domingo, 20 de octubre de 2013

Voces del silencio

Aunque no soy un usuario entusiasta de Internet, reconozco que su aparición ha hecho crecer de una manera notable la libertad de expresión en el mundo e infligido un golpe casi mortal a los sistemas de censura que los gobiernos autoritarios establecen para controlar la información e impedir las críticas. Me ha convencido de ello Emily Parker, antigua periodista de The Wall Street Journal y The New York Times, que en un libro de próxima publicación en los Estados Unidos pasa revista a la revolución que han significado la web y las redes sociales en China, Cuba y Rusia en el campo de la información.
Su libro se titula Now I Know Who My Comrades Are (Ahora sé quiénes son mis camaradas), se subtitula Voicesfrom the Internet Underground (Voces del Internet clandestino) y, aunque es un reportaje documentado y riguroso, se lee con la excitación de una novela de aventuras. Emily Parker habla mandarín y español, ha conocido y entrevistado a la mayor parte de los blogueros más influyentes y populares en aquellos tres países y se mueve con total desenvoltura en el mundo de catacumbas en el que aquellos suelen operar, desde el cual han establecido las relaciones digitales que los conectan con el mundo y desde el que han devuelto la esperanza de progreso y de cambio democrático a decenas de miles de sus compatriotas que, antaño, vivían paralizados por la apatía, el miedo y el pesimismo. Hace tiempo que no leía un libro tan entretenido y a la vez tan estimulante para la cultura de la libertad.
No se crea que Emily Parker idealiza excesivamente a los personajes que pueblan su libro, presentándolos a todos como esforzados paladines del progreso y desinteresados idealistas, dispuestos a ir a la cárcel y hasta perder la vida en su lucha contra la opresión. Nada de eso. Junto a admirables luchadores guiados por convicciones y valores principistas, hay también oportunistas y casquivanos, así como aventureros y escurridizos de inapresable filiación y, acaso, hasta infiltrados y espías del gobierno. Pero todos ellos, queriéndolo o no, haciendo lo que hacen, han logrado que retrocedan y a veces se volatilicen los frenos y controles que permitían a las dictaduras manipular la información y conseguido que en la gris monotonía de esas sociedades embridadas de pronto las verdades oficiales pudieran ser cuestionadas, desmentidas, reemplazadas por verdades genuinas, y que el silencio se llenara de voces disidentes y un aire renovador, juvenil, esperanzado, y empezara a movilizar a sectores sociales que hasta entonces parecían petrificados por el conformismo.
La revolución digital ha producido en China los mayores cambios, difíciles ya de atajar
Si el testimonio de Emily Parker es exacto, y yo creo que lo es, de los tres países sobre los que escribe, donde la revolución digital ha producido mayores cambios y donde estos parecen haber alcanzado una dinámica difícil de atajar es en China, en tanto que en el que los cambios son menores y más susceptibles de ser víctimas de una regresión es Cuba. Rusia parece dar manotazos en un mar de incertidumbre en el que cualquier cosa puede ocurrir: un discurrir violento hacia más libertad o un retroceso no menos traumático y veloz hacia el autoritarismo tradicional.
Una de las conclusiones más alentadoras de este ensayo es que la revolución tecnológica que hizo posible Internet no sólo es un arma poderosa para combatir a las dictaduras; también, para dar un derecho a la palabra a los ciudadanos comunes y corrientes en las sociedades abiertas de modo que el derecho de crítica deje de ser una prerrogativa de ciertas instituciones y órganos de expresión, y puede extenderse y subdividirse sin límites, exponiendo a la vigilancia y la crítica del conjunto de la sociedad a los propios medios de comunicación. De esto puede resultar, desde luego, una cierta anarquía informativa, pero, asimismo, un sistema en el que la libertad de expresión esté permanentemente sometida a prueba y a perfeccionamiento y discusión.
