domingo, 24 de febrero de 2013

Los abandonados


Los abandonados es una película de terror de hace unos años. El comienzo de la intervención del líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, en el debate sobre el estado de la nación, recordaba ese título: seis millones de trabajadores sin trabajo, la quinta parte de los españoles en riesgo de pobreza, 33.000 empresas cerradas durante el último año, ocho millones de pensionistas con reducción de su poder adquisitivo y obligados por primera vez a pagar por los medicamentos. Y seguramente en parte por ello, “millones de ciudadanos que han dejado de creer en la política”.
Como este diagnóstico es empírico y no se puede discutir, se esperaba por lógica que la primera medida que anunciase el presidente de Gobierno fuese un plan de choque para corregir los efectos más lacerantes de la recesión tan larga y profunda. Nada de nada. Esta es la gran desilusión del debate, su gran frustración.
Se esperaba que la primera medida que anunciase el presidente fuese un plan de choque contra los efectos más lacerantes de la recesión tan larga y profunda
Comentaba hace unos días el secretario general de UGT, Cándido Méndez, que al concepto tan extendido de “generación perdida”, aplicado a los jóvenes que no encuentran su oportunidad estando muy preparados, hay que añadir el de “generación abandonada”, compuesta por aquellos ciudadanos a partir de los 35 años que se quedan al margen del progreso por sumergirse en el desempleo estructural, y que no volverán a encontrar un puesto de trabajo más o menos adecuado a sus capacidades (o ningún puesto de trabajo) cuando la economía española recobre su ritmo de crecimiento. O porque ya se habrán hecho mayores (en una coyuntura que no los contrata) o porque se habrán convertido en inempleables, obsoletos tecnológica o profesionalmente.
Rajoy mencionó algunas medidas para combatir el empleo juvenil. Son más o menos discutibles, más o menos ambiciosas, más o menos eficaces, pero existirán. Sobre la “generación abandonada” solo hubo en su discurso un manto de silencio. Una generación que está en estos momentos sufriendo de plano los rigores de la crisis: como el seguro de desempleo no dura, en el mejor de los casos, más de dos años, ello significa que los parados que lo son desde el inicio de la crisis en el año 2008 y que no han encontrado trabajo, hace tiempo que han tenido que abandonar este sistema de protección. Los parados de larga duración de hoy, con seguro de desempleo, se han renovado al cien por cien respecto a aquellos de 2008, 2009 y hasta 2010.
Lo más sobrecogedor del análisis de Rajoy fue su impotencia respecto a esta realidad y su apelación a no ser impacientes (“ni la improvisación, ni los bandazos, ni la imprudencia, ni la impaciencia figuran en mi programa. No vamos a cometer errores por omisión ni errores por impaciencia”). ¿Cómo se puede demandar tranquilidad a esa “generación abandonada” que escucha impávida que “podemos encarar el futuro con seguridad porque hoy tenemos un futuro”, sin que sus componentes formen parte del mismo?
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Demasiado pasado


Rajoy hizo el debate del estado de la nación con un solo objetivo: levantar la moral de su tropa



En hora y media de discurso del estado de la nación, el presidente Rajoy no pronunció ni una sola vez las palabras justicia y desahucio. El paro, las desigualdades y la vivienda son los tres principales problemas sociales de este país. La combinación del paro con el endeudamiento hipotecario es explosiva, conduce directamente a la exclusión y a la marginación social. Las desigualdades están abriendo un agujero en la sociedad que diluye cualquier idea de comunidad o proyecto compartido: cada uno a lo suyo y sálvese quien pueda. Estamos hablando de cuestiones que afectan dramáticamente a la vida de las personas y que alejan cualquier idea de justicia y equidad, que son las bases de una sociedad civilizada y democrática. Y, sin embargo, no forman parte del vocabulario de Rajoy. El derecho a la vivienda digna, que figura en la Constitución, es papel mojado. Los desahucios han provocado la mayor movilización social desde que empezó la crisis. El presidente despacha la cuestión con una frase de rechazo rotundo de la dación en pago.
