sábado, 1 de marzo de 2014

La marcha atrás

Pensaba que la Transición española había terminado. Que era ya parte de la historia como los 33 reyes godos o la Restauración borbónica. Pero me acabo de enterar por el señor Núñez Feijóo que la Transición no se culminará hasta que caiga el “régimen” político andaluz y dejen de gobernar esa comunidad los que la gobiernan. Hay quien se lo ha tomado muy mal, como una ofensa a Andalucía. En realidad, es una declaración que enlaza con uno de los perezosos dogmas establecidos en la apropiación conservadora de la Transición: el del “voto cautivo” andaluz. En Galicia, y eso atañe al señor Feijóo, existe el relato del “voto acarreado”. Un profesional de este menester confesó a las cámaras: “Acarreo muertos para Pompas y vivos para votar.” Ya puestos, en el camino se produce a veces un episodio del realismo mágico: los “difuntos votantes”. Una peculiaridad etnográfica admirable: la gente quiere votar esté donde esté. En la cautividad o en el más allá. Pero el comentario de Feijóo tiene además un efecto imprevisto, a la manera en que Epimeteo abre la caja de Pandora. ¿Cuándo, de verdad, se podrá dar por terminada la Transición? Entendida como proceso democrático, la Transición solo puede tener un sentido: avanzar en derechos, transparencia y participación. A una banda de música, en 1936, los falangistas le obligaron a destocar el himno de Riego. ¿Cómo se destoca un himno? Tuvieron que tragar las notas de música. Cada día estamos asistiendo al proceso de destocar la Transición. Nos estamos tragando las notas de la democracia. Lo que ha ocurrido con la justicia universal es una vergüenza. Lo que se trama respecto del aborto no es una ley democrática sino puro decisionismo, un acto de poder contra la voluntad popular y de violencia contra las mujeres. Y la consulta democrática catalana sería buena para Cataluña y para España. No, la Transición no ha terminado.
fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/02/28/opinion/1393591657_416089.html