Los blogueros, talentos y genios de las redes sociales suelen ser tan extravagantes y pintorescos como los artistas —con sus manías, estilos y ambiciones— y uno de los grandes méritos de Emily Parker es retratarlos en su libro no sólo prendidos a sus ordenadores y enviando sus mensajes a través del éter a la miríada de invisibles seguidores y amigos con que mantienen contactos digitales, sino en la intimidad familiar, en los cafés o antros donde se refugian, en el seno de sus familias, en los mítines políticos que promueven o en los escondites donde suelen desaparecer cuando son perseguidos. Eso hace que este libro esté lleno de color y de vida plural, donde la política, la cultura, los problemas sociales y económicos no aparecen nunca como realidades abstractas y desencarnadas, sino humanizados en individuos de carne y hueso, con sus grandezas y miserias y en unos contextos que permiten medir mejor los logros que han obtenido así como sus fracasos.
Descuella por su apostura el disidente ruso Navalni, que sigue milagrosamente vivo
Algunos de estos personajes se quedan en la memoria del lector con la vivacidad y el dinamismo de los protagonistas de una novela de Joseph Conrad o André Malraux. Por ejemplo los chinos Michael Anti (Zhao Jing) y He Caitou, los cubanos Laritza Diversent, Reinaldo Escobar y Yoani Sánchez, y el ruso Alexéi Navalni aparecen en estas páginas con unos perfiles tan dramáticos y notables que parecen provenir más de la ficción que de la pobre realidad. Navalni, sobre todo, cuya historia ha dado ahora la vuelta al mundo gracias a su última peripecia que lo llevó a la cárcel y lo sacó de ella para ser candidato a la alcaldía de Moscú, en unas elecciones en las que obtuvo tres veces más votos que los que predecían las encuestas (y probablemente muchos más que los que dijeron los resultados oficiales).
Es un milagro que Alexéi Navalni esté todavía vivo, en un país donde los periodistas muy críticos del régimen que preside el nuevo zar, Vladimir Putin, suelen morir envenenados o asesinados por hampones como la valiente Anna Politkovskaya. Sobre todo porque Navalni comenzó su carrera de bloguero denunciando con pruebas inequívocas las corruptelas y tráficos delictuosos de las grandes empresas (privadas o públicas) y exhortando a sus usuarios o accionistas a emprender acciones legales contra ellas en defensa de sus derechos. No sólo sigue vivo, después de haber calificado a Rusia Unida, el partido de gobierno, de El Partido de los Estafadores y Ladrones, sino se ha convertido en una verdadera fuerza política en Rusia: ha convocado manifestaciones de oposición con asistencia de decenas de miles de personas y es una figura internacional, que habla varios idiomas, domina gran variedad de temas e impresiona por su simpatía y su carisma. En las páginas de este libro descuella sobre los otros disidentes por su apostura, su elegancia, pero también porque es imposible precisar en su caso dónde comienzan y dónde terminan sus ambiciones, sus convicciones y sus principios. No hay duda que es excepcionalmente inteligente y valiente. ¿Pero es también un demócrata genuinamente guiado por un afán de libertad o un populista ambicioso que detrás de todos los riesgos que corre esconde sólo un apetito de poder y de riqueza?
Leyendo este libro es difícil no sentir una gran tristeza por ver los estragos que el totalitarismo ha causado en China, Cuba y Rusia. Todos los progresos sociales que el comunismo pudo haber traído a sus pueblos no compensan ni remotamente el atraso cívico, cultural y político en que los ha sumido, y los obstáculos que ha sembrado para que puedan aprovechar sus recursos y alcanzar el progreso y la modernidad en un ámbito de coexistencia democrática, legalidad y libertad. Es clarísimo que ese viejo modelo está muerto y enterrado, pero, aún así, librarse de él definitivamente les significará tiempo y sacrificios. El libro de Emily Parker muestra el invalorable servicio que ha venido a prestar en esta tarea Internet, la gran transformación de las comunicaciones de nuestro tiempo.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.
© Mario Vargas Llosa, 2013.