El presidente busca aliento mirando hacia atrás porque su futuro depende de lo que Bárcenas sepa y de lo que esté dispuesto a enseñar
Mariano Rajoy hizo el debate del estado de la nación con un solo objetivo: levantar la moral de su tropa. La tropa partidaria tiene diferentes niveles. El primer círculo son los cuadros y la militancia; a ellos, desorientados por el caso Bárcenas, iba dirigido el grueso del discurso: estoy aquí para cuatro años y no pienso dejarlo. El segundo círculo es el de los electores fieles, los que todavía no han sentido la llamada de la fuga, entre otras cosas porque no saben adónde largarse. El uso verbal del pasado que hizo el presidente, como si lo peor hubiese quedado atrás, en flagrante contradicción con los seis millones de parados a los que se refirió en sus primeras palabras, tenía como objetivo despertar algún recodo de esperanza en ellos. De ahí, también, la referencia a los tiempos dorados del PP. Del tercer círculo, los que frustrados por el incumplimiento de las promesas expresan su irritación en las encuestas, ni se preocupó. Si las cosas mejoran, ya volverán. El resto de la ciudadanía ni siquiera entraba en su campo de visión. Un campo condicionado por el retrovisor: Rajoy funda su legitimidad en la arcadia pepera de 2000 y en la desastrosa herencia de Zapatero. Demasiado pasado.
El presidente busca aliento mirando hacia atrás porque su futuro depende de lo que Bárcenas sepa y de lo que esté dispuesto a enseñar. Si un día se demuestra, por ejemplo, que el presidente cobró sobresueldos del partido bajo mano, tendrá que irse a casa. Uno de los síntomas que avisan de la pérdida del sentido de la realidad de los políticos es que disfrutan como niños con sus propias ocurrencias. Rajoy se regodea en el juego de no mencionar el nombre del extesorero. En el fondo, es un reconocimiento de impotencia ante una sombra que le persigue y le perseguirá mientras no se clarifiquen los hechos. Su promesa de cumplir la legislatura depende simple y llanamente de un chantaje. Y, dado que el futuro de la Corona depende de otro chantaje, no se puede negar que la estabilidad institucional del país es precaria. Pero Rajoy puede exhibir firmeza porque el principal partido de la oposición también está atrapado por el pasado: demasiadas batallas sobre las espaldas de Pérez Rubalcaba. Si Rajoy no tiene credibilidad contra la corrupción por el chantaje al que está sometido, el líder socialista, con una larga historia al servicio del régimen actual, no la tiene como motor del cambio que el país necesita.
PP y PSOE tienen un interés común: la defensa del régimen bipartidista que han protagonizado estos años y que ahora está dando señales de estar gripado. Por eso el debate del estado de la nación ha sonado a antiguo y alejado de la realidad. La ciudadanía espera que las cosas se muevan, y la política les ofrece un debate de los de siempre. Rajoy, en caída libre en los sondeos, utiliza a Merkel y a las instituciones europeas, y no a los ciudadanos, para validar sus políticas (la democracia al revés), y Rubalcaba, todavía en mayor debilidad, teme verse desbordado por su izquierda. Todo ello con el ya conocido desdén de un presidente que es un excelente orador parlamentario, pero incapaz de transmitir empatía con los ciudadanos. Tres meses después de las elecciones catalanas no se ha dignado todavía hacer una propuesta política a Cataluña. El desprecio con que respondió a un manso Duran Lleida (“no nieguen a los catalanes el derecho a ser españoles y europeos”, dijo Rajoy) fue elocuente. El país cambia, el régimen permanece.
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Teoría de la comparación


Esteban González Pons fue a esRadio el lunes por la mañana y repitió lo que un reputado periodista había dicho noches antes para amparar un fantasma del pasado: como en la película La noche más oscura la CIA(la madre del guion, según Pons) no había incluido el 11-M entre los crímenes de Al Qaeda, ya puede deducirse que la antigua teoría de la conspiración fabricada para explicar los peores atentados de nuestra historia tiene más padrinos que los que aquí la han jaleado. ¿Datos? Ah, no, solo es una intuición, un guiño, un acertijo...
Al tiempo, un compañero de filas de Pons, Javier Arenas, dijo en Valladolid, ante sus correligionarios, que todo lo que está pasando últimamente contra el presidente del Gobierno le sonaba a 11-M. Tras la derrota electoral del 14-M, algunos representantes del PP (mediáticos y políticos) sustentaron la especie de que el 11-M había nacido en montañas cercanas y había sido alentado como un golpe de Estado. Se dijo. Asusta que se diga que ahora huele a 11-M.
La teoría de la conspiración tuvo diversas residencias; hubo periodistas perseguidos desde el insulto hasta la injuria porque no la siguieron al pie de la letra, y ahora resurge de vez en cuando lo que entonces se aventó sin otro éxito que el que se consigue con el griterío: la confusión, basada en el poco respeto a los hechos y a las personas que los sufrieron. Ahora esa película ha avivado la teoría en las mentes de los que la mantuvieron, y en lugar de confirmar con la directora de la famosa película por qué, supuestamente, decidió apostar por unirse a la conspiración, ya usan ese detalle de La noche más oscura para darse la razón retrospectivamente. El 11-M no está en la lista de lo que hizo Al Qaeda tras el 11-S, luego... Uf, qué peligro tiene el método deductivo para justificar el pasado lanzando humo sobre el presente.