Escribir la historia de Europa en el siglo XXI

Si nos importa la historia, deberíamos más bien empezar por preguntarnos cómo no escribir la historia de Europa en el siglo XXI. Europa no es un Estado-nación y no parece que vaya a serlo en las próximas décadas. Europa tiene hoy unas fronteras muy imprecisas. Por tanto la historia de Europa no puede escribirse como una unidad (política, pero no solo política) o como el proceso hacia una unidad, ni es posible definirla como un espacio cerrado cuya evolución pueda ser registrada desde un concreto momento histórico hasta el presente. Europa no es una cultura, un idioma, un pueblo (y menos aún una raza) sino muchas: la historia de Europa no puede escribirse como el surgimiento de una cultura o de un lenguaje, o como la historia de un pueblo, sino como la de muchos. Europa hoy no es una religión, sino muchas. Su historia no puede reducirse a la de un único pasado religioso y por tanto no hay una tradición religiosa, ni siquiera la del cristianismo, que pueda reclamar para sí la atención exclusiva del historiador.
Pero los problemas que se plantean al escribir una historia de Europa en el siglo XXI no proceden solamente de la realidad europea sino de los fundamentos mismos de la historia tal y como la practicamos hoy. Después de un siglo XX en el que la relación entre la historia y las ciencias sociales produjo una concepción de la historia gobernada por leyes y reglas fijas históricas, los historiadores tienden hoy a contemplar la historia como un proceso no lineal en el que esas leyes y reglas ya no son normativas sino que están abiertas a un número limitado de posibilidades, y configuradas en numerosas ocasiones como una construcción del pasado. La historia de Europa no puede verse como un producto de fuerzas teleológicas conducentes al capitalismo, al Estado-nación, a la libertad, a los derechos humanos, etcétera.
El modo en que ha de unirse Europa es ámbito de la política, no de la historia
Pero si tomamos la historia de Europa en un sentido más modesto, es decir, como una construcción imprevista, las posibilidades para una nueva historia de Europa existen. Una “construcción” —y más aún si es imprevista— significa que el historiador escruta en su pasado e identifica variables que le permiten construir una realidad compleja y contradictoria aunque articulada. Una construcción no significa una invención o una manera de “crear” el pasado sino algo basado sólidamente en hechos y documentos (en evidencias lato sensu). Muy posiblemente tengamos que aceptar en el futuro que no tenemos una historia de Europa sino muchas historias de Europa, cuyo único requisito será el de que tengan que estar basadas en sólidas evidencias, métodos adecuados y meditado razonamiento. Tendremos muchas historias de Europa diferentes (lo que, por cierto, no es una debilidad: ¿cuántas tenemos ya hoy?).
Es más, el hecho de que queramos escribir la historia de muchas naciones, de muchos sistemas sociales, culturas, religiones, creencias y proyectos en sus interacciones significa que la nueva historia de Europa será una historia de implicaciones de dimensión transfronteriza, así como una historia comparativa. En paralelo, el mundo global en el que vivimos nos obligará a escribir una historia que analice esas implicaciones y las compare con las de otras áreas del mundo. Esa historia será, por supuesto, una historia con naciones, con Estados-nación, con creencias esenciales y con dogmas religiosos y culturales, etcétera, pero será también una historia que reconoce el papel del Estado moderno asociado de maneras muy diferentes a las naciones, una historia del reconocimiento de las regiones culturales (en el interior de los Estados y más allá de ellos) así como de sus complejidades internas, en términos de clases, culturas y razas, de las políticas de hoy y del pasado. Dispondremos, por tanto, de las historias de diversas Europas (lo que es cada vez más el caso hoy en día).
Concebida de este modo, la historia y los historiadores perderán parte de su influencia en la sociedad. No serán los gurús que algunos de ellos intentan ser. De hecho se trata de un “relativismo historicista” que será escasamente útil para la construcción de una política europea, con independencia de la idea que tengamos de la misma. Difícilmente será un instrumento válido para una respuesta rápida y eficiente a los diversos problemas que se supone tiene hoy Europa como construcción política: un Ejército coordinado, una política exterior común, un sistema bancario y financiero unido, un sentimiento de unidad que refuerce un tipo de comunidad imaginada que conduzca a emprender acciones comunes y que potencie su solidaridad interna en el corto plazo, etcétera.
Este nuevo tipo de historia ayudará a relativizar los conflictos
Pero, por otra parte, este tipo de historia tendrá otras muchas ventajas. Ayudará a relativizar los conflictos. Desarrollará un discurso en el que la crueldad, la violencia y las responsabilidades de los pueblos europeos en el pasado no se olviden, pero en el que prevalezca un sentido menos fatal del pasado de cara a la construcción del futuro. Se hará tal cosa sin descuidar las lecciones del pasado. Pero esa historia de Europa no borrará tampoco el positivo legado europeo resultante de acciones comunes de sus pueblos en el pasado (sentido de la libertad, democracia, derechos humanos, etcétera…). Será tolerante y menos normativa con respecto a otras trayectorias históricas y con respecto a la diversidad de historias europeas, etcétera. En todos esos sentidos será una herramienta más poderosa para la construcción de Europa desde abajo, lo que tal vez será lento, aunque seguro e inevitable.
A este respecto hay dos preguntas que inmediatamente es necesario formular: ¿Es papel del historiador el alimentar un proceso político, como parece haberlo sido en el siglo XIX para muchos historiadores anclados en lo nacional? ¿Es la historia la única herramienta que puede emplear nuestra sociedad en aras de un futuro más unido? Posiblemente, el futuro de Europa y por extensión el de los Estados que la componen no deba construirse solamente sobre el pasado sino sobre las evidencias del pasado y sobre el deseo de construir un futuro mejor y en común. El modo en el que tenga que construirse ese futuro no pertenece al ámbito de la historia sino al de la política. En ese sentido, una historia, con todos sus aspectos conflictivos, debería ser el sedimento del futuro, pero no debería determinar la construcción del futuro. El pasado no puede ser olvidado, pero el deseo de construir una polis común y más justa tendría que ser aún más importante a la hora de forjar el futuro. El futuro es una opción creativa, no un legado. La historia es nada más y nada menos que un legado y una lección para el futuro.
Bartolomé Yun Casalilla es catedrático de Historia Moderna de la Universidad Pablo de Olavide. Profesor del Instituto Universitario Europeo de Florencia (2003-2013) y director de su Departamento de Historia (2009-2012).
Traducción del inglés de Juan Ramón Azaola
fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/01/29/opinion/1390997612_778009.html