Decadencia euroempresarial

Los errores en la gestión de la crisis en la eurozona también han pasado factura a las empresas, más cara que la que han pagado las situadas en el epicentro de la crisis, la economía estadounidense. El impacto verificable de forma inmediata se comprueba en la más elemental demografía empresarial. La natalidad empresarial es más baja en la eurozona y la mortalidad correspondiente es mucho más elevada. La causa no es otra que la mayor asfixia que soportan las empresas europeas frente a las del otro lado del Atlántico. Asfixia por ausencia de demanda y, desde luego, asfixia financiera. En EE UU, la gestión de la crisis ha tenido muy presente la experiencia de la Gran Depresión. Tanto la política monetaria como la presupuestaria han estado orientadas a reducir el impacto recesivo. Todavía hoy, el presidente de la Fed mantiene su compromiso de no alterar el tono adaptativo de su política hasta tanto la tasa de desempleo no baje al 6,5%. El calendario de saneamiento de las finanzas públicas es igualmente más sensato y viable en EE UU que en la eurozona, en especial en las denominadas economías periféricas.
La austeridad a ultranza ya ha dejado señales en Europa. Se crece muy poco, el desempleo es muy elevado y mueren demasiadas empresas. Además, los liderazgos empresariales quedan lastrados por esas diferentes políticas macroeconómicas. Esas políticas limitadoras del crecimiento económico, además de no conseguir un saneamiento suficiente de las finanzas públicas, no favorecen el avance de las empresas hacia posiciones competitivas en la escena global. La ausencia de crédito suficiente coexiste con obstáculos añadidos, como un tipo de cambio apreciado, limitativo de la competencia exterior. El resultado es el retroceso en la liga empresarial global de las empresas de la eurozona.
Las empresas estadounidenses no han perdido precisamente posiciones, como consecuencia del empuje de las que tienen su partida de nacimiento en algunas economías emergentes. Las procedentes de la eurozona han retrocedido y en ese censo de la aristocracia empresarial hay menos empresas europeas.
Claro que junto a la diferente orientación de las políticas económicas influyen aspectos tales como la calidad de los propios empresarios y la disposición a invertir en investigación y desarrollo con el fin de reducir la vulnerabilidad de las empresas provenientes de economías menos desarrolladas. Pero también es relevante la vinculación a sistemas financieros bien distintos: mucho más plural y diversificado en el caso estadounidense, y mucho más bancarizado en la eurozona. Esa dependencia excesiva de los sistemas bancarios es hoy tanto más contraproducente cuanto mayor es el grado de vulnerabilidad en el que se encuentran la mayoría de los sistemas financieros de la eurozona y cuanto menor es la presencia activa de operadores financieros no bancarios.
Es comprensible, pero desalentador, que seis años después del estallido de la crisis, quien no la originó acabe sufriendo un retroceso en términos de empleo, de bienestar y de liderazgos empresariales en la escena global. Sobran razones para que las políticas europeas cambien en la dirección de las que han funcionado en otras latitudes.

Anatomía de Bale

Si existiera un Premio Nobel a la Divulgación Médica, el Real Madrid tendría más galardones que Copas  de Europa. La tendencia de sus directivos a fichar lisiados en potencia, lesionados crónicos y obesos recalcitrantes ha convertido a los seguidores del club en expertos traumatólogos y dietistas. La relación de fichajes con mácula en el club madrileño es larga, de Woodgate a Kaká, y no sería elegante ni útil reproducirla. Baste el último ejemplo, el de Gareth Bale, un galés de extraña arquitectura maxilar que el Real Madrid compró in extremis, por un precio misterioso que oscila, según quien lo cuente, entre los 90 y los 101 millones. Salta la noticia: Bale tiene una hernia discal. ¿Cómo es que los médicos de la blanca institución no la han detectado? Quizá por la premura del fichaje. Pero el club lo desmiente. No es una hernia, es una protrusión.Súbitamente, bares, restaurantes, taxis, paradas de autobús y tertulias seudodeportivas debaten apasionadamente sobre la diferencia entre hernia y protrusión; gentes y tertulianos que apenas distinguen un catarro de un orzuelo pontifican acremente sobre las consecuencias de las anomalías anatómicas de Bale. Unos dicen que podrá jugar y otros que no, pero todos los argumentos se esgrimen con seriedad de traumatólogo.
Por cierto, el hecho es que Bale, con una horquilla de coste entre los 90 y los 101 millones, no juega. Por algo será. Mientras tanto, la prensa deportiva ha entrado en un espiral de medicina didáctica que los lectores de a pie asimilan con dificultad. ¿Qué son los abductores, astrágalos, rectos anteriores y posteriores? Para explicarlo, las páginas se adensan con gráficos abigarrados de músculos, tan complejos como las lecciones de anatomía en la Facultad de Medicina. La moda de la protrusión y el esguince se impone. Hay quien dice que el As sustituirá en breve la mítica fotografía de la chica de contraportada por radiografías óseas con ligueros.
Tanta erudición osteomuscular resulta saludable, pero escama un poco. A lo peor es que estamos subsumiendo y ocultando las explicaciones políticas (¿por qué se fichó a un jugador con protrusión o lo que sea?) en las explicaciones de anatomía. Esperemos a ver cuánto juega Bale; no tendremos la respuesta política, pero resolveremos el enigma de la protrusión.