Lo extraño es que el PP, en algunas de sus voces más autorizadas, se arriesgue sin otros datos a seguir machacando en el mismo clavo. Puede explicarse por el carácter Zelig, o camaleónico, que tienen ciertos políticos, proclives a decir en según qué foros lo que esperan oír aquellos que los invitan a desfogarse. Pero no se entiende que, en aras de apuntalar la teoría de la comparación en la que están inmersos, resuciten la teoría de la conspiración que tantos disgustos les dio en el pasado a sus parientes más veteranos.
Se está perdiendo el tono; por esa pendiente cayó, me temo, el ministro de Hacienda cuando sacó de su chistera de datos (de datos y de chistes) la especie de que hay actores muy famosos que no tributan en España. Como él sabe de qué trata su denuncia, no se puede ignorar su advertencia, pues quien controla el fisco tiene instrumentos para hacer circular sus sospechas. Lo que llama la atención es que haya usado sus conocimientos ministeriales justo dos días después de que en la gala de los Goya se le situara como uno de los blancos de los gags que suelen adornar el guion. Sonó extemporánea y al menos vengativa la advertencia; pero sobre todo resultó gravosa en términos comparativos, pues en el aire suenan nombres propios de defraudadores notorios a los que el ministro del ramo no ha señalado, me parece, con tanta saña.
jcruz@elpais.es
fuentes Esteban González Pons fue a esRadio el lunes por la mañana y repitió lo que un reputado periodista había dicho noches antes para amparar un fantasma del pasado: como en la película La noche más oscura la CIA(la madre del guion, según Pons) no había incluido el 11-M entre los crímenes de Al Qaeda, ya puede deducirse que la antigua teoría de la conspiración fabricada para explicar los peores atentados de nuestra historia tiene más padrinos que los que aquí la han jaleado. ¿Datos? Ah, no, solo es una intuición, un guiño, un acertijo...
Al tiempo, un compañero de filas de Pons, Javier Arenas, dijo en Valladolid, ante sus correligionarios, que todo lo que está pasando últimamente contra el presidente del Gobierno le sonaba a 11-M. Tras la derrota electoral del 14-M, algunos representantes del PP (mediáticos y políticos) sustentaron la especie de que el 11-M había nacido en montañas cercanas y había sido alentado como un golpe de Estado. Se dijo. Asusta que se diga que ahora huele a 11-M.
La teoría de la conspiración tuvo diversas residencias; hubo periodistas perseguidos desde el insulto hasta la injuria porque no la siguieron al pie de la letra, y ahora resurge de vez en cuando lo que entonces se aventó sin otro éxito que el que se consigue con el griterío: la confusión, basada en el poco respeto a los hechos y a las personas que los sufrieron. Ahora esa película ha avivado la teoría en las mentes de los que la mantuvieron, y en lugar de confirmar con la directora de la famosa película por qué, supuestamente, decidió apostar por unirse a la conspiración, ya usan ese detalle de La noche más oscura para darse la razón retrospectivamente. El 11-M no está en la lista de lo que hizo Al Qaeda tras el 11-S, luego... Uf, qué peligro tiene el método deductivo para justificar el pasado lanzando humo sobre el presente.
Lo extraño es que el PP, en algunas de sus voces más autorizadas, se arriesgue sin otros datos a seguir machacando en el mismo clavo. Puede explicarse por el carácter Zelig, o camaleónico, que tienen ciertos políticos, proclives a decir en según qué foros lo que esperan oír aquellos que los invitan a desfogarse. Pero no se entiende que, en aras de apuntalar la teoría de la comparación en la que están inmersos, resuciten la teoría de la conspiración que tantos disgustos les dio en el pasado a sus parientes más veteranos.
Se está perdiendo el tono; por esa pendiente cayó, me temo, el ministro de Hacienda cuando sacó de su chistera de datos (de datos y de chistes) la especie de que hay actores muy famosos que no tributan en España. Como él sabe de qué trata su denuncia, no se puede ignorar su advertencia, pues quien controla el fisco tiene instrumentos para hacer circular sus sospechas. Lo que llama la atención es que haya usado sus conocimientos ministeriales justo dos días después de que en la gala de los Goya se le situara como uno de los blancos de los gags que suelen adornar el guion. Sonó extemporánea y al menos vengativa la advertencia; pero sobre todo resultó gravosa en términos comparativos, pues en el aire suenan nombres propios de defraudadores notorios a los que el ministro del ramo no ha señalado, me parece, con tanta saña.
jcruz@elpais.esEsteban González Pons fue a esRadio el lunes por la mañana y repitió lo que un reputado periodista había dicho noches antes para amparar un fantasma del pasado: como en la película La noche más oscura la CIA(la madre del guion, según Pons) no había incluido el 11-M entre los crímenes de Al Qaeda, ya puede deducirse que la antigua teoría de la conspiración fabricada para explicar los peores atentados de nuestra historia tiene más padrinos que los que aquí la han jaleado. ¿Datos? Ah, no, solo es una intuición, un guiño, un acertijo...