Devorar el futuro

Como era previsible, Mariano Rajoy ha utilizado el debate del Estado de la Nación para presentarse como el artífice del mejor de los mundos posibles. Gracias a él, España ha preservado su soberanía frente a Bruselas, la unidad indivisible de la nación española está garantizada, y la economía ha superado la recesión. Es solo cuestión de tiempo hasta que, gracias a la reforma laboral que su gobierno ha impuesto contra toda sinrazón, el mercado de trabajo recupere su mejor cara. Y todo ello sin el apoyo de la oposición, incapaz de cooperar lealmente, de superar sus líos internos y, sobre todo, de formular una alternativa atractiva para la mayoría de los españoles. Es muy probable que el presidente Rajoy y su partido se crean su propio discurso. Pero este cuento de primavera oculta una realidad bien distinta.
Tenemos hoy mucha más información acerca de las estrategias económicas que fomentan distintas formas de crecimiento sostenible, y de sus consecuencias. La clave está en priorizar la inversión sobre el consumo. Inversión significa hacer un esfuerzo hoy para recoger los frutos mañana e implica concentrar los recursos disponibles en educación, investigación, desarrollo, y servicios que faciliten tanto un mejor encaje entre oferta y demanda de trabajo como la incorporación de la mujer al mercado laboral. Consumo significa dedicar presupuesto a transferencias de renta para su uso a corto plazo. Los países que combinan altos niveles de consumo e inversión, como los escandinavos, generan crecimiento e igualdad. Los que priorizan la inversión sobre el consumo, como Estados Unidos, generan crecimiento a costa de la igualdad. Pero los que tienden a primar el consumo, sobre todo si es poco progresivo y basado en la captura del sector público por parte de intereses bien organizados, generan desigualdad e ineficiencia. Italia y España son dos ejemplos de esta última combinación letal para generar un crecimiento sostenible. Para poder combinar de manera efectiva altos niveles de consumo e inversión se necesitan niveles de capacidad fiscal mucho más elevados que los que tiene España. Para ello hacen falta reformas de calado, como discutía Antoni Zabalza en estas mismas páginas, de resultado visible solo a medio plazo.
Aunque poco, el gobierno español tiene margen para tomar decisiones. Puede optar entre agravar la situación o empezar a corregirla. Retórica aparte, sus preferencias son diáfanas. Reduce aun más la capacidad recaudatoria del estado con amnistías fiscales y reformas que huyen del fondo del problema y agravan la situación a medio plazo, como las propuestas durante el debate del estado de la nación; redistribuye de manera perversa hacia arriba, renunciando a recuperar las aportaciones al rescate bancario, mientras insiste en la devaluación interna, congela pensiones y socava los servicios sanitarios; no acomete reformas para eliminar la institucionalización de la corrupción, y por tanto del gasto ineficiente y de la falta de responsabilidad política; mantiene la protección de intereses especiales vía regulaciones y barreras a la entrada en sectores de innovación clave (como la universidad o el sector energético); elimina la protección al empleo sin desarrollar políticas que faciliten mejores transiciones en el mercado de trabajo, anulando así los posibles efectos positivos de una mayor flexibilidad en las relaciones contractuales; insiste en sacrificar la costa y priorizar el turismo como fuente principal de exportaciones, al tiempo que privilegia a los auto-empleados y pequeños empresarios en sectores de escasa productividad (esos serán lo principales beneficiarios de la llamada tarifa plana de la seguridad social, una ruta que se sabe ineficaz); y se afana en retrotraer la educación, la universidad y la inversión en ciencia y tecnología a niveles de hace dos décadas, mermando aun más el parco balance entre inversión y consumo que recibió.
La política económica actual frena la inversión y prioriza el consumo de forma regresiva
De forma coordinada, el gobierno sacrifica la capacidad fiscal a medio plazo, elimina cualquier posibilidad de girar el modelo de crecimiento hacia una mayor presencia de la inversión, y prioriza el consumo de forma regresiva. Hoy sabemos lo que cabe esperar de este tipo de estrategias: migajas para hoy y menores oportunidades económicas para mañana. El gobierno privilegia los intereses a corto plazo de su coalición electoral a costa del futuro de todos. Sus políticas rescatan a algunos y hunden la prosperidad de casi todos.