Oteando la recuperación

Los mercados financieros, los primeros que detectan la llegada de una crisis, parecen estar apostando ahora por la consolidación de un horizonte de recuperación. Es un horizonte que la economía real —con una tasa de desempleo por encima del 25%— percibe todavía lejano. Pero las primeras señales positivas no se deben pasar por alto. Las acciones de las compañías que cotizan en Bolsa han mantenido una tendencia alcista y el índice español es el de mejor comportamiento de los mercados de su entorno. Los de bonos están permitiendo el abaratamiento de la financiación de la deuda pública, un hecho que tiene consecuencias reales en las finanzas públicas.
Aunque sería ingenuo echar las campanas al vuelo y dejarse contagiar por la euforia de los estamentos oficiales, lo cierto es que el Tesoro se está endeudando al 1%, un coste similar al de antes de la crisis, mientras siguen aumentando las exportaciones y la balanza exterior registra su primer superávit desde 1997.
Los registros estadísticos levantarán el acta de defunción de la larga recesión y el ritmo de crecimiento económico entrará en una senda moderadamente positiva, pero para consolidar esa recuperación que se vislumbra queda un largo camino. Un escollo fundamental es la debilidad de la demanda interna dada la escasa renta disponible de las familias. Las empresas con un menor grado de internacionalización seguirán acusando sus efectos durante un tiempo, como el propio Gobierno anticipa en el cuadro macroeconómico que ampara el proyecto de Presupuestos Generales del Estado, ahora sometidos a la aprobación de Bruselas.
Para afianzar una senda que desemboque en la recuperación son necesarios los estímulos provenientes de la eurozona y, particularmente, de Alemania. Hay margen para que tanto la política presupuestaria —apenas tiene déficit público— como la de rentas —la tasa de desempleo está en mínimos históricos— favorezcan el moderado crecimiento de la eurozona. Pero también es preciso que los proyectos enunciados en la UE —la unión bancaria especialmente— concrete su alcance y plazos. Esta es la condición para que los sistemas bancarios, todavía convalecientes, alejen amenazas sobre la calidad de sus activos y reinicien la oferta de crédito necesaria para que la inversión empresarial, y con ella el empleo, señalen el ansiado y definitivo final de la crisis.