Al tiempo, un compañero de filas de Pons, Javier Arenas, dijo en Valladolid, ante sus correligionarios, que todo lo que está pasando últimamente contra el presidente del Gobierno le sonaba a 11-M. Tras la derrota electoral del 14-M, algunos representantes del PP (mediáticos y políticos) sustentaron la especie de que el 11-M había nacido en montañas cercanas y había sido alentado como un golpe de Estado. Se dijo. Asusta que se diga que ahora huele a 11-M.
La teoría de la conspiración tuvo diversas residencias; hubo periodistas perseguidos desde el insulto hasta la injuria porque no la siguieron al pie de la letra, y ahora resurge de vez en cuando lo que entonces se aventó sin otro éxito que el que se consigue con el griterío: la confusión, basada en el poco respeto a los hechos y a las personas que los sufrieron. Ahora esa película ha avivado la teoría en las mentes de los que la mantuvieron, y en lugar de confirmar con la directora de la famosa película por qué, supuestamente, decidió apostar por unirse a la conspiración, ya usan ese detalle de La noche más oscura para darse la razón retrospectivamente. El 11-M no está en la lista de lo que hizo Al Qaeda tras el 11-S, luego... Uf, qué peligro tiene el método deductivo para justificar el pasado lanzando humo sobre el presente.
Lo extraño es que el PP, en algunas de sus voces más autorizadas, se arriesgue sin otros datos a seguir machacando en el mismo clavo. Puede explicarse por el carácter Zelig, o camaleónico, que tienen ciertos políticos, proclives a decir en según qué foros lo que esperan oír aquellos que los invitan a desfogarse. Pero no se entiende que, en aras de apuntalar la teoría de la comparación en la que están inmersos, resuciten la teoría de la conspiración que tantos disgustos les dio en el pasado a sus parientes más veteranos.
Se está perdiendo el tono; por esa pendiente cayó, me temo, el ministro de Hacienda cuando sacó de su chistera de datos (de datos y de chistes) la especie de que hay actores muy famosos que no tributan en España. Como él sabe de qué trata su denuncia, no se puede ignorar su advertencia, pues quien controla el fisco tiene instrumentos para hacer circular sus sospechas. Lo que llama la atención es que haya usado sus conocimientos ministeriales justo dos días después de que en la gala de los Goya se le situara como uno de los blancos de los gags que suelen adornar el guion. Sonó extemporánea y al menos vengativa la advertencia; pero sobre todo resultó gravosa en términos comparativos, pues en el aire suenan nombres propios de defraudadores notorios a los que el ministro del ramo no ha señalado, me parece, con tanta saña.
jcruz@elpais.esEsteban González Pons fue a esRadio el lunes por la mañana y repitió lo que un reputado periodista había dicho noches antes para amparar un fantasma del pasado: como en la película La noche más oscura la CIA(la madre del guion, según Pons) no había incluido el 11-M entre los crímenes de Al Qaeda, ya puede deducirse que la antigua teoría de la conspiración fabricada para explicar los peores atentados de nuestra historia tiene más padrinos que los que aquí la han jaleado. ¿Datos? Ah, no, solo es una intuición, un guiño, un acertijo...
Al tiempo, un compañero de filas de Pons, Javier Arenas, dijo en Valladolid, ante sus correligionarios, que todo lo que está pasando últimamente contra el presidente del Gobierno le sonaba a 11-M. Tras la derrota electoral del 14-M, algunos representantes del PP (mediáticos y políticos) sustentaron la especie de que el 11-M había nacido en montañas cercanas y había sido alentado como un golpe de Estado. Se dijo. Asusta que se diga que ahora huele a 11-M.
La teoría de la conspiración tuvo diversas residencias; hubo periodistas perseguidos desde el insulto hasta la injuria porque no la siguieron al pie de la letra, y ahora resurge de vez en cuando lo que entonces se aventó sin otro éxito que el que se consigue con el griterío: la confusión, basada en el poco respeto a los hechos y a las personas que los sufrieron. Ahora esa película ha avivado la teoría en las mentes de los que la mantuvieron, y en lugar de confirmar con la directora de la famosa película por qué, supuestamente, decidió apostar por unirse a la conspiración, ya usan ese detalle de La noche más oscura para darse la razón retrospectivamente. El 11-M no está en la lista de lo que hizo Al Qaeda tras el 11-S, luego... Uf, qué peligro tiene el método deductivo para justificar el pasado lanzando humo sobre el presente.