Todo ello, eso sí, desde la permanente profesión de amor a la patria. Como en la política económica, la distancia entre las palabras y los hechos en la cuestión territorial es enorme. Frente a las demandas del pueblo catalán por boca de sus representantes democráticos, se recurre a argumentos historicistas, a batallas contables que ignoran que el problema concierne a la propia definición del demos, o simplemente al castizo argumento de que las cosas no van a cambiar "y punto". La renuncia al diálogo y el fomento del nacionalismo extremo es una postura torpe si se quiere evitar una crisis institucional sin precedentes. Si existe voluntad de solucionar el problema, no se trata sólo de hacer retoques en el senado y en el sistema de financiación, sino de tomarse en serio el federalismo como pacto democrático desde abajo, como proceso en el que la delegación de autoridad se hace voluntariamente entre iguales. Si se quiere una unión estable, es necesario permitir que los posibles miembros (Cataluña entre otros) se definan clara y libremente, sin amenazas ni coacciones, entre alternativas bien formuladas tanto en términos de representación política como de articulación de la solidaridad entre los miembros.
Solo un nuevo acuerdo constitucional que revise las propias reglas de juego en España y en Europa tiene alguna posibilidad de ofrecer soluciones políticas aceptables para las partes. Así hablarían de paso esas mayorías silenciosas a las que paradójicamente luego se quiere amordazar, y se podrían afrontar muchas otras carencias del marco institucional de la economía. Soy consciente de lo difícil que resultaría iniciar un proceso así, pero me parece una salida preferible a la situación que tendrá lugar si la consulta no se permite y las elecciones en Cataluña se convierte en un plebiscito sobre la independencia. ¿Por qué tanta resistencia a plantearse no ya la reforma constitucional necesaria sino cualquier tipo de diálogo?
La cruz y la bandera son armas conservadoras para romper alianzas a favor de políticas de izquierda
Además de un componente ideológico, el inmovilismo del gobierno tiene una motivación estratégica clara. El uso de problemas identitarios o de valores para dividir posibles coaliciones que apoyan políticas redistributivas es un tema clásico en el análisis político. La cruz y la bandera son armas tradicionales de los partidos conservadores para fragmentar alianzas a favor de políticas económicas de izquierda. Junto al aborto, la sacralización constitucional aparta el eje de la competición política de la dimensión económica y ayuda a desviar el foco de una "recuperación" inapreciable en la economía real. Además, pone al PSOE ante un dilema envenenado que agrava su delicada situación interna, como demuestran las tensiones entre sus ramas andaluza y catalana, y expone la fragilidad de su liderazgo como alternativa. Los esfuerzos, reales, del PSOE por ofrecer una alternativa económica se pierden en medio de conflictos de valores y banderas. Y, mientras, paso a paso, se socava cualquier política que amenace un sistema (al que desgraciadamente el PSOE tampoco es totalmente ajeno) que sacrifica la inversión a costa de políticas de consumo con claras motivaciones clientelares.
Stephen Dedalus, el artista adolescente de Joyce, se refirió a Irlanda como una puerca que devora a su propia camada (“Ireland is the old sow that eats her farrow”). La imagen vuelve a la cabeza al analizar la España de hoy. Parapetado en su inmovilismo constitucional y en la defensa de los no-nacidos, el gobierno legisla para proteger su hegemonía entre votantes y sectores poco interesados en una estrategia económica alternativa. Contribuye así a perpetuar una situación donde los beneficiarios del exceso de consumo a costa de la inversión seguirán devorando el futuro de sus hijos. A la luz de sus muchos esfuerzos por privarles de formación y oportunidades, la preocupación del gobierno por los derechos de los no nacidos constituye una inquietante paradoja. Los jóvenes huyen de la política y, si pueden, emigran mientras la puerca sonríe empachada, envuelta en su bandera.
Pablo Beramendi es profesor de Ciencia Política en Duke University.
fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/02/27/opinion/1393501989_002220.html