La torpeza del PP

Las demandas judiciales presentadas por la secretaria general del PP y otras personas, tras la publicación de la contabilidad B del PP, revelaron en su día la intención de utilizar a la justicia frente a las acusaciones de corrupción, cuando creían tener controlado a Luis Bárcenas y esperaban que desmintiera la veracidad de lo publicado —como el extesorero hizo en un primer momento—. Sin embargo, ahora que la Audiencia Nacional tiene acreditada la autenticidad de 55 de los apuntes contables publicados, que Bárcenas se ha reconocido autor de los mismos y que sigue dispuesto a agitar el ventilador, el PP y las personas anotadas como receptoras de dinero negro se encuentran en la incómoda situación de mantener las demandas, con los resultados que se vieron el viernes pasado, o retirarlas, lo cual podría dar más alas al extesorero.
El espectáculo protagonizado por María Dolores de Cospedal y Luis Bárcenas en sede judicial merece pasar a los anales de la torpeza política. Que Bárcenas no aporte pruebas de sus decires puede seresperanzador para Cospedal a la hora de defender su honradez personal; pero como dirigente política deja clara la falta de una estrategia sensata del PP frente a las graves sospechas de corrupción que afectan al partido, más allá del cortoplacismo revelado por aquella primera tanda de negaciones en bloque y acciones judiciales. Además, rompe la línea fijada por Mariano Rajoy de ponerse de perfil respecto alcaso Bárcenas.
Cospedal sí ha retirado su demanda contra la empresa editora de EL PAÍS, lo mismo que otros dirigentes y exdirigentes han hecho con las suyas, aunque se mantienen otras. Podrían haberse decidido antes, puesto que la Audiencia Nacional tiene muy avanzada la investigación de los papeles de Bárcenas. Pero Cospedal ha querido que se celebrara el juicio civil por su demanda personal de protección al honor, sin aguardar al cierre del sumario principal en la Audiencia Nacional. De ahí la plataforma proporcionada a Bárcenas para que millones de personas le escucharan ratificarse en acusaciones gravísimas contra el partido en el que desempeñó, durante cerca de 20 años, cargos que implican una gran confianza por parte de la dirección.
El PP se ha equivocado desde el principio. Con Bárcenas fuera de control y encantado de aprovechar las oportunidades que se le proporcionan, vuelven al primer plano las sospechas de corrupción no resueltas, que fragilizan a un partido con enormes responsabilidades institucionales. Cospedal persigue lavar su nombre por el procedimiento de dejar en evidencia que Bárcenas carece de pruebas contra ella por la acusación de haber cobrado dinero negro. No parece tan segura respecto a otros correligionarios: preguntada al respecto en el juicio del viernes, se refugió en que no lo sabe. Actuar en orden disperso es el precio de no haber esclarecido y depurado las responsabilidades internas.

viernes, 4 de octubre de 2013

Cataluña pregunta; España, ¿responde?

Soufflé. Dicho de un alimento: preparado de manera que quede inflado. Así lo define la RAE. Diada nacional: algo preparado de manera que quede inflado. Esa es la descripción que se viene escuchando desde las élites políticas y económicas que lideran España. Es un soufflédijeron cuando el 10 de julio de 2010 la calle se inundó de gente que expresaba su rechazo a la sentencia del Constitucional. Lo mismo en 2012. Y lo mismo en 2013.
En todos los casos, la actitud más benévola ha sido la indiferencia. La peor de las respuestas: la beligerancia. El Estatut de 2006 fue un intento de federalizar España por la vía del acuerdo que se dio de bruces con la hostilidad del PP y el pasotismo del PSOE. No hace más de un lustro que el PP recogía firmas y recurría el Estatut. Las consecuencias de aquel acto acabaron por derogar lo que el pueblo había votado y cerró la puerta a una lectura federalizante y plurinacional de España.