Lo extraño es que el PP, en algunas de sus voces más autorizadas, se arriesgue sin otros datos a seguir machacando en el mismo clavo. Puede explicarse por el carácter Zelig, o camaleónico, que tienen ciertos políticos, proclives a decir en según qué foros lo que esperan oír aquellos que los invitan a desfogarse. Pero no se entiende que, en aras de apuntalar la teoría de la comparación en la que están inmersos, resuciten la teoría de la conspiración que tantos disgustos les dio en el pasado a sus parientes más veteranos.
Se está perdiendo el tono; por esa pendiente cayó, me temo, el ministro de Hacienda cuando sacó de su chistera de datos (de datos y de chistes) la especie de que hay actores muy famosos que no tributan en España. Como él sabe de qué trata su denuncia, no se puede ignorar su advertencia, pues quien controla el fisco tiene instrumentos para hacer circular sus sospechas. Lo que llama la atención es que haya usado sus conocimientos ministeriales justo dos días después de que en la gala de los Goya se le situara como uno de los blancos de los gags que suelen adornar el guion. Sonó extemporánea y al menos vengativa la advertencia; pero sobre todo resultó gravosa en términos comparativos, pues en el aire suenan nombres propios de defraudadores notorios a los que el ministro del ramo no ha señalado, me parece, con tanta saña.
jcruz@elpais.eshttp://elpais.com/elpais/opinion.html

Momentos Depardieu


Un batallón de opinadores alienta el desprecio a los trabajadores de los campos creativos




La cultura no se lleva bien con la derecha. Los artistas abiertamente conservadores son contados. No es un rasgo diferencial de España; en Estados Unidos ocurre lo mismo, aunque los políticos republicanos, más que arremeter contra alguien en concreto, se limitan a defender un estilo de vida que nada o poco tiene que ver con el que llevaría una actriz o un escritor. Los hay, hay algún actor republicano y ejerce su libre derecho a serlo sin presiones, pero resulta chocante, como así ocurrió en la pasada campaña electoral con Clint Eastwood, dejando aparte que su intervención estuviera más de acuerdo con el mal actor que fue que con el buen director en el que se convirtió. De cualquier manera, el cine en Estados Unidos es una industria de ganancias significativas y eso es sagrado. El cine y los artistas están siempre en boca del presidente Obama en su discurso a la nación. Nuestro ministro de Hacienda, el señor Montoro, tuvo una intervención mucho menos simpática referida a esos actores que, según el enigmático don Cristóbal, se llevan sus impuestos fuera de España. Es paradójico que siendo tan evidente el desprecio que los actores provocan en un sector cada vez más numeroso de la derecha se ocupen tan prolijamente de ellos. La ceremonia de los Goya ha sido un temazo para las tertulias de la derecha radical, y al contrario que Montoro, que no soltó un nombre, los tertulianos se encargaron de señalar, estigmatizar, ridiculizar a un sector de por sí herido económicamente. No solo quieren que desaparezcan, desean que el pueblo justiciero les escupa por la calle.
Por lo demás, son contados los actores en España que cobran sueldos internacionales
Miento. Montoro soltó un nombre, el de Depardieu. Una comparación tramposa, porque el ministro sabe (o debería saber) que España no es Francia, que Rajoy no es Hollande, que en España no ha existido jamás esa sobreprotección hacia el cine que los franceses dieron en llamar “excepción cultural” y que las tarifas de los actores franceses superan en ceros a las de los españoles. Pero el señor Montoro nombró a Depardieu, uno de esos personajes que Francia, tan dada a los símbolos nacionales, había convertido en moneda de la patria: el niño pobre que se convierte en hombre instruido, excesivo, hedonista, vividor, extravagante, colérico, tierno, herido… y todos esos adjetivos que casan tan bien con lo que un francés tolera y venera de un artista; siempre y cuando el niño mimado no se lleve al país de al lado su dinero y difunda a los cuatro vientos su indignación por unos impuestos que hieren sus ganancias en un 75%. Las críticas han vuelto literalmente loco al paquidérmico Depardieu y, lejos de recular, ha amenazado con aceptar el abrazo de oso de Putin y hacerse ruso.
