorecidos y, en general, “avería el denominado ascensor social”. La globalización, la financiarización de las economías y la ingeniería fiscal han agudizado esa tendencia. “El problema básico de la UE es que nuestras insitituciones políticas no funcionan: activaron durísimos planes de austeridad para restaurar la credibilidad fiscal, pero nada de eso ha funcionado. Europa necesita imperiosamente más unión política, pero esta vez para acabar con la competencia fiscal, para volver a disponer de instrumentos que permitan luchar contra la desigualdad”, apunta.
La desigualdad es corrosiva; el historiador Tony Judt, ya fallecido, aseguraba que corrompe a las sociedades desde dentro. La Comisión Europea ha empezado a activarse ante un problema que se adivina más y más importante, pero con los mecanismos habituales: promete poner en marcha un indicador de desigualdad y, a falta de políticas —y dinero fresco—, ha apretado el botón de alerta: “Europa encarda una era de desigualdad creciente; la crisis ha golpeado particularmente a los más débiles, a las generaciones más jóvenes y a las ciudades y regiones más pobres. En los dos últimos año s hay más de siete millones de personas adicionales en riesgo de pobreza. Hay que moverse para salvaguardar el modelo social europeo”, explica el comisario Laszlo Andor.
Porque eso es lo que está en juego: las tendencias actuales corroen el contrato social europeo y puede que eso acabe desencadenando problemas sociales. Pese a que la crisis invita a ser prudente, ya ha habido acciones más o menos violentas (Grecia, Portugal, el movimiento 15-M) que se han movilizado contra ese incremento de la brecha entre ricos y pobres, pese a que esos brotes son aún insuficientes para concentrar el suficiente capital político. Y aun así, la sensación de que la alternancia política es meramente decorativa, la impresión cada vez más generalizada de que nada cambia en Bruselas, en Fráncfort o en Berlín, los verdaderos centros de decisión europeos, puede provocar que toda esa presión derivada del incremento de las desigualdades es evacúe hacia los populismos, según temen fuentes europeas. “Los extremismos, además, buscan chivos expiatorios —la inmigración, la corrupción, el descrédito de las instituciones— y desvían el punto de mira del que debería ser el auténtico objetivo: reformas fiscales audaces y cooperación fiscal internacional para taponar los agujeros negros del sistema financiero”, apunta una fuente europea.
Charles Wyplosz, del Graduate Institute, añade que la Gran Recesión “no ha dejado de elevar el grado de desigualdad, y no va a dejar de hacerlo: ¿Quiénes han perdido su empleo, y quiénes van a seguir perdiéndolo? Para suavizar eso se inventaron las políticas contracícilicas: para acortar recesiones y aliviar el sufrimiento de los más desfavorecidos. Pero Europa insiste en que este es el precio que hay que pagar para purgar los pecados del pasado, el despilfarro fiscal y la falta de reformas. En cierto modo, los políticos que han abrazado esa narrativa tienen razón, pero en algún momento alguien tiene que darse cuenta de que todo este castigo tiene algo de inmoral y puede llevarse por delante el proyecto europeo”.
La desigualdad es uno de los aspectos más controvertidos y va y viene, una y otra vez. En el siglo XIX, Karl Marx y David Ricardo alertaron de las incógnitas que suponían altos niveles de desigualdad para el conjunto del sistema. Tras el crack de 1929 llegaron décadas de esplendor y el debate se soterró cuando los niveles de desigualdad bajaron drásticamente. En algunos lugares, algunos indicadores de desigualdad vuelven a niveles próximos a los años previos a la Gran Depresión: Estados Unidos ha tomado nota y su presidente, Barack Obama, señala la lucha contra la desigualdad como “uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo”; Nueva York ha elegido a un alcalde, Bill DeBlasio, que llevaba la desigualdad como el mascarón de proa de su campaña; los mejores economistas se enzarzan en agrias polémicas al respecto.
En Europa, cuna de Marx y Ricardo, el nivel del debate es muy inferior. Pero empieza a estar ahí. ¿Qué dicen los marxistas al respecto? Costas Lapavitsas, profesor de la Universidad de Londres, es tajante: “Las políticas de rescate han agravado la desigualdad en todos los aspectos: salarios, pensiones, desempleo, laminación del Estado del Bienestar. Queda claro que la UE no tiene ya un programa keynesiano, que proyecte poder blando a través del crecimiento y el nivel de vida: se ha convertido en un proyecto neoliberal puro, elitista, socialmente insensible, que promueve una nueva estratificación social. Dadas las pobres perspectivas de Europa, las cosas solo pueden empeorar: política y socialmente, más desigualdad sería un serio peligro para Europa a la vista de los extremismos que vienen”.
Desde la ortodoxia, un economista muy diferente a Lapavitsas, Daren Acemoglu, apunta en la misma dirección: “Lo más peligroso de la desigualdad es cuando llega a tocar la política: la democracia corre riesgos cuando hay gente con mucho dinero que puede llegar a tener un enorme poder”. El sociólogo español José María Maravall huye de tenebrismos y explica que la tendencia hacia la mayor desigualdad es inequívoca, pero en el pasado “ya pudo controlarse a través del gasto social y de las orientaciones políticas de los Gobiernos europeos en determinadas épocas, la más reciente durante los años noventa”. ¿Hay políticos en Europa dispuestos a dar un golpe de timón con políticas redistributivas, y electorados dispuestos a apoyarles?