Tres años después, la movilización no solo sigue intacta, sino que la sociedad catalana vive un proceso de decantamiento hacia opcionescada vez más independentistas. Hay un independentismo mágico que todo lo arregla, es cierto, pero la opción va ganando adeptos porque no hay ni alternativa ni contrapropuesta. La movilización conecta con el anhelo de ruptura, de cambio de régimen, y da respuesta a lo que se percibe como continuos portazos del Estado a las demandas catalanas. Y más allá de las fronteras del independentismo, en Cataluña el 80% de la ciudadanía y el 80% de los diputados y diputadas del Parlament son favorables al derecho a decidir. La inmensa mayoría de la ciudadanía rechaza el actual marco político. Guste o no, Cataluña ya se encuentra fuera del marco autonómico. Esa es la realidad.
La respuesta continúa siendo ganar tiempo y esperar, sin percatarse de que lo que valía en 2010 ya no era aceptable en 2012, y que lo necesario en 2013 no valdrá en 2014.
Rajoy parece instalado en la máxima de que lo urgente es esperar, con una apelación genérica al diálogo, quizás para ganar tiempo. El PSOE contemporiza, con una propuesta federal, que está incluso por detrás del Estatut con el que ellos mismos se comprometieron. ¿A qué obedece el carácter tan pusilánime de las respuestas? ¿Continúan pensando aún que estamos ante un soufflé? No creo, saben que hay corriente de fondo. Aceptar la realidad significa entender que hay que superar el marco político e institucional de la Transición. Un marco agotado para Cataluña y también para España. Y ese es el único límite que no están dispuestos a oír, hasta que esa misma realidad les acabe sepultando.
Hay un independentismo mágico que todo lo arregla, y es una opción que va ganando adeptos
Ante un conflicto político la respuesta debe ser política y no una constante apelación a la ley y a la Constitución. Reino Unido y Canadá son el ejemplo de las respuestas democráticas e inteligentes ante los conflictos territoriales. Hoy, y no sé que pasará dentro de un año, la única solución posible ya pasa porque la ciudadanía de Cataluña pueda expresar libremente su voluntad, y no una respuesta parcial, versión mejorada del modelo de financiación, que no afronte el problema.
¿Un nuevo pacto entre Cataluña y el Estado es posible? Quizás, pero le toca proponerlo al Estado, en una nueva lógica de acuerdo de igual a igual que reconozca plenamente a Cataluña como sujeto político y de soberanías compartidas.
Son muchos los que dicen que la consulta no se hará. Y seguramente en la negativa del PP y la falta de liderazgo del PSOE está la creencia de que así se impide la independencia. Pero la negativa a consultar a la ciudadanía tan solo tensionará más la situación, llegando al final del camino a una mayor polarización, sin opción de alternativa alguna. Es más, pequeños sectores del independentismo podrían coincidir con esta opción, a sabiendas de que toda consulta puede polarizar, pero también puede dar lugar a un juego de propuestas y contrapropuestas, a un nuevo pacto. Tan solo mediante una consulta que vincule, que permita argumentar e informarse, será posible un debate y una decisión que permita desencallar la actual situación.
Tengo amigos en el resto del Estado que cuando se trata el “problema” catalán, la respuesta acaba siendo la de una cierta pereza y escudarse en que hay más temas de los que hablar. Otros describen cómo CiU, y es cierto, utiliza el debate para tapar sus fracasos y miserias, pero eso no explica lo que pasa y se siente en Cataluña.
Pero esa actitud ya no vale, porque Cataluña va a abrir una nueva etapa. Y la cuestión es si se aprovecha este movimiento para el cambio radical, de régimen, que necesita España, o se continúa con la inacción, para que al final de todo muchos de los que aquí me leen se pregunten: ¿Qué hice yo para evitar que los catalanes se fueran?
Tiene que haber voces que se hagan oír, que escriban y critiquen la inacción del Estado, la recentralización del Gobierno. Que nos ayuden a reconocer el derecho a decidir de los catalanes. Que intenten aprovechar el momento para intentar cambiarlo todo, también en España.
Joan Herrera es presidente del Grupo de ICV-EUiA.