¿Qué tiene esto que ver con España? Nada. Ni en la concepción francesa de la cultura, ni en la decisión del Gobierno socialista de pegar una mordida a las rentas altas. Por lo demás, son contados los actores en España que cobran sueldos internacionales. Cuando Montoro, en su acto de tirar la piedra y esconder la mano, colocó en nuestra mente los nombres de dichos actores, eludió que probablemente pagan impuestos fuera de España porque trabajan fuera y no solo se tributa en el país en el que ha nacido. Pero esa alusión de Montoro nos situó a todos los ciudadanos, así creo que debiéramos verlo, en una indefensión total: por un lado, nuestro ministro amenaza con destapar las cuentas de aquellos que no secundan la política del Gobierno; por otro, disculpa las oscuras relaciones entre tramas corruptas y miembros en activo del Gobierno o del partido.
Pero esto no es nuevo. Hay todo un batallón de opinadores alentando desde hace años el desprecio a los trabajadores de cualquier campo creativo. Es un desprecio simple, grosero, populista, que se resume en una frase tantas veces escuchada, “que trabajen, como hacemos los demás”. Lo preocupante es que un miembro del Gobierno se exprese en los mismos términos indecentes. Para colmo, quien es responsable de la amnistía fiscal a las grandes fortunas evadidas y compañero de partido de un individuo que acumuló 22 millones de euros en Suiza.
Si una actriz da a luz en el hospital Mount Sinai, ¿su marido no puede hacer un documental sobre el Sahara?
Al parecer, vestir un traje de Chanel te inhabilita para realizar cualquier crítica. Es mucho más respetable, al parecer, una ministra que acepta como regalo un bolso de Louis Vuitton y afirma desconocer el origen de los favores recibidos que una actriz que viste un Dior y unas joyas prestadas para una gala. La ecuación es simple y cala en algunas mentes: si una mujer lleva unas joyas valiosas, tiene que ser de derechas para manifestar su coherencia. Estas exigencias de pureza ideológica podrían incluirse a veces en la antología del disparate: si una actriz da a luz en un hospital llamado Mount Sinai, su marido no tiene derecho a hacer un documental sobre el pueblo saharaui. Es como decir que para ir a la clínica del Rosario en Madrid tienes que haber hecho la primera comunión.
Me pregunto qué tipo de placer disfrutan aquellos que alientan el enfrentamiento entre los ciudadanos. Me da igual desde qué ideología vociferen. Pero podemos estar cerca del momento en que las personas de rostro conocido no se atrevan a pasear por la calle. Luego se quejarán de que se van a vivir al extranjero. Y es que no hay manera de acertar.
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Telediario


Es fascinante comprobar que los gestos de algunos políticos son exactamente iguales a los de los babuinos y macacos.





Gorilas, orangutanes, chimpancés, babuinos y macacos son los protagonistas de muchos documentales de la vida animal que emite la segunda cadena de televisión. De un tiempo a esta parte he caído en un vicio inconfesable: pongo a Mozart mientras contemplo durante horas en la pantalla las pasiones de estos seres que son nuestros primos hermanos. Todos sus movimientos en las ramas de los árboles cobran sentido si se atemperan a los movimientos de la música. Al compás de la melodía los monos gesticulan, muestran sus enormes encías, se cabrean, gritan, se atacan, juegan, descansan. Al final todos acatan el orden constituido impuesto por el macho dominante. A continuación la cadena emite un documental de depredadores en la sabana. Mozart sigue sonando. Las fusas y semifusas de la sinfonía huyen y se persiguen entre ellas en el pentagrama con los mismos quiebros como lo hacen el antílope y el guepardo hasta que la garra del felino alcanza el cuello del venado, que es el acorde definitivo. Comienza el festín. El guepardo tiene derecho a los bocados más blandos, más sabrosos, pero debe darse prisa porque en seguida llegarán otros comensales a disputarle la presa. Alrededor de la carnicería se establece un turno riguroso, desde las hienas a los buitres. Sobre los despojos de la víctima fluyen los violines de Mozart, saltan las notas del piano. En ese momento pueden ser las tres de la tarde o las nueve de la noche. En la primera cadena empieza el telediario. En la pantalla aparece un hemiciclo muy parecido a un claro de la selva en cuyo ramaje ahora gesticulan, se cabrean, gritan y se muerden otros seres no muy distintos a los que he visto antes. En mi retina persisten las imágenes de la vida animal. Es fascinante comprobar que los gestos de algunos políticos son exactamente iguales a los de los babuinos y macacos. El telediario abandona el Congreso de los Diputados y transmite una secuencia de guerra donde aparecen tigres, hienas y buitres humanos despedazando los cuerpos de sus presas. Son las mismas fieras de la sabana, las mismas víctimas. Me refugio de nuevo en la segunda cadena, que emite ahora un documental sobre los dinosaurios. Tampoco me sorprende. En el telediario acabo de oír una opinión emitida por uno de ellos, que llevaba corbata.