El honor perdido de Wulff

Pudo ser el delfín de Angela Merkel, pero tuvo que dimitir como presidente de Alemania hace dos años. Christian Wulff, señalado como sospechoso de varios delitos, al final fue acusado solo de cohecho y por una suma modesta (720 euros), importe de gastos de hotel pagados por un empresario aparentemente interesado en que Wulff se ocupara de un proyecto cinematográfico suyo. Pero un tribunal le ha absuelto por falta de pruebas.
Sobre el expresidente alemán han corrido ríos de tinta. No solo a causa de conductas públicas, sino por asuntos privados como la insinuación —desmentida— de que su esposa procedía del mundillo de las escorts, una imputación particularmente picante para un hombre de moral religiosa. Tras su dimisión, ella pidió el divorcio y aprovechó para publicar una autobiografía, ahondando así un poco más la fosa donde había caído el honor de su marido.
Los casos de corrupción, reales o supuestos, suelen provocar una gran excitación mediática. Sobre todo cuando el mandatario comete el error de amenazar a un diario, como hizo Wulff con el populista Bild si se atrevía a publicar que había comprado una vivienda con dinero prestado por unos amigos; préstamo legal, sí, pero cuya existencia omitió declarar al Parlamento. Los medios se encarnizaron, acusándole de haber vivido a costa de millonarios. Ahora, el periódico Handelsblatt considera que el periodismo se ha cubierto de oprobio y el semanario Der Spiegel publica un reportaje contra el excesivo celo acusatorio de la fiscalía.
En España se acostumbra a que los políticos hurten el cuerpo a los tribunales hasta que literalmente no les queda otro remedio. A Wulff no le ha faltado aplomo para arriesgarse a pasar por el banquillo, en vez de acogerse al acuerdo ofrecido por la fiscalía.
Pese al discurso antipolítico en boga, lo cierto es que la vida política suele ser dura. Y en el nerviosismo provocado por los escándalos no siempre se conserva la serenidad para distinguir entre la denuncia fundada y la denigración. Christian Wulff se ha ganado el derecho a rescatar su reputación de la fosa y a iniciar otra vida a los 54 años.
 fuenteshttp://elpais.com/elpais/2014/02/28/opinion/1393617788_355303.html

Papá, más dinero

Nacieron en unos años en los que parecía que todo se podía comprar. Si el sueldo no era suficiente, se pedía un crédito. Aquellos niños son hoy adolescentes y la mayoría entiende que ese es el esquema natural: si la paga semanal se acaba el miércoles, el jueves se pide más. Y a la mayoría de los padres les cuesta decir no: el 80% de los jóvenes españoles entre 12 y 19 años logra algún dinero extra a la semana al margen de su asignación habitual. De esta manera, advierten todos los pedagogos y educadores, los niños no aprenden a distribuir sus gastos en función de sus ingresos, lo que les puede convertir en adultos incapaces de gestionar su economía y acarrear frustraciones.
El informe Adolescentes 2013, presentado esta semana por el equipo de investigación de la cátedra Keepunto de la Universidad Complutense de Madrid, corrobora que cada vez son más los padres que dan dinero a sus hijos a demanda. “En 2001, según un estudio de la Universidad de Valencia, el 62% de los chicos tenían paga semanal o mensual fija. Hoy el porcentaje se ha invertido: el 62,1% van pidiendo a medida que les hace falta”, afirma Francis Blasco, coautora del trabajo, realizado sobre una muestra de 800 adolescentes de toda España. La consecuencia es que acaban por no tener una percepción real de lo que gastan: dicen que unos 12 euros a la semana, cuando en realidad la media es de 38,46.
¿Qué ha pasado en esta década? ¿Son los padres, a pesar de la crisis, más permisivos con sus hijos? “Los datos parecen indicar que sí. Es cierto que la crisis ha mermado la paga [un 38% entre 2008 y 2012, según el Instituto Nacional de Estadística], pero a la hora de educar no importa tanto cuánto se les da sino cómo. Y si se les da a demanda, aunque sea poco, no se les está enseñando a ser responsables”, apunta Blasco.