¡No ensuciéis la política!

En un mítico artículo gran reserva (¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!), Manuel Vicent describía a un tipo de izquierdas que un día se deshizo del propio terror psicológico de que sus amigos le llamaran reaccionario y le arreó un seco bofetón a su hija. Y es que la chica estaba en la leonera de la alcoba con unos amigos melenudos mientras el padre leía un informe del partido acerca de los índices del paro. Aquellos jóvenes llenos de pulgas y harapos ya le habían manoseado sus libros y vaciado la nevera. En aquel momento, su querida hija entró en la sala, se acercó a la estantería y pretendió llevarse a la madriguera el vinilo de la Sinfonía nº 40de Mozart. El padre, de izquierdas, saltó del sillón impulsado por el muelle del hartazgo y lanzó un grito estentóreo: “¡Mozart, no! ¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!”.
Algo en el clima político actual recuerda la atribulada perplejidad de ese pobre hombre tratando de analizar informes del partido mientras una pandilla de jovenzuelos escucha a todo volumen música de Led Zeppelin haciendo vibrar las paredes maestras de la casa y desvalija su nevera. La situación, hoy, es parecida a la de nuestro hombre de izquierdas. Un griterío de tertulianos y hooligans atrincherados atruena las ondas mientras conceptos como verdad o razón se escapan, mugrientos de tanto manoseo, por los albañales (“La mentira os hará libres”, llega a decirnos Fernando Vallespín en su último libro). El pobre hombre, ya sin partido pero aún creyente en los procedimientos democráticos, observa atónito cómo una tribu de desvergonzados (incluso recuerda a alguno de ellos de alguna asamblea del partido) asalta las instituciones en las que siempre creyó y trata de gritar como el desesperado personaje de Vicent: ¡No pongáis vuestras sucias manos sobre la política! Pero solo emite un sordo quejido que nadie escucha.
La revolución neoliberal se parece a un anarquismo de derechas
Y es que nuestro hombre, que ya no sabe muy bien qué significa hoy día ser de izquierdas o de derechas, no tiene claro a quién atizarle el sopapo liberador. Sus hijos, enfrascados en el frenético tecleo de sus cachivaches electrónicos, no saben, no contestan, el partido, los partidos, enzarzados en una suicida y secretista endogamia, están hechos unos zorros, la propia Monarquía (que él aceptó a regañadientes) está achacosa a más no poder, y él se desespera, impotente ante el descrédito creciente de la política. ¡Ay!, ese oscuro objeto utópico por el que pisó alguna que otra comisaría, convertido hoy en caldo de cultivo idóneo para el desarrollo de cepas bacterianas tan nocivas como la de los arbitristas capaces de las más disparatadas soluciones, o la de fantoches populistas como los que pululan por democracias de nuestro entorno.
Nuestro héroe está convencido de que el atribulado personaje de Vicent tiene la clave. Solo hay que alterar ligeramente el guion. No se trata únicamente de abominar de arribistas y corruptos para que dejen de poner sus sucias manos en la Política (con mayúsculas), sino que los pacatos las retiren de los inmovilizadores prejuicios que la pervierten y paralizan, porque es de los que creen que aún es posible cambiar las cosas. Empezando por el funcionamiento de los partidos, obligándoles a abrirse a la sociedad, a que sus cuentas sean controladas eficaz e implacablemente, a celebrar asambleas transparentes, elecciones primarias dignas de tal nombre, ¡a cumplir sus programas electorales! Seguiría con el funcionamiento de las instituciones (justicia despolitizada, Parlamento más representativo, Senado como cámara de representación territorial, Administración más transparente y eficiente), el impulso a una educación pública de calidad e integradora, lejos de sectarismos…
La izquierda se ha
dejado ganar la batalla por la libertad
Y vayamos al busilis: nuestro aguerrido defensor de Mozart se siente agobiado en esta época de cristalización de la llamada revolución neoliberal que, en realidad, poco tiene que ver con el liberalismo clásico, estructurado con reglas claras, y se parece más a una especie de anarquismo de derechas, un modo transnacional, global, de entender la política, en el que se glorifica la irrestricta iniciativa privada, se reducen o directamente se eliminan los controles externos a la economía, se desnaturalizan los servicios públicos, y se toman decisiones “sin complejos” sobre temas precisamente demasiado complejos, porque, según sus gurús, demasiada democracia no es operativa y, en definitiva “hay que hacer lo que hay que hacer”… No, nuestro héroe no se resigna al mantra de que “no hay alternativas”.
Ese luchador premoderno, capaz de enfrentarse a su hija por un vinilo, se maldice por haber consentido que la izquierda, su izquierda, muñidora, junto con otras fuerzas moderadas, de los derechos de los trabajadores, la libertad de asociación, la seguridad social, la jubilación, la laicidad republicana se haya dejado ganar la batalla por la libertad, que siempre había sido su bandera. Hoy día, masculla melancólico, los chicos neocon se han adueñado de tan noble concepto, enarbolándolo como un hacha en cuanto los progres intentan recuperar los viejos valores, como se ha visto en la tímida reforma sanitaria de Obama, o cuando se intentan poner límites cívicos al individualismo o ecológicos al desarrollismo.
Mientras vuelve a poner en la platina el vinilo de Mozart y enciende un pitillo transgresor, se pregunta si todavía existe una izquierda ilustrada (hoy día lo revolucionario es ser socialdemócrata, nos decía hace poco Fernando Savater), capaz de abrirse a la sociedad, afirmar el papel de Estado en la regulación de los excesos del mercado y en el favorecimiento de la igualdad de oportunidades, consolidar unos servicios públicos eficientes y sostenibles, invertir en universidades y escuelas, defender la laicidad contra el intrusismo religioso, fomentar la investigación, apoyar una televisión pública de calidad y ayudar realmente a los débiles y discapacitados…
Y lanza un nuevo grito: ¡No pongáis vuestras sucias manos sobre la ilusión y la utopía!
Pedro J. Bosch es médico oftalmólogo y periodista.