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Dos Españas


Si nuestro país fuera una persona, sus familiares intentarían llevarla a un psicoterapeuta que le ayudara a discriminar entre sus fantasías y su situación objetiva



Nunca he creído que sobrevivieran a la muerte de Franco. La España democrática es una y son muchas, ni más ni menos que otras naciones europeas. Eso creía, y sin embargo ya no estoy tan segura, aunque si han vuelto a existir dos Españas, son desde luego nuevas, distintas de las tradicionales. Jamás, en nuestra historia reciente, ha sido tan necesario oponer el progreso a la reacción, pero por desgracia ya no se trata de eso, sino de algo que quizás parezca menos grave y puede resultar más peligroso. Porque el factor que hoy divide a España en dos es, simplemente, la realidad.
Si nuestro país fuera una persona, sus familiares intentarían llevarla a un psicoterapeuta que le ayudara a discriminar entre sus fantasías y su situación objetiva. Y no me refiero solo al debate parlamentario, ese triunfalismo de Rajoy que Bárcenas ha derribado de un soplo, igual que el lobo destrozó la casa del cerdito holgazán. Vivimos en un país donde, en general, los gobernantes corruptos proponen ambiciosos programas contra la corrupción, los creadores de leyes injustas piden que se apliquen con justicia, y los impulsores de delitos se apresuran a acudir a un juzgado para denunciarlos.
Mientras los responsables de los problemas se ofrecen gustosos para solucionar el problema que ellos mismos constituyen, sus víctimas sufren. Cuando alguien se atreve a decirlo en voz alta, se convierte en un populista, sinvergüenza, que está en política para ver si le cae un sobre o vive de las subvenciones y pretende encima cobrar por su trabajo. Observar la realidad se ha convertido en una provocación, una agresión al poder que no solo se considera legitimado para ignorar lo que pasa, sino para criminalizar a quien intenta contárselo. Así, antes de que la mate la corrupción, la democracia española morirá de irrealidad, y nadie tendrá dinero para enterrarla.
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Antígona en La Moncloa


Hay un extremo de la injusticia en el que quien la sufre tenga autoridad moral para incumplir la ley? ¿Es hoy más justificable que nunca la desobediencia civil que promulgaba Thoreau en 1849? En una situación como la que vivimos, ¿quién puede ser considerado más ejemplar: el ciudadano que acata todo aquello que le mande su Gobierno, o el que practica una “insumisión ética”, como la llama el filósofo Miguel Abensoun en su libro La democracia contra el Estado, que le permita enfrentarse a los abusos de cualquier tipo de poder, haya salido de las urnas o no? Son diferentes modos de hacerse una pregunta que tiene 2.500 años, pero sigue sin encontrar respuesta. Uno de los primeros que la buscó fue Sófocles, hacia el año 441 antes de Cristo y en su obraAntígona,donde cuenta la reacción contraria de las dos hijas de Edipo, el difunto rey de Tebas, ante la muerte de su hermano Polinices y la orden del nuevo monarca, el feroz Creonte, de dejar su cadáver insepulto, a las afueras de la ciudad: la menor, Ismene, decide someterse al edicto y no desafiar al déspota, en parte por miedo y en parte por sentido de la disciplina; pero su hermana no, porque lo considera humillante, inhumano y opuesto a la ley de los dioses. Así que se atreve a robar el cuerpo y enterrarlo. Su rebeldía la llevará a la tumba, pero la tragedia que va a desencadenar la decisión del tirano provoca que se suiciden su mujer y su hijo, y nos hace creer que al final la infamia tiene un alto precio también para quienes la cometen. La obra de Sófocles, que George Steiner definió, en un estudio clásico de ese mito, como una reflexión “sobre la lucha entre el mundo de los vivos y el de los muertos y, sobre todo, entre la sociedad y el individuo”, es también, según el profesor Francisco Rodríguez Adrados, “un aviso de adónde podría conducir la inflación de la idea del Estado”. Aquí y ahora, sin ir más lejos, no parece que pueda ser a otra cosa que a este totalitarismo de guante blanco que ha propiciado la mayoría absoluta de la derecha en las últimas elecciones. Lo malo de las victorias aplastantes es que convierten las banderas en martillos y sustituyen las razones por decretos.