Ropa, ocio y tecnología

  • El 62,1% de los adolescentes españoles entre 12 y 19 años no recibe paga fija, sino que se les da dinero a medida que les hace falta, según el informe Adolescentes 2013. El 80% consigue dinero extra a su asignación habitual; se lo dan sus padres, abuelos o parientes.
  • El 70% no tiene que hacer ninguna tarea en casa o su vida cotidiana para conseguir su paga. Al 30% se le retira por malas conductas. Solo el 19,2% de los que tienen entre 12 y 15 años ayuda en la casa, porcentaje que sube al 50% en la franja de 16 a 19 años.
  • La asignación media es de 13,5 euros a la semana. Dicen gastar unos 12 euros, pero en realidad su gasto alcanza los 38,46.
  • Según el estudio Teens 2010, de la fundación Creafutur, principalmente gastan su paga en ropa, salir a comer o tomar algo con los amigos y en tecnología.
  • El 38% se descargan programas o películas en Internet. El 50% no quiere pagar por los contenidos y asegura que aceptaría publicidad a cambio de acceso gratuito.
“Es difícil inculcar conceptos como el valor del dinero por la vía del razonamiento. Necesitan vivir determinadas situaciones para aprenderlo. Y lo que la mayoría de ellos ha vivido desde que nacieron es que el dinero se podía conseguir sin demasiado esfuerzo”, coincide el psicólogo Ángel Peralbo, autor de varios libros sobre adolescencia comoDe niñas a malotas. Según Peralbo, es imposible que un niño entienda el valor del dinero con una explicación. “Tienen que experimentarlo. En este sentido, la paga es un instrumento muy educativo porque les obliga a tomar decisiones sobre cómo gastarla y en qué. Y cuanto antes empiecen a hacerlo, mejor. Pero hay que ser firmes, no darles más de lo estipulado y exigirles algo a cambio para que aprendan también que el dinero no cae del cielo, hay que ganárselo”, aconseja.
En este aspecto los padres también se muestran blandos. Según el informeAdolescentes 2013, casi el 70% no tienen que hacer ninguna tarea en su casa o en su vida cotidiana para conseguir su paga. Y solo el 30% la pierde por malas conductas. “Los padres han confiado en que las instituciones educativas enseñarían a sus hijos el valor del dinero, y estas han considerado que era tarea de los padres. En el medio se han quedado los niños sin que nadie se haya preocupado de transmitirles una verdadera formación financiera. Esto no se aprende de un día para otro, hay que entrenarles para que en el futuro puedan tomar decisiones adecuadas”, advierte Raúl de la Cruz, fundador de Keepunto, una plataforma virtual que funciona como un simulador de banco que enseña a los jóvenes a gestionar su economía.
Javier Urra, que fue Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, está de acuerdo con este diagnóstico. “Los chicos han visto que sus padres manejaban el dinero alegremente. Nos entró la tontería y en lugar de comprar solo lo necesario o tomarnos las tapas justas, pedíamos raciones dobles y tirábamos lo que sobraba. Y ahora, cuando ellos empiezan a disponer de sus primeros ingresos, reproducen ese comportamiento”, razona. “No digo que no se pueda permitir ningún capricho, pero siempre con una reflexión previa con el adolescente sobre la conveniencia de hacer ese gasto. Y no hay que dudar a la hora de decir no por miedo a que se frustre; al revés, es bueno que aprenda a hacer frente a las frustraciones”, añade.
El 80% de los adolescentes logra ‘extras’ a su asignación
La crisis, opina Urra, ha sido buena en este sentido. “La austeridad enseña que también se puede disfrutar con una ración de patatas. Y hace más responsable el consumo”, subraya. Aunque los padres han intentado apretarse el cinturón para que a ellos no les repercuta tanto la crisis, algo les ha llegado. Lo sorprendente, según los expertos, es lo rápido que han sabido adaptarse a la nueva situación. “Tienen menos dinero, pero eso no significa que no intenten seguir consumiendo al mismo ritmo. ¿Cómo? Gastando más de lo que ingresan —pidiendo dinero extra aparte de la paga— y, por otro lado, asumiendo la cultura del low cost y del casi gratis o gratis total en Internet. Son expertos en el manejo de las web de ofertas y descargas de la Red”, explica Guillermo Ricarte, director general de la fundación Creafutur, dedicada a predecir el comportamiento de los consumidores.
Según un estudio realizado por esta institución en 2010, los adolescentes de hoy son consumidores más expertos que sus padres. Tienen una gran influencia en las decisiones de compra y deciden especialmente sobre su propia alimentación, ropa y productos para la higiene personal. También, destaca el estudio, son grandes creadores de tendencias e inspiran tanto a otros adolescentes como a adultos.
“Saben mejor que cualquier adulto encontrar la mejor ganga en Internet y en muchos casos conocen mejor el mercado”, coincide Miguel González-Durán Muñoz, director de la división de marketing infantil de la agencia Arista. “Y eso las empresas lo saben. Por ejemplo, si una familia va a comprar un coche con un adolescente a un concesionario, el vendedor se dirigirá también a él porque probablemente sepa más que su padre de marcas y precios”, apunta.
Casi el 70% de los no tiene tareas obligatorias para tener ‘sueldo’
La fundación Creafutur calculó en su estudio de 2010 que los adolescentes gestionaban unos 8.000 millones de euros al año. ¿En qué se lo gastan? Aparte de salir con los amigos, sus compras preferidas son la ropa y la tecnología. Aunque si pueden, comenta Ricarte, intentan que los productos más caros (sobre todo tecnológicos) se los regalen sus familiares para no mermar su paga. El director de Creafutur destaca otro dato interesante: “Si se les pregunta, aseguran que tienen conciencia medioambiental y que rechazan a las empresas que no son responsables socialmente. Pero en la práctica no les interesa dónde ni por quién ni cómo se han hecho los productos que quieren, y no creen que cambiar sus hábitos de compra sirva para cambiar el mundo. En este sentido, la mayoría son bastante cínicos”.
En realidad, los adolescentes se comportan como lo harían sus padres si pudieran. “Si a mí me dieran todo sin exigir a cambio nada, ¿por qué iba a rechazarlo? Si no saben controlar sus gastos, es porque no les estamos enseñando a hacerlo. Ni los educadores ni los padres”, insiste Raúl de la Cruz. “Unos por dejadez, otros por la excusa de que no quieren que a sus hijos les falte de nada y algunos porque les resulta más cómodo que estén entretenidos con un dispositivo electrónico en lugar de prestarles atención”.
¿Lo están haciendo peor los padres de hoy que los de anteriores generaciones? “No, pero tienen más recursos. Se ha sobredimensionado la inversión en los hijos, pero este proceso no ha ido acompañado de un refuerzo en la educación en valores”, opina Ángel Peralbo. “Es lo mismo que pasa con la información. No es malo que tengan acceso a toda esa información que hay disponible hoy día en Internet, pero hay que enseñarles a manejarla y a interpretarla con sentido crítico”, concluye el psicólogo.
fuenteshttp://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/02/28/actualidad/1393615248_558364.html

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