¿Qué hacer en un país como España, donde por una parte crecen el desempleo, el hambre y los desahucios, y por la otra se suceden las noticias sobre un Partido Popular que ya no parece corrupto sino corrompido, y en el que muchos sujetan en una mano las tijeras de los recortes sociales y en la otra un maletín lleno de dinero negro? ¿Qué respeto a las normas nos pueden exigir quienes a la vez que nos piden sacrificios cobran cientos de miles de euros y mientras predican la austeridad se reparten sobres invisibles llenos de billetes de color violeta? ¿Cómo se atreven a hablar de honradez, patriotismo y solidaridad quienes defraudan a Hacienda, blanquean capitales, reciben regalos de tramas mafiosas, son financiados bajo cuerda o se suben el sueldo un 27% en plena crisis, como este periódico ha revelado que hizo el actual presidente del Gobierno?
¿Qué sucede cuando se vacía de significado a la democracia?
“La cuestión, en realidad”, dice la novelista india Arundanathi Roy, la autora de El dios de las pequeñas cosas, “es esta: ¿Qué le hemos hecho a la democracia? ¿En qué la hemos convertido? ¿Qué sucede cuando se la vacía de significado? ¿Qué sucede cuando todas sus instituciones se han vuelto algo peligroso? ¿Qué va a ocurrir ahora que ellas y los mercados se han fundido en un solo organismo depredador, dotado de una imaginación limitada, estrecha, que prácticamente solo gira en torno a la idea de incrementar al máximo los beneficios? ¿Se puede dar marcha atrás a este proceso? ¿Puede algo que ha mutado volver a transformarse en lo que era?”. No está nada claro que todo eso lo pueda contestar el famoso yes, we can de Barack Obama, pero sí que la única oportunidad de pararle los pies al monstruo es la unión de todas sus víctimas. Aunque solo sea por dignidad, como dice en su último libro, El cuaderno de Bento, otro de los intelectuales más respetados de Europa, el escritor y artista John Berger: “Toda protesta política profunda es un llamamiento a una justicia ausente, y va acompañada de la esperanza de que en el futuro se terminará restableciendo esa justicia; la esperanza, sin embargo, no es la primera razón para llevar a cabo la protesta. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante”. Las quejas, como vemos, llegan de todas partes, desde París y Nueva Delhi a Londres, y lo mismo del pasado que del presente, pero ¿hay alguien dentro de los palacios que esté dispuesto a oírlas? En este momento, parece que no.
Sin embargo, las cosas han empezado a cambiar, porque el veneno ya está en casi todos los vasos y, como escribe Fernando Savater en su obra dramática El traspié, “podemos disfrutar asistiendo a una tragedia como la de Antígona, pero por nada del mundo quisiéramos ser ninguno de sus personajes”.
Ahora que nos han obligado a interpretar ese papel, mucha gente ha vuelto a prestarle atención a aquella teoría de la desobediencia civil que formuló hace siglo y medio Thoreau para explicar por qué se negaba a pagar impuestos a una Administración norteamericana que, por entonces, era partidaria de la esclavitud y de invadir México. Y, como consecuencia, algunos actos de objeción y rebeldía ante el atropello han dado su fruto: la tasa del euro sanitario que se quiso imponer en algunas comunidades ha sido suspendida cautelarmente por el Tribunal Constitucional; el Congreso ha aprobado por unanimidad la Iniciativa Legislativa Popular impulsada por la Plataforma de Afectados por las Hipotecas para frenar la usura implacable de los bancos; cientos de médicos de familia se han acogido a la objeción de conciencia para seguir atendiendo en sus ambulatorios a los inmigrantes, pese a la normativa que los dejaba sin protección sanitaria; y las movilizaciones infatigables de los trabajadores de la Sanidad y la Justicia públicas han logrado que los prepotentes políticos que las quisieron imponer, se vean obligados a negociar…
Eso, de momento y mientras crecen las sospechas sobre los partidos políticos, cuya arrogancia nos hace cuestionar, como dice una vez más el pensador francés Miguel Abensoun “si son unas organizaciones que fomentan el ejercicio real de la libertad o van en contra de la misma lógica de la democracia, ya que las constituyen oligarquías elitistas y dominantes”. ¿Cómo evitarlo? Su maestra, la alemana Hannah Arendt, lo tenía muy claro: “Hay que situar la desobediencia civil no solo en el lenguaje político, sino en nuestro sistema político”.
En España, uno de los autores que reflexionó a menudo sobre ese asunto fue el poeta José Ángel Valente, que en un artículo publicado en 1997, advertía de que cuando se traspasan las líneas rojas de la convivencia del modo en que ahora se está haciendo, siempre es posible que se produzca “una confrontación con el Estado de derecho, contra cuya posible arbitrariedad, rigidez o solidificación excesiva puede alzarse, en último término, el espíritu de libertad y creación que caracteriza y hace existir las formas de ciudadanía democrática”. Por suerte o por desgracia, parece que ese espíritu ha vuelto a despertarse. Antígona ha regresado y ya está a las puertas de La Moncloa.
Benjamín Prado es escritor